Patética cobardía
En este espacio periodístico y de reflexión, hemos puesto el dedo sobre la incongruencia del mundo, lo absurdo de nuestro razonar y lo deleznable de muchas actitudes que asumimos por orgullo, por necedad o por embriaguez de poder.
En todo este escenario, resalta otra condición que poco abona a una conformación o reconstrucción de una vida plena e integral; la cobardía.
Y no sólo hablamos de la falta de valor o ánimo, como lo expresa su definición, también nos referimos a todas las conductas asociadas y que son, en los hechos, las que pintan de cuerpo completo a esos que, no nada más enfrentan situaciones de riesgo, sino que harán lo imposible y más por desprestigiar, boicotear o grillar al otro para salvaguardar su zona de confort.
De frente, jurarán apoyo y compromiso, pero en cuanto se da la espalda, comienza el ataque, con posturas de inocencia (es que yo no sabía nada), de amnesia (no recuerdo que se haya hablado) o de compromiso (cuenta conmigo para lo que requieras).
Cuando mis miedos, mis incapacidades, mis complejos, mi ignorancia o mis experiencias previas han sido complejas, acudimos a la cobardía como mecanismo de defensa, pero la realidad es que un modulador fundamental de nuestra valentía tiene que ver con el número y la calidad de las herramientas y el entrenamiento personal con el que contemos. Si yo no me renuevo, no me preparo, no busco retos diferentes o soy incapaz de transformarme, el riesgo de recurrir al escondite que es la cobardía es altísimo.
El otro asunto pasa por la incapacidad de asumir responsabilidades; por eso escuchamos expresiones como yo tengo otros datos, nos dejaron un cochinero, vamos requetebién, y demás linduras que evidencian la ínfima valentía de las personas, mejor me quejo antes que resolver.
Si tengo dudas, pregunto; si ha llegado un rumor a mi cabeza, lo aclaró; si no estoy de acuerdo con algo, lo expongo; si me siento excluido, me integro; si tengo miedo, lo enfrento, todas estas, conductas esperadas y obligadas en una persona inteligente, racional y madura. Pero ¡Ah, no!, mejor finjo demencia y voy por la vida inconforme porque a mí no me avisaron o me encargo de sobajar a todos antes que mostrar mis limitaciones.
En realidad, el hombre es cobarde cuando se aprovecha del débil, cuando ataca a la gente que no le ha atacado y lo hace en pos de sentirse superior o protegerse. El que abandona responsabilidades porque es miedoso o porque no es maduro para asumirlas. El que ataca por la espalda, el que manipula, el que lastima, el que daña de formas deliberadas.
Un cobarde es quien abusa de su posición jerárquica, física, emocional, económica, militar o intelectual, un cobarde es también un canalla que abusa de menores, que golpea y ataca a quienes no pueden o no saben defenderse, quien no da la cara y manda emisarios, quien maltrata animalitos, quien arroja la piedra y esconde la mano, quien no toma decisiones, quien se aferra a su hueso a cualquier costo, el que no acepta un reto.
Decidir por voluntad propia estar en esa posición es francamente patético, cuánta razón de Don Ignacio Manuel Altamirano al escribir, la insolencia es el escudo de la desvergüenza y la fortaleza de la cobardía.
horroreseducativos@hotmail.com

