Mirada

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Apenas despertaban las aves, el trino surgía como un susurro de entre las copas de los árboles robustos y verdes, llenos de vida y canto.

Muy temprano la mujer se despertó con gran sigilo a poner un bote de agua en la lumbre para bañarse, cuidaba de no despertar a los hijos, cuyos pequeños cuerpos tibios dormían a su lado.

Ese día se propuso disfrutar cada minuto de las veinticuatro horas; hacía mucho tiempo que olvidaba preguntarse si realmente era feliz. Las obligaciones de madre soltera le hacían olvidar que su vida era igual de importante que la de sus hijos.

Al darse cuenta del incandescente color, sacó  la cubeta del fuego, la trasladó  cerca de los magueyes que rodeaban su casa de adobe y comenzó a bañarse.

Tan pronto como caía el agua caliente en su cuerpo, se evaporaba. Se vació tres veces la bandeja  llena de agua, en seguida cubrió de jabón su cabello y cuello, luego paseó su mano por sus pechos, su vientre cortado, la entrepierna y los muslos. No abrió los ojos ni para ver dónde metía la bandeja; lo calculaba con  exactitud, ella seguía con la personificación de amante de su inmaculado cuerpo.

Mientras tanto, un hombre la observaba del otro lado de uno de los magueyes sin que ella se diera cuenta. Él cargaba en su espalda una jícara de guaje de la que bebió un trago evitando parpadear, por miedo a perder de vista un solo ademán de la fémina desnuda.

La mujer terminó cuando vació de un solo movimiento la poca agua que sobraba y, tras sospechar una mirada abrió por fin  los ojos para darse cuenta de que nadie estaba.

Y las aves seguían su gorjeo.