NOCAUT
Si en el box existiera una medida per-cápita, así como el estudio económico que el Banco Mundial hace por persona según sus ingresos, México sería líder mundial en esta especialidad del boxeo. La necesidad hace miles de miles de jóvenes mexicanos se suban a un ring para ganar un dinerito a punta de golpes.
Cierto que –sobre todo en las divisiones chicas– México ha sido un emporio de campeones del mundo, pero también los champions bantham son garbanzos de a libra y comparados con los miles de zombies que no pasaron de preliminaristas, el precio a pagar es altísimo.
Empero, no hay de otra: dándome de chingadazos gano una buena feria, ¿dónde más si no? Y con la ilusión de ser campeones y salir de pobres, miles como Aurelio Martínez Saavedra –El Monstruo para sus cuates– se madrean con la vida en un ring.
-¿Otra vez te corrieron? Y ahora ¿crees que te voy a seguir manteniendo?
Mientras el padrastro ciertamente lo corre de la casa y la madre nada más llora, Aurelio piensa en noquear al viejo… pero no, nada que hacer aquí, mejor vámonos a la calle y ahí, en el corazón de la colonia Buenos Aires, una de dos: o te dedicas a ratero o le metes la nariz al thiner… ah, pero Aurelio, El Monstruo, por ser feo como la pobreza, tiene una tercera vía: ir a ver al señor Rosales, el manager, allá donde estrena, en los Baños Margarita, sí, ese manejador de lujo que cuando lo vio llegar a cuartos de final en el Torneo de los Guantes de Oro del CDMX. le dijo –Oye chavo tierno ¿cuándo me vas a ver?, yo te pulo y a lo mejor te hago campeón–y en ayunas, a las nueve de la mañana, ya estaba esperando en la entrada de los baños a Rosales, que tiene un gimnasio a toda madre, luego le diría a sus cuates… y ya tiene dos campeones nacionales.
A las 10:18 llegó el manager.
-Qui’hubo chavo, que… ¿le entras?
-A eso vine
Y al rato, con unos tenis prestados y unos calzoncillos de box, con lamparones de sangres pasadas, Aurelio ya se estaba moqueteando con otro igual de jodido, ¡Pum! ¡trac! ¡Pum!, sin tener careta protectora, los mandarriazos botan en cara, cuello y tórax. A Aurelio no le sale lo monstruo y acabando los tres primeros minutos de intercambiar oper y jabs, siente ganas de vomitar.
-¿Qué pasó chavo? El manager viendo que el presunto diamante no llega a topacio, casi casi le dice que hasta ahí llegamos.
-Es… es, que me des-velé y no he desa… yuna…do.
-Bueno, otro raundsito y a ver qué.
Sin espectadores, en un gimnasio que te cobra el alquiler de guantes, la bañada y el uso del ring, Aurelio, ya vio que se la tiene que sacar. ¡Gong! Y pa’lante. No se había fijado en el otro chavo: más o menos de su edad y hasta buena onda se ve, pero ni modo, si no lo veo como enemigo, si no me lo hecho al plato, él me hecha a mí. Y el monstruo se lanzó a matar, primero como ya dijimos para que el señor Rosales lo ayude, lo guie y segunda, porque no tiene condición y hasta si puede hasta sin golpe.
¡Trac! ¡Toc! ¡Tras! En esa primera escaramuza Aurelio suelta todo; como si le pegara al viejo borracho y vividor que dice que es su padrastro, como si diera cates a la vida: ¡Fuera! ¡No sirves! ¡Otra vez oliendo! Agarrando en su odio al otro chavo –por cierto se volvió a acordar hasta lo buena onda que se veía– Aurelio es un gadañazo con la izquierda, sintió blandito ya le di en el hígado y ¡cataplum! Mandó al chavo a besar la lona.
-¡No te levantes! ¡Quédate así! Rosales pensando en que pudiera estar mal, le ordena al noqueado que se quede así, quieto, horizontal, nomás respirando para que se vea que está vivo.
Aurelio, ¿lo siente? Pues, la verdad, no, como más que cornadas da el hambre, siente en que al menos por hoy ya agarró tren y Rosales, además de darle una lana, le ayudará a conseguir su primera pelea como profesional y al rato en el vecino mercado de San Juan se va a aventar una pancita con su respectiva cervecita.
– ¿Te sientes mejor? Y el chavo noqueado se levanta un poco bizco.
– ¿Qué tal? Aurelio lanzando átomos de sudor le pregunta Rosales.
– ¿Te aventarías el sábado una peleíta en el Coliseo?
– ¿De a cuánto los rounds?
-Seiscientas lanas, menos lo que te voy a prestar ahora, lo que debemos a los baños, mmmh… te quedarán cuatrocientos.
-Sale. Lo que no le dijo Rosales era que el pleito a cuatro rounds, era en contra de una chucha cuerera, uno de esos boxeadores mañosos que sirven para calar.
Aurelio no se repuso lo suficiente, no agarró la condición suficiente y el sábado, con uno como hielo en el estómago, se presentó a pelear en la de cuatro rounds.
¡Pelearaaaaán! Ahora si era la de a deveras. El monstruo brincoteaba de puros nervios, y cuando siente los primeros madrazos se engalla. El calador, lo siente y casi terminando el primer raund, con dos opers a la mandíbula lo manda grogy a su esquina.
Aurelio se traga la saliva con sangre, ve que Rosales está a disgusto y siente que a lo mejor su nariz está rota.
– ¡Madréalo!, ¿Qué no puedes?
Aurelio nomás baja la cabeza.
¡Going!, el segundo raund.
El calador se lanza a noquear, otra vez golpea, el rostro de Aurelio para dejarlo más monstruo y mientras este se cubre la cara, le hunde el puño derecho en el plexo solar. Aurelio cae normal, naturalmente. Siente que le quitaron el piso y más que los dolores de los mandarriazos siente un agudísimo dolor en el alma.
¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve!… ¡Diez! ¡Fuera! De cara a las lámparas, Aurelio no se puede parar… y aunque luego de treinta segundos lo haga, hasta ahí llegó su vida de bofe, de boxeador, de presunto campeón y dos meses después otra vez estará inhalando thiner en el fondo de una vecindad de su querida colonia Buenos Aires. Ah y no se preocupa de no tener para comer, ¿por qué?:
– ¿Sabes mi ñero? Con el thiner ni da hambre.

