Mujerón

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Hace días, llegó un mensaje donde aparecía la fotografía de una mujer que, de primer momento, desconocí. 

En primera instancia, miré su rostro de mujer madura y después, parte por parte fui acercando su rostro para conocerla, desconocerla y reconocerla. Podría decir, superficialmente, que es una mujer ensimismada con semblante místicamente llamativo. 

La persona que envío el retrato, me preguntó ¿Usted la conoce? Ese cuestionamiento, fue un detonante de reflexión a mi propia imagen, no como la figura que el caballero ve de mi persona, sino como la mujer de tantos años que pretende reconocerse. 

Mientras contemplo mi propia versión, pienso que no sé, a ciencia cierta, qué y quién soy. Puedo decir que a mis cincuenta y tantos, soy una mujer que chispea las arrugas de la vida, las canas que emergen de su presencia, que ocasionalmente, reflejan el tiempo en su persona. 

Ante el paso del tiempo, – Claro que, eventualmente, me conflictúa no ser la muchachita de los veinte o treinta y tantos años; sin embargo, sabiamente asumo que la vida es una espiración, un momento, un soplo, un efímero intervalo que nos escribe anónimamente en el universo donde, sólo tengo presente la conciencia de mí.  

Eso ha pasado conmigo, miro esa fotografía que pregunta ¿Sabe quién es? Remitiéndome a cuestionar ¿Quién o qué soy en este fugaz suspiro imperceptible en el universo de los otros? Sé que soy ésta que se nombra, que se escribe, que se pronuncia. 

Quizá el caballero que mandó la foto de esa mujer llamada Yo, esperaría una respuesta más simple, más sencilla, lo que no se imaginó el gentil hombre es que, sentirme la mujer que soy, me llevó, como en otras circunstancias, al infinito viaje de saberme íntimamente humana con la brevísima diferencia que, para Él, no soy una microscópica partícula en la creación. Para él, soy una sensación memorísticamente amable en su corazón y eso, resuelve su grandilocuente contestación al responderme: ¿Sabe quién es la persona de la fotografía? 

– ¡Un mujerón!