Nuestros guardianes

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A nuestros ancestros

Dicen que los pasos de mi padre se perdieron en la cueva del rumbo de los abuelos, él no retrocedió ni por ver el vuelo del águila, o por mover la cuna del macehual que más tarde se convirtió en un gran guerrero. No le conocí, ni desperté abrazando su voz, ni siguiendo sus pasos en la danza conejo. Soy parte de los huérfanos que aspiraron a abrazar un cuerpo y se han conformado con abrazar una tradición.

Padre, te busco en el surco donde brotan pétalos, donde el tiempo suele despertar sonrisas y las manos evaporizan obsidianas en vasijas de barro; y muelen sabores con rituales de agua viva. Enséñame el camino donde las cenizas traen de regreso al padre eterno, deseamos bendecir macehuales para que un día den luz y aspiren a ser guerreros en esta ciudad agonizante aun resguardada por Mictlantecuhtli.

Orgulloso de mis ayoyotes camino hacia las teocallis, levantando el polvo de las veredas áridas, luciendo cantos de muertos que anhelan despertar y disfrutar la libertad del nahual en noche de luna llena. Suena el atecocolli, nutriéndome con sus caricias de grave sonido, lavándome heridas y haciendo cosquillas a mis pies ligeros frente a los templos.

Padre, he viajado desnudo, caminado con mis despojos bajo intensas lluvias que lavan el rostro de las teocallis, he llamado con sangre a nuestros guardianes, a los hijos no deseados de esta época, y en el humo de mis pesadillas se desvaneció mi plumaje, como si el viento me lo arrancara y lo depositara en los eucaliptos, y ahí lo sacudiera hasta desaparecer.

Sí padre, hoy he despertado en los bordes de un vientre agrietado, he tomado visiones que golpearon a nuestros abuelos, haciendo esconder su origen y su descendencia. Y de ellos he tomado sabiduría, su aliento y su fuerza que se resiste a ser huérfana, he tomado imágenes que lejos de acercarme a la tumba, me llevarán a entender las memorias de los abuelos casi olvidados.

Mirada azul

Se formó su cuerpo con polvo que corre en los teocallis, nació arropado en madrugada de verano junto a la montaña; entre tejidos de linajes resquebrajados y anónimos huesos de águilas esclavizadas golpeándose en el cielo de mirada azul, y pesadillas negras que crujen con látigos diluidos en delantal impuro, y demente que llora mientras se ve hecho jirones.

Lejos de la arena, intenta descifrar el despertar que pretende consagrar secuelas de fuego, alejándose de la prisión que resucita vientos con canto, y dosis de abuelos que juntan ceniza, para unir tejidos libres de tortura en una tierra de palabras vivas, y pétalos marchitos. Busca una cavidad donde lavar tinieblas, donde lavar heridas con sol de miel, y voz de indígena incendiario.

Hay vacíos en esta historia con sed, hay hambre en busca de semillas; aromas buscando una flor. Hermosa luna, devuélvenos la palabra florida de nuestros antiguos matlatzincas. Junta los cantos al pinaninchini, al tubenque, a los templos que buscan en el cielo las alas de sus guerreros, no dejes que las nubes sigan nublando a este señorío.