NO QUIERO DEJAR SAN JUAN

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El cronista se hace de la realidad. Al ensayista se le deja su capacidad de reflexión e inteligencia para discernir el texto o la realidad. El cronista cuenta lo que ve y vive. Así tenemos en Guillermo Prieto un ejemplo admirable del cronista del siglo XIX. Cito su opúsculo publicado por el Fondo de Cultura Económica en febrero de 2019, titulado Los yanquis en México, crónica de graves momentos que llevaron a Estados Unidos —país que contaba con más de 77 años de independencia del imperio inglés—, a invadirnos y perder así más de la mitad de nuestro territorio. Estados Unidos de América de libertador de sí mismo, se transformó en imperio y México pagó —como nadie—, su voraz ambición, que no se ha detenido desde entonces.

De aquellos años de 1846 a 1847, dice: Las tropas estaban colocadas en el acueducto y en las azoteas; además, en el área permanecían algunas fuerzas del tercer ligero, con una pieza de artillería; y detrás de una pequeña zanja, colocó el coronel Echegaray unos tiradores que ofendían considerablemente al enemigo. Los americanos volvieron en esta vez, si no a retirarse, al menos a vacilar en su tentativa. La segunda columna, al mando del coronel Mackintosh, protegida, como hemos asentado, por la batería de Duncan, avanzó resueltamente a la Casa Mata. Seguir la huella de los cronistas es revivir la vida tal cual es, tal cual fue, tal cual será a pesar de los cambios que el futuro siempre trae en la vida humana. Comprender lo que es un Cronista es hacerlo a través de los escritos de un Bernal Díaz del Castillo o del conquistador Hernán Cortés, pero también existe la necesidad de ir más allá en un país que es privilegio no sólo de sí mismo, sino de toda la humanidad por su aportación a la cultura en los miles de años que existe en la tierra. El cronista dice lo que sucedió, no lo que hubiera sucedido o podía suceder. Hace relato y cuenta y recuenta los sucesos, en la lectura de Guillermo Prieto se lee: las tropas mexicanas que la guarnecían no pueden contener su entusiasmo; saltan de los parapetos, forman su línea, avanzan sobre el enemigo violentamente, comenzándole a hacer fuego cuando estaban a distancia de veinticinco varas. El jefe y los principales oficiales americanos que conducían esta columna de asalto caen heridos o muertos: los soldados quedan momentáneamente sin jefe y, agobiados con las descargas de fusilería, huyen precipitadamente, y sólo van a reunirse al punto donde estaba situada la batería del coronel Duncan.

Sí, el cronista es tarea tan importante en la historia de nuestra patria que no se pueden olvidar por igual a Guillermo Prieto en el país, ni a don Poncho en Toluca y en el estado de México. Si Prieto relata los sucesos de esa guerra que es herida por siempre en México, en el caso de los escritos del profesor Mosquito nos recuerda que todo en la vida humana cuenta.

Los escritos sobre su experiencia de vida en su barrio de San Juan el Chiquito es un delicioso momento, gozo por su prosa limpia y sencilla, escribe: Margarita, mi maestra, fue más directa al terreno afectivo. Me preguntó por la familia, por los pequeños. “—¿Cuántos tienes…? Si vieras cómo tengo aquí grabada tu figura de chico”” —decía señalando su frente blanca y despejada. Margarita fue muy hermosa, de una tierna hermosura que se amoldaba armoniosamente con su natural modesto y recogido. Jamás he llegado a comprender por qué no se casó. Todavía en su madurez grata y serena, consiguió despertar alguna que otra pasión. Sin embargo, la inmaculada soltería no consiguió agriar su carácter dulce y maternal. Pasé con Carmelita y Margarita un rato delicioso como son todos aquellos en que nos volvemos a encontrar, de pronto, con una realidad que ya creíamos liquidada. Recorrí la casa desde la tienda donde Nichita despachaba “pambazos con tantito”, ese tantito era una embarrada de dulce de leche; pasé por ese cuarto sombrío y húmedo donde estaban las piletas y que hay que atravesar sobre un puente de vigas; después el corredor de piedra y la cocina con la mesa descomunal y el gran brasero de carbón.

Sería difícil, pregunto, encontrar quizá al magnífico escritor estadounidense y premio Nobel William Faulkner o a la canadiense, Alice Munro: al definir detalle por detalle lo que se relata, en ese hacer crónica de los hechos, sucesos, emociones o sensibles momentos, que quedan en palabras del cronista con tal limpieza que resulta imposible no dejar de imaginarlos con pasión y entusiasmo. Lo que don Poncho nos cuenta, es la Toluca de los años cincuenta del siglo XX. Cómo no recordar cafés y restaurantes a lo largo de la calle Miguel Hidalgo —en tramo de Los Portales—, donde relatos y chismes sobre mujeres bonitas e inolvidables eran nuestro mayor gozo para quienes fuimos adolescentes y alumnos de la secundaria número Uno, la Miguel Hidalgo Costilla, ubicada en pleno centro de la capital mexiquense a un lado del templo de Carmen: ello era pan de todos los días. Caminaban sensualmente y bien portadas, lo mismo por Los Portales, o estaban con nuestros padres en café de chinos o l’Ambiant, lugar emblemático en mitad de los cincuenta, muy cerquita del cine Coliseo; mientras nuestros ojos recorrían sus siluetas vestidas de múltiples colores: sus bellos rostros, descubriendo apenas en años adolescentes emociones que bien nos cuenta en sus relatos don Poncho, con pasión de adolescente en hombre ya hecho para cuando escribe el libro referido.

Siempre dando lecciones de vida. Es en tiempos actuales el más cercano ideal al cronista de lo humano. Dice, por ejemplo, algo impactante: La verdad es que un barrio no resulta otra cosa que un trozo de ciudad en el que las paredes oyen y las aceras hablan. Sabemos lo que es la vida de la vecindad y por extensión la del barrio. Decía el poeta Antonio Gamoneda, en aquella visita a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que hay escritores que vienen de la pobreza y la comunidad y que existen otros, que son solidarios: los dos igual de grandes, pero es más grande el que nace en la vecindad, el barrio y no en la zona residencial; porque al nacer entre los más necesitados, le permite entender la tragedia de la humanidad, las injusticias de la sociedad y le presenta los peores comportamientos entre gobernantes y gobernados. Es importante notar esta verdad, pues al comprender la manera de escribir por parte de don Poncho sabemos que estamos ante un escritor que viene de abajo, de ese mundo que no es el de la riqueza, por lo que comprende mejor los deseos de vivir bien, de no tener la angustia de la pobreza. Lo dice en su libro varias veces, comprobando en ello su conciencia social. Conciencia social que no se deslindó por alguna ideología antes que por los intereses del pueblo. ¿Era un liberal con mente de los hombres y mujeres del siglo XIX? Creo que sí, sin duda. Las veces que hablé con él, me llevó siempre de la mano a entender que ninguna ideología es más que la humanidad. Viniendo de aquellos que aprendieron sobre el socialismo en la escuela cardenista, no por ello se quedó estancado y supo que el pueblo habla a través de los hechos y no de las palabras. Con sencillez y paciencia nos decía que él había tocado todo, vivido todo, y en ello, su vida de diez años en ciudad de México donde aprendió de cerca lo que era la película de Los Olvidados del cineasta español Luis Buñuel. De los olvidados de la tierra mucho llegó saber el periodista de toda la vida, que en Toluca vino a realizar su mejor obra y a darnos lecciones sobre cómo se hace un cronista de lo social, de la nota periodística y, del estudio de la historia y de la política que el siguió de cerca con un compañero de generación, el profesor Carlos Hank González, con su acervo cultural tan extenso y profundo supo dar enseñanza a jóvenes de la educación en Preparatoria en los años setenta. Todavía creo verlo en las oficinas de la Alameda, recibiendo parvadas de jovencitos para enseñarles el amor a Toluca y el amor a la vida. Era raro que nos hablara de las cosas trágicas o nos infiriera el sentimiento del miedo por el futuro. Al contrario.