Otomíes en Ángel María Garibay

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La lectura del libro titulado Los otomíes en la mirada de Ángel María Garibay publicado dentro de la colección Biblioteca de los Pueblos Indígenas, bajo la coordinación de Rosa Brambila Paz, en edición del Gobierno del Estado de México a través del Instituto Mexiquense de Cultura en el año de 2006, es muestra de la riqueza en aportaciones que deja el padre Garibay, en defensa de una cultura que a la fecha no ha sido valorada en todo lo que, de bueno ha dado a lo largo de la historia, por lo menos en los últimos mil años de la historia reciente. Escribe Rosa Brambila Paz en la Introducción, son palabras que definen al sacerdote, estudioso de Sagradas Escrituras, al estudioso de lenguas indígenas y poliglota: Ángel María Garibay Kintana es una figura señera en las crónicas de México. Como especialista en literatura náhuatl y letras clásicas y como fuente de incontables investigaciones sobre la cultura de los pueblos antiguos, destaca entre sus coetáneos. De esa misma manera me responde la doctora Margarita Loera Chávez y Peniche cuando le digo el nombre del padre Garibay, ella es voz actual del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), lugar emblemático en estudios de culturas pretéritas.

Retornar a personalidad del toluqueño que se hizo en el campo como estudioso del indigenismo, recuerda que bien pudo el sabio toluqueño irse a vivir al Vaticano, a estudiar Sagradas Escrituras. El padre Ángel María se negó, pues decía que para estudiar había mucho en estas tierras: en este panorama que le dejan los cronistas españoles, que dieron su voz de admiración ante tal grandeza cultural: que viene del norte del actual México, y a límites con Centroamérica. Escribe Rosa Brambila: Fue del grupo de historiadores, artistas y sabios que, durante el siglo XX, enfocaron sus artes a la creación de una identidad nacional asentada en el esplendor de las añejas culturas del territorio mexicano. Cuando se estudia ello, en estas palabras comprendemos las luchas ideológicas y culturales que los mexicanos del siglo XX libran para dar rostro a nuestra patria. Bien dice Samuel Ramos, el filósofo michoacano, en la década de los treinta del siglo pasado de la obligada necesidad de estudiarnos a nosotros mismos, para saber quiénes somos. 

Por ese camino transita Ángel María Garibay, y lo hacen los muralistas: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco o el oaxaqueño Rufino Tamayo, muestran grandeza y esplendor; iguala en artes plásticas la grandeza que hay en tales mesteres en Europa. Garibay por ese camino transita en busca de la originaria raíz: en los indígenas que, por fortuna, aún persisten en estar presentes en Mesoamérica, con lenguas y formas de vida en municipios como Jilotepec, Tenancingo, Huixquilucan, Otumba, San Felipe del Progreso, Toluca o la propia Ciudad de México. Todo es poner la vista en el lugar correcto, y el padre Garibay, pone atención no en la ciudad de la región más transparente: habla de la urbe y su clase media a mitad del siglo XX —no es su destino tal ciudad—, él pone sus ojos y oídos en diversas lenguas que vienen de lejos. Dice Rosa Brambila sobre ese fenómeno que busca dar identidad a mexicanos, que vienen del pasado antes de ser dominados por los españoles, leo en sus textos: Al mismo tiempo, orientaron sus esfuerzos a poner ese pasado prehispánico en el mismo nivel que las culturas clásicas y, por tanto, de alcance universal. 

Pensemos en el siglo XXI en que vivimos México, pues México está entre los diez países con mayor cantidad de patrimonio cultural y natural del mundo: Italia, Francia, Grecia, China, India, Egipto, Perú y Medio Oriente son compañía, en esta lista de cultura intocable. Este motivo enseña que haber nacido en este lugar del mundo da herencia e identidad —nos dice esto—, que muy pocas regiones del mundo tienen tal pasado histórico de su presencia en la tierra. Continúa Rosa Brambila: En esta puesta en valor de lo indígena surge la pasión de Garibay por la historia del país, pero narrada a través del devenir de los pueblos originarios. Por ello aseguró que la conciencia que de sí mismo ha tenido México, por milenios, hacía viable un programa de una verdadera cultura nacional por la vía de recobrar los valores autóctonos, para asimilarlos a los españoles. Es voz nueva, de sabio que por sí solo defiende valores, altísimos valores de nuestras culturas indígenas, que por mala política cultural lleva a mitad de siglo XX a pedir que hablemos sólo español: se tiene que conseguir hacer una nación de un solo idioma; que piense de una sola manera y, sea estático estado monolítico y fuerte, ante la diversidad cultural que por todas partes aparece en el mundo. Eso éramos a mitad del siglo pasado para vergüenza ante el mundo. Esa era la actitud negativa de gobernantes ‘preparados’, que impusieron la obligación de hablar sólo español, dejando en el abandono lenguas maternas, a las que de manera peyorativa les decían ser dialectos de poca monta, en pocas palabras lenguas muertas.

El padre Garibay sabe de la contradicción profunda que enfrenta. Sus estudios cristianos le hacen ir al Medio Oriente, o aquello que le acerca a culturas grecolatinas. Él sabe que México está viviendo en variedad de culturas que son europeizantes: pero que olvidan la raíz que no habla de una sola cultura indígena, sino de muchas, que caminan por territorio nacional y, se extienden hacia el sur de Centroamérica trayendo presencia de olmecas, toltecas, mixtecos, zapotecas o hacia la extensa región de la cultura maya. México es país de múltiples culturas: admirables en textiles, lenguas, gastronomía, visiones religiosas o ideológicas. Costumbres que destacan por prácticas que resumen cosmogonía, la que sigue vigente en culturas indígenas presentes en todo el país. Cuenta Rosa Brambila: Su postura fue equilibrada y pública. En su ingreso a la academia Mexicana de la Lengua afirma: …ni adoración hispanista, ni idolatría indígena, unidad vital hay en mi desmadrada cultura. Sólo eso traigo, Señores Académicos: amor sin medida a la lengua, entrega sin límites a las letras, para enriquecer la grandeza de mi solar nativo. Palabras de hombre humilde, sencillo, que tiene por vida, el haber dado a los estudios del indigenismo los senderos más ciertos, por los que se puede andar para encontrar las vetas de oro que son el saber: ¿cómo es que es el pasado? ¿Por qué somos como somos? y ¿Qué cosa podemos ser en el futuro a condición de saber quiénes somos? Como en Sor Juana Inés de la Cruz, y como en todos los estudiosos que nacen para descifrar el mundo. Al padre Garibay se le rehúye porque es un ‘gruñón’; un señor ‘enojón’ que no habla con nadie. Sin saber que el hombre que está ahí frente a feligreses o vecinos de vida vive como sólo viven los genios trabajando las 24 horas, en el objetivo que se han puesto como meta de vida: estudioso de Sagradas Escrituras en su vocación religiosa e investigador del mundo real; que está ahí en medio de desafortunados ciudadanos que viven en zonas de pobreza, de aquellos que socialmente tienen poca importancia, pero resulta que son quienes han resistido los tiempos del Coloniaje y no han buscado ser como Europa: ya por el camino francés, en época de dictadura porfiriana, o en busca del sueño americano a mitad del siglo XX. Pareciéndonos a estadounidenses del Norte al terminar la Segunda Guerra Mundial. Son las palabras de Rosa Brambila las que nos dicen concretamente la labor admirable del padre Garibay: Nadie puede negar su pasión por el mundo inmemorial de los nahuas y sus múltiples aportaciones en este terreno. Sí, historiador y nahuatlato por excelencia; sin embargo, también incursionó en el mundo de la antropología y de los otomíes. 

En efecto, durante los primeros veinte años de ejercicio del ministerio religioso trabajó con diferentes grupos otomianos del Estado de México. Allí, con el entrenamiento del seminario, pronto aprendió y estudió la lengua indígena, con miras prácticas y científicas que incluirían la recopilación de textos, tradiciones y usos lingüísticos. Y es que captó que, para conocer el lenguaje era preciso profundizar tanto en la cultura como en la historia; por eso se le considera como pionero en los estudios mexicanistas. Su acercamiento a la vida cotidiana —que compartió con sus lances—, sus reflexiones sobre las memorias guardadas celosamente y sus cavilaciones acerca de los otomíes, es lo que se recupera en esta obra. Cierto el libro Los otomíes en la mirada de Ángel María Garibay, es un texto de obligado estudio para comprender la riqueza cultural de un hombre que está en el mismo nivel de los muralistas, de Octavio Paz y Alfonso Reyes, de Emilio El Indio Fernández, de Luis Buñuel, de Samuel Ramos o nuestros premios Nobel en temas de la Paz y el Medio Ambiente. Ángel María Garibay, le dicta, metafóricamente, la Visión de los vencidos a Miguel León-Portilla: porque él, Garibay, hace relato de los vencidos desde sus estudios de crónica e historia.