Momentos

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No recordamos los días, 

recordamos los momentos. 

Cesare Pavese.

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Como gotas de lluvia se van desprendiendo de las ramas de mis días, esos momentos de tan diferentes dimensiones e impactos, algunos se pierden en las tierras secas de mis horas, entre las grietas de un olvido que no deja huella en las honduras de la mente. Simplemente, serán momentos que pasan tan de repente como los que llegan sin avisar y se tornan desapercibidos. Brisa sin aroma y vacíos, hojas en blanco, en las que no hay signos de vida. Son instantes triviales, imprecisos, emocionalmente neutros, que carecen de esos rasgos expresivos que tienen aquellos otros momentos que se resisten a pasar al olvido de la ignorancia.

~•~

De las manecillas 

del imparable reloj 

van saltando, hilando,

como si nada

hasta tener completado 

poco a poco

el bordado de su obra 

en el telar del tiempo.

~•~

Que causan miedos, pérdidas, ansiedades, crisis, pesadumbre, incertidumbres. Llegan como huracanes, arrasando la paz y dejando heridas en el corazón. Son esos otros momentos que se dejan ver como tormentas, disfrazados de catástrofe, que salen de la caja de sorpresas de la vida. Sus aromas son las pesadillas, y sus huellas, la tristeza y la melancolía. Que no dejen huellas de dolor o tristeza es casi imposible, pues, como la luz de una vela que se apaga lentamente, al final, nos queda la cera derretida sobre la mesa como huella y testigo de lo que fue la luz mortecina de una condena. ¿Quién sabe si llegan para quedarse por siempre en el baúl interior de nuestro corazón?, y que, al ser recordados, son capaces de remover las aguas turbias de un dolor estancado en las profundidades de los recuerdos grises, amargos y ciegos de claridad y libertad.

~•~

Algunos pasan lentos

como las horas 

en desdichas

que penan pesar y dolor 

y otros más,

que son los más queridos,

corren tan veloces

que hasta cuestan alcanzar.

~•~

¡Ay, de los momentos de paz y tranquilidad!, los que son tal, que brisa apacible que refresca el alma y nos hace sentir en esa plenitud que nos acerca a la calma. Cuando el silencio nos habla y a la vez nos sonríe, una conexión en la intimidad con nosotros mismos, se deja ver y todo se nos vuelve armonía, nos sentimos bien y en conexión con nuestro entorno. Son momentos en los que nuestro corazón fluye como el agua de un arroyo de aguas cristalinas que buscan el mar de la tranquilidad y la calma. Es entonces cuando nuestra mente, convertida en un velero que navega por esas aguas ingrávidas, lo hace ligera de equipaje y pletórica de pensamientos positivos. Momentos en los que, en nuestro cuerpo, el dolor se ausenta y entonamos un ruego diciendo: ¡Por Dios, que nadie nos robe estos momentos, por favor!

~•~

Momentos de conexión

corazones entrelazados

manos extendidas

senderos de paz y plenitud

ausencia de dudas.

¡No te alejes, quietud!

De este instante de sosiego

donde tanto brilla el amor.

~•~

Momentos de alegría, sinónimo de felicidad, esa llovizna que humedece los minutos del día, perlas de agua danzando en el aire de la mañana, donde el sol las hace brillar. Suavemente, pasa el tiempo, calmados los instantes que nos invaden y es, en esa calma, que nos inunda, cuando aparece el arcoíris de la dicha, alumbrando nuestro corazón, que nos sentimos ingrávidos y alejados de las turbulencias de los destinos inciertos. Instantes que se prolongan a medidas que los vamos colgando como guirnaldas en el árbol de nuestros momentos, donde la felicidad aflora y el gozo es un canto a la esperanza que nos sale del alma. ¡Ay, corazón mío!, cuánto quisiera alargar las horas en el reloj del tiempo en el que me detengo… esos momentos donde desaparece el sufrimiento desterrado por la placidez de la calma.

~•~

Instantes de silencio 

donde se oyen más que mil voces.

Momentos de alegría,

de amor, de convivencia.

Detengámoslo todos,

porque en ellos se encuentra

el verdadero sentido 

de nuestra existencia.

~•~

Momentos, que no quisiéramos que terminaran nunca, o que se repitieran en nuestras vidas con mayor frecuencia. Pero, en esa ley de vida en la que experimentamos tanto los buenos como los malos, acaso no fueran llovizna, esos en los que se refresca el alma. El chubasco, un aguacero pasajero como cortina que nubla la sonrisa y la tormenta o el ciclón, los que nos sobrecogen y nos sobresaltan. No será entonces mejor que, al apreciar con los ojos del alma y valorar con el peso de la razón, los distintos momentos, el anclar en nuestras vidas, aquellos en los que somos nosotros mismos sin el temor de que arraiguen en nuestro corazón, aquellos otros que se asemejan a la desventura y son la cara visible de la adversidad. Teniendo el valor, además, de arrancar las ramas caducas, secas y sin hojas, del árbol de nuestras vidas.  

~•~

¡Ay, enigma!, arrogante misterio

cuando el receloso miedo 

con la valentía se enfrenta.

En las incógnitas del espejo,

un reverso de soles nuevos

nos traen instantes de silencio

que, alejados de las tormentas,

es donde nacen los momentos

de la plenitud, la paz y la calma.

~•~

Y a modo de colofón, quiero pensar que, mientras hay momentos de desesperación, donde vemos derrumbarse los pilares de la esperanza, como aquellos otros que llevaron al suelo las trompetas de Jericó, también los hay donde, con ilusión, tendemos al sol los que, de alguna forma, tienen presente al amor como la luz que alumbra el corazón.

Qué afortunados seriamos, si la fuerza de ese maravilloso sentimiento fuera la bandera que ondeara en los corazones, las fronteras desaparecieran, la solidaridad, siempre por encima de la desigualdad y los idiomas, una sola lengua con…

Palabras que unan, palabras que hermanen, palabras que sanen, palabras de paz y fraternidad, las que, en cada uno de nuestros momentos, sean como la paloma blanca de la libertad.