MUJERES EN ATENAS
Retornar al pasado es buena lección. Ir a las raíces de nuestra occidentalidad hace pensar en cuál era la situación de la mujer en la Grecia clásica —cuna de la democracia—, es decir del gobierno del pueblo y para el pueblo. Al revisar tales hechos de historia, hablar del pueblo, no es hablar de todos sus habitantes: la historia milenaria se finca en estratos y clases sociales. Estudiar dos culturas tan diversas en la vida de los griegos: Atenas y Esparta, notamos el trato que reciben las mujeres en las que se fundan las raíces de cultura para el occidente de nuestro mundo. El libro titulado Esparta contra Atenas trae algunas páginas dedicadas a la situación femenina tanto en un lugar como el otro. Publicado por Gredos en 2018, bajo la responsabilidad del texto por Marcos Jaén Sánchez y Juan Carlos Moreno. No es mucha la información, pero si suficiente para comprender lo que la mujer pasa en tales pueblos: el militarismo en Esparta y el de la democracia en Atenas.
En el subtítulo llamado La cuna de la democracia leo: En la Antigua Grecia, donde eran los ciudadanos quienes tomaban las armas en cado de guerra, Esparta era la única ciudad-estado cuyo ejército podía considerarse profesional. No obstante, al entregarse tan obsesivamente al militarismo, su modo de vida acabó sofocando el arte y la poesía que había cultivado antes. Hasta algo tan griego como la oratoria se sometió a la supremacía de lo militar, y los habitantes de Laconia, que solían ser más breves y sucintos en sus expresiones, dan lugar a la palabra lacónico para nombrar la cualidad de hablar de manera concisa. La única veleidad artística que los rudos espartanos se concedían era la música y, más concretamente, la danza, por lo que lograron la admiración de otras polis griegas.
La historia la hacen los vencedores, dicen los que están acostumbrados a revisar poco y superficialmente. Uno pensaría que con lo que se lee ya está ahí ubicado el papel de la mujer. O más bien, que no hay ningún papel para la mujer, en un régimen militar. Pensemos que hasta fines del siglo XX y en el actual, la mujer ha entrado con muchas dificultades a fungir como policía o militar en el ejército mexicano. La historia de la mujer apenas se está escribiendo dentro de la objetividad de la palabra Historia: no por modas que desdibujan sacrificios que las mujeres han hecho en revoluciones y revueltas, en repúblicas y regímenes democráticos. En el libro citado leo el siguiente párrafo: Atenas era lo completamente opuesto. La región que señoreaba, miraba al mar, y aunque no era tan fértil ni tan rica en minerales como Lacedemonia, veía compensada esa falta con el espíritu comercial y emprendedor de sus gentes, lo que se tradujo en un elevado grado de prosperidad económica. Otra de las claves de su éxito fue el sistema en el que se basaba su gobierno: la democracia, esto es, el poder del pueblo, instaurado por el político Clístenes hacia 508 a.C. El sistema se basaba en dos principios fundamentales: la isonomía o igualdad ante la ley y la participación en el gobierno de la polis de todos los ciudadanos, entendiendo como tales a aquellos atenienses adultos de condición libre y sexo masculino. Para los actuales ciudadanos el leer sin revisar a fondo nos ilusiona la creación de tal régimen, que para varios de los políticos más destacados de nuestro siglo es el régimen menos malo de todos los que se han creado para gobernar o ajusticiar al pueblo por parte de los mandantes de todos los tiempos: Monarquías en sus diversos nombres, Iglesia en sus diversas ideologías o religiones y Militares. Por lo tanto, un régimen imperfecto, el de la democracia, tiene estas diferencias en aquellos años —hace más de dos mil quinientos años—, leo a los autores: Los metecos o extranjeros y, por supuesto los esclavos —estos reducidos a la condición de andrapoda, animales con pies de hombre quedaban al margen de esos derechos políticos.
No bastaba con hacer diferencias al interior de Atenas, pues la situación femenina era algo reprochable en un régimen que era del pueblo, elegido por ese pueblo y al servicio del pueblo mismo. Sobre ellas se lee: También las mujeres, aunque fueran de condición libre y atenienses por parte de padre y madre: su estatus legal era el propio de un menor y, por tanto, siempre sujeto a la tutela de un varón, su kyrios o guardián, que podía ser su progenitor, su hermano o su esposo. Dos mil quinientos años después de tal situación en la sociedad ateniense, podemos comparar lo que en el mundo sucede, sobre todo en el medio oriente y en el Asia o África con la mujer. El hecho de que no pueda salir de su casa sin la compañía del hombre, cualquiera que éste sea, la destina a vivir recluida, en una cárcel dentro de su hogar. Sus libertades restringidas y sólo le dejan en pleno siglo XXI la mínima libertad de poder vivir y obligarse a dar hijos a la patria injusta en la que mal viven para su desgracia.
El texto sigue: Si situación de dependencia era tal que ni siquiera podían testificar en nombre propio ante un tribunal. Tampoco estaba bien visto que se pasearan por las calles, se reunieran para pasar el rato o, simplemente, salieran a hacer la compra, tarea de la que ya se encargaban los esclavos. Incluso se consideraba indecoroso e insultante que usaran su nombre en público, pues ese era un hábito propio de las prostitutas: una mujer respetable debía decir que era la esposa de tal. Ciertamente, la suerte de esas mujeres no era envidiable, condenadas como estaban a pasar buena parte de su vida recluidas en el hogar, de cuya administración eran responsables. La Democracia de la que hablamos en nuestros tiempos y que en aquellos años era un sistema de gobierno que daba todo a pocos y dejaba fuera de los bienes y derechos a la mayoría. La mujer está ubicada en ese tiempo, siendo el ser que da la vida a tal régimen, pues sus hijos, esposos y hermanos son los que gobiernan a nombre de un pueblo que los elige. Sólo que los electores son unos pocos ante la inmensa mayoría que sí está ahí mirando sin poder intervenir.
La Democracia a la que el filósofo Platón tanto critica, pues ve que muchas de las cosas que son decisiones para bien gobernar son tomadas por decenas o cientos de personas —por no decir— miles reunidos en el ágora; que dan opiniones sin saber en verdad del problema que se toca en dicha reunión. Las mujeres atenienses están excluidas de tales decisiones. Si acaso se habla de ellas, es para juzgarlas o darles más tareas que le causan infelicidad. Sí, pues dicen los autores: Su otra función era la maternidad, dar a su esposo descendientes legítimos que perpetuaran su patrimonio y, en el marco de la polis, el cuerpo de ciudadanos. El único ámbito en el que gozaban de cierta libertad era el religioso: había sacerdocios femeninos y fiestas como las Tesmoforias, a las que solo las mujeres podían asistir. De ese régimen de la Democracia ha de surgir toda la ilusión, en dicho nombre y en el de Libertad o Igualdad es que la mujer ha fincar sus duras luchas para alcanzar en este siglo XXI algunas victorias que le hacen un ser visible, mismo que no está exento de la terrible violencia de feminicidios, la violación o la explotación a través de la trata de personas que es epidemia que se extiende por todo el planeta. En célula, hay que leer cuáles son las relaciones del filósofo Sócrates con su esposa Jantipa, y dentro del hogar comprender la intimidad de una pareja en la Atenas que es gloria de la humanidad.
Uno con 46 años termina casándose con una mujer vieja de 20 años de edad. Es la última oportunidad que esta mujer tiene para casarse con quien ha de ser el filósofo por excelencia, que al ir a morir pide a su esposa que sea valiente, pues él no es cobarde ni renuncia a sus principios. Primero ellos y después su familia ha de decir. La esposa del hombre más valiente en la historia de la humanidad. El que no renuncia a sus principios éticos, morales y filosóficos que le hacen ser para siempre el ¡Maestro de maestros! Al revisar su existencia en el libro La vida privada y pública de Sócrates, publicado en Editorial Sudamericana por el escritor René Kraus, entendemos la riqueza de experiencias que este educador tuvo para sí.

