NEVADO DE TOLUCA

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Muchos poetas en voz de poetas ha sido tema recurrente, el texto de Gonzalo Pérez es elocuente en muestras de amor por el volcán que preside todas las acciones de esta región en miles de años. Desde los versos que pone en página 5 del libro Toluca en la Poesía, donde cita a Juan N. Lacunza, cuyo título es Al nevado de Toluca, que dice: Alzas al cielo tu frente / de eterna nieve cercada: / desprecias la edad pasada, / no temes el porvenir. / Millares de hombres tu cumbre / admirados contemplaron, / ya casi todos finaron, / tú no cesas de existir. / ¡Roca insensible! Los primeros días / de la creación acaso ya te vieron / elevarte a las nubes desde el prado: / años sin cuento sobre ti cayeron, / y aún se ve cual relieve dibujado / en el azul del cielo / de Toluca el nevado / de vapores envuelto en denso velo. Decenas de poetas y escritores que han buscado decir en verso lo que es para ellos el Xinantécatl están presente en el libro del mayor bibliófilo de la Biblioteca especializada en el Estado de México, particularmente en temas de historia, literatura, cultura, educación y todo aquello que ha formado a la entidad.

Orgullo mexiquense es esta Biblioteca dedicada a los temas de la entidad es que nos debe llevar a reconocer a Gonzalo Pérez Gómez como un benefactor del mundo de los libros. Ojalá el acervo después que dejó ese cargo encargado de todo lo que se refiere a nuestra patria chica haya sido conservado con la honestidad y el amor que él tuvo para la riqueza relacionada con nuestra cultura estatal en general.

Gracias a él, se recuperan poemas de importancia literaria y crónica en todo caso, pues la poesía muchas veces es crónica que bien puede ser amorosa o social. En este caso es el amor al paisaje y medio ambiente que lleva a tratar de aferrar la belleza de esa mole inmensa que es nuestro volcán de Toluca. Cito a una poeta, Emma Laurette viuda de Gómez, escribe en su texto titulado El nevado de Toluca: Recostado, indolente / impasible y tranquilo, / vigila noche y día / sin que su gesto altere / el vaivén de la vida. / centinela que lleva / en su casco de tierra / su penacho de nieve, / mientras quema en su seno / la vorágine ardiente… / y parece dormido. / Es quizá que, consciente / teme entrar en la lucha / que devasta y aterra. / ¿Es que vela filósofo, / o es que duerme tranquilo / mientras todo a sus plantas / se estremece y se mueve? Verso tras verso los poetas han tratado de aferrar la belleza, los pensamientos filosóficos que plantea tal presencia en un valle legendario, pues la aparición de los primeros hombres en estas tierras va más allá de los siglos en que llegaron los españoles a América.

Un tenanguense del Valle, reconocido educador a mitad del siglo XX, escribe, don Juan Rosas Talavera, al que tuve el gusto y orgullo de haber conocido, gracias a mi condiscípulo en la secundaria número Uno, Miguel Hidalgo, el charlar en ocasiones en su hogar de Pensiones en Lomas Altas, en aquella Toluca en que ir a las alturas era otra experiencia que hacía diversa ya a la ciudad, taza de plata que el poeta toluqueño Enrique Carniado dibujó con total ternura. Don Juan tiene un poema que se llama Al Xinantécal, dice: Cumbre divina cumbre de las nieves del tiempo; / hasta tu enhiesta mole mi espíritu elevo; / y en el pensar, devoto, los rituales te llevo / de mis veneraciones, cual simbólico ejemplo. / desde aquí, blanca cumbre, pasmado te contemplo / y pongo de mis versos un ritmo siempre nuevo / en tu más alta cúspide; y si es que a tal me atrevo, / es porque mi potencia en tu potencia empleo. Sólo fragmentos de los tres poemas son los que pongo por parte de poetas que lo fueron y dejaron su huella. En el caso de Juan Rosas Talavera, pienso que sus versos los hizo desde su tierra de origen, desde Tenango, donde por el lado del occidente se contempla la mole del volcán en toda su belleza y en lontananza, pero a tiro de mano.

Infaltable en esta larga lista de escritores, aparece en el libro Horacio Zúñiga, nuestro poeta toluqueño por excelencia, el titula Al Xinantécatl y escribe: Sansón de granito, terrible salvaje que ciego / de ira vomitas tus lavas, siniestro volcán, / lirófo augusto que pulsas tu tira de fuego / que tiene por cuerdas las crines del negro huracán. / Arquilla gigante que guardas de día las estrellas, / y escondes de noche la gema radiante del sol, / y engendras y nutres las sierpes de rojas centellas / y ocultas el oro que baña los cielos de eriol.

De una cultura descomunal, que le acerca a nuestro sabio mexicano Alfonso Reyes, sus palabras navegan por el mundo de la cultura griega con igual facilidad que por la nuestra en los primeros cincuenta años del siglo pasado. Otro más, con amorosa voz, lo es Alfonso Sánchez García, cronista municipal de Toluca de 1981 a 1997, titula su poema El señor de Toluca, escribe sus versos así: ¡El Señor de Toluca está dormido!… / inverna echado bajo su azalea / de gélido vellón descolorido, / como un oso de luz que se asolea. / ¡El Señor de Toluca está dormido!… / y ni el viento del norte lo menea, / ni lo despierta el colosal gemido / que sus cuatro costados cosquillea. / Anoche fue que apuñaló la nieve, / traicionera y absurda en carne viva… / ¡Pero el blanco gigante no se mueve! / ¡Qué le importa el niño sin zapatos, / el dolor y la angustia colectiva / si sale muy bonito en los retratos. Juan Rosas Talavera viendo al volcán en su niñez, don Poncho, nuestro querido cronista, viéndolo en su infancia quizá desde Calimaya, pues el volcán de Toluca a todo el valle lo baña con su belleza y majestuosa presencia indomable.

La poesía está presente en el tema del Xinantécatl, mejor conocido como volcán de Toluca. Orgullo de todos los habitantes de este valle de lágrimas y alegría, aparece en la prosa elegante del cronista que es Rodolfo García Gutiérrez, y en él escribe El Nevado de Toluca: Una línea sinuosa, como entrantes y salientes de mar, separa monte y región de las nieves. Abajo, el verde de los pinares; arriba, arenales amarillentos, salpicados de rocas y árboles enanos. Por la vereda de la falda oriental, van subiendo como ondulante fila de hormigas. Llegan a la laguna del Sol. A poca distancia de la playa está el altar de Tláloc. Caminando entre el agua, que les llega hasta las rodillas, los sacerdotes depositan ofrendas de flores y copal. Desde el borde, otros hombres, con ramos en las manos, contemplan reverentes la escena. Cuando la ceremonia termina, el dios derrelicto es como un bajel rodeado de pintados pétalos. Tal debió ser el culto idólatra que se practicaba en el Nevado de Toluca, y que, según verídicos testimonios, persistió entre los indios hasta mediados del siglo XIX. Dos maneras de hablar o escribir sobre el Xinantécatl, tema inacabable para prosistas y poetas.

De recordar siempre la crónica del poeta cubano-toluqueño, José María Heredia y Heredia es obligación. Rodolfo y José María son hermanos en la visión que tienen de respeto y amor por el nevado de Toluca. Uno lo vive ya de joven maduro, pues viene de lejos, de Cuba, y el otro, de aquí cerquita, del municipio de Huixquilucan. Los dos el mismo amor y la misma visión, sólo que con diversas palabras y escenarios de amorosa experiencia por esa mole que es un reto para cualquier escritor que quiera expresar lo que es en realidad. Mucho tiene que decir Rodolfo de su volcán: El Nevado ocupa el cuarto lugar entre las altas montañas de México. Sólo lo aventaja el Pico de Orizaba, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Desde todos los flancos se contemplan hermosísimos panoramas. Hacia el norte los valles de Toluca e Ixtlahuaca, que van cambiando la coloración según el giro de las estaciones del año. En la primavera, verde; ocre y amarillo en el verano e invierno. Por el oriente, la Serranía de las Cruces, parece formada de montañas pigmeas. Detrás de ella, majestuosos y coronados de nieve resplandecientes, se yerguen los volcanes del Valle de México. Y así sigue el cronista escribiendo y escribiendo, en esa tarea de ver con los ojos y hablar con la mano, lo que en papel ponen sus visiones.