Perdón

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Sus pasos la llevan a la iglesia. En la transparencia de su alma, camina en los recuerdos de su vida, sintiendo la paz de su Dios, prepara –interiormente– cada palabra que le ofrecerá al creador.

Llega a su destino; las grandes puertas de madera la reciben, busca una banca cerca del Altísimo, Se sienta sin quitarle la vista, se persigna ante su presencia. Suspira dándose aliento divino, coloca sus manos en su regazo, cierra los ojos inclinando ligeramente la cabeza para rezar: –Señor, me pido perdón por todas las veces que me he perdido, que he caído, que he tropezado, que he fracasado.

–Señor, me perdono todas las ocasiones que me he herido, lastimado y humillado siendo implacable conmigo, contigo, con todos.

–Señor, me perdono haber suplicado atención, cariño, amor y perdón por encima  de la dignidad.  Perdono cada palabra hiriente, cada abandono de mí.

–Señor, me pido perdón por cada error, por cada depresión, por cada derrota, pero  más me perdono la falta de amor a mi ser, a lo que soy, ¡Me perdono porque mi mente no sabía, porque mi corazón no podía!

 

Perdono cada prueba dolorosa que tuve que pasar. Perdono haberme reprochado mis culpas, mis sufrimientos no resueltos, mis abandonadas depresiones. Perdono haberme flagelado con el látigo de la impaciencia…

 

Mientras rezaba, el silencio profundo la invadió, la letanía le dio paz y gratitud. Permaneció quieta mucho tiempo, el suficiente para apartarse del mundo, para regresar a él.

Salió del templo, de sí misma, recorrió el mismo sendero a casa, pero no de la misma forma. Ahora, cada paso, es una verdad que lleva entre sus manos, en su corazón, en el alma: se siente feliz!