Mirar, es mirar desde un trasfondo

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Charles Taylor es una de las voces filosóficas anglosajonas más fecundas de los últimos tiempos. Aún vivo, el canadiense es una institución en la tradición filosófica desde buen tiempo por lo vivo que continúan sus textos. Fuentes del yo, La era secular, Argumentos Filosóficos o El multiculturalismo y la política del reconocimiento, libros que ya resuenan como clásicos contemporáneos: un título del que es difícil hacerse acreedor mientras uno vive, cuanto menos. Por aquello, que…, en esta ocasión, me gustaría presentar una imagen, aún acaso burda, de una propuesta filosófica de este pensador en cuestión, en tanto creo que puede hacer mucho más amigable el acercamiento: esta es, la ideal del trasfondo.

Digamos, que, para Taylor, el sentido de nuestro actuar no responde a una pre-estructura fija que compartimos indefectiblemente los seres humanos en nuestras infinitas manifestaciones, como se suele ver desde un prisma cargado de occidentalidad. Si no, que, este sentido se constituye a partir de contextos de experiencia compartidos, a lo que podríamos llamar trasfondo. Lo que compartimos para la construcción de lo que entendemos de una forma o de otra, no es una naturaleza, si se quiere, sino un trasfondo

Este trasfondo es un mundo de sentidos en el que estamos suspendidos, y que finalmente son aquellos criterios puestos en juego cuando vivimos. Aquellos que nos hacen todas las cosas inteligibles, para que podamos aprehender sus propiedades y relacionarnos los unos con los otros. El individuo, ya no construye sentidos absolutamente abstraído de la realidad, sino que, al verse suspendido en un trasfondo del que no puede escapar en tanto éste le permite pensar con sentido lo que los demás entenderán, abraza la inevitabilidad de sus sesgos, y reconoce que pensar reconociendo la limitación de los nuestros, es una manera de afrontar problemáticas filosóficas más honesta que intentar aniquilar cualquier tipo de sesgo en aras de una supuesta objetividad.

Lo interesante del concepto de trasfondo, es que Taylor aterriza su lado más abstracto y teórico gracias a la genial metáfora de la encarnación. Y es que, en este mundo de sentidos compartidos gracias a los cuales articulamos como queramos los sentidos gracias a los que podemos vivir y potenciar nuestra capacidad de ser, no vive en ninguna parte, sino que se encarna afectivamente en el cuerpo del individuo. Éste, ya no reduce su ser a estructuras ontológicas que le son ajenas por abrazar teorías sobre el ser desconectadas de la experiencia vivencial, sino que puede encarnar sus necesidades y querencias en su trasfondo más propio y es a través de la forma que toma después de recibir la interioridad del individuo, que puede mira a los demás. Así es cómo, nos dice Taylor, verdaderamente podemos llegar a una génesis de los sentidos que tenemos, sin necesidad de recurrir a reduccionismos biologicistas que pudieran tranquilizarnos momentáneamente.

Con esto, Taylor ha dado con una clave filosófica fundamental para que empecemos a pensar nuestra actualidad con mayor sensibilidad y acercamiento a su inmediatez: que, cuando queremos entender algo, siempre echamos mano de ciertos resortes que reconocemos en nuestro trasfondo como pertinentes para entender cierta cosa en cierto contexto. Y que, más bien, no podemos estructurar nuestro conocimiento comprendiendo qué partes de nuestro cerebro se activen de forma exacta en cada momento, según algunos conceptos preestablecidos. 

Hasta aquí, creo que se ha hecho clara esta intención Tayloriana de humanizar la construcción de nuestro conocimiento. Es decir, que somos nuestros trasfondos y aquellos en los que nos veamos suspendidos según en qué contexto nos encontremos. Que mirar algo, es inevitablemente mirar desde un trasfondo y que esto supone riqueza de sentido y no un escollo para la objetividad. El trasfondo es, digamos, aquél lugar en el que están depositadas todas aquellas cosas que estamos esperando de cada situación o persona sobre la que tenemos memorias afectivas. Es el hogar de los criterios que prefiguran aquellas cosas que esperamos; el sostén de nuestros lugares comunes que podemos explorar en busca de la génesis más honda de por qué entendemos las cosas de determinada manera, como si esto fuese algo casi natural.