Personajes mitónamos
En el mundo laboral, es sorprendentemente común encontrarse con personas que, en un intento desesperado por encajar o impresionar, se sienten obligadas a inventar historias absurdas y poco creíbles. Se convierten en auténticos narradores de fábulas modernas, capaces de mentir sistemáticamente sobre lo que hacen, lo que han logrado o incluso lo que han vivido, todo con tal de aparentar algo que no son. ¿El resultado? Una comedia de absurdos en la que las historias que inventan son tan inverosímiles que, en lugar de ganar respeto o admiración, sólo dejan una sensación de incomodidad y desconcierto entre quienes las escuchan.
Lo peor de todo es que esta necesidad de mentir no proviene de una simple broma o exageración inofensiva, sino de una profunda inseguridad y una absoluta falta de ética. Las personas que recurren a estas mentiras habitualmente se están protegiendo de la amenaza que sienten al ver que los demás tienen algo que ellos no: confianza en sí mismos.
Esta inseguridad se convierte en un muro que, en lugar de intentar derribar, deciden reforzar con historias que pretenden hacerlos ver como individuos exitosos, poderosos o interesantes; pero claro, el problema es que, al final, se les termina viendo tal cual son: personas incapaces de ser genuinas.
Las mentiras, por más elaboradas que sean, no tardan en desmoronarse; unos detalles incorrectos, una contradicción, o una mirada desconcertada de algún compañero que duda de lo que se dice, basta para que todo el castillo de fantasías se desplome; sin embargo, lo que realmente deja al descubierto no es nada más la falta de veracidad de las historias, sino la falta de madurez emocional y profesional de quien las cuenta.
Personas que siempre tienen una experiencia mejor que la del interlocutor; que si a mi se me rompió una mano, a ese mitotero se le rompió el brazo completo; que si yo choqué la semana pasada, el inventor de historias estuvo a punto de quedar paralítico.
La incapacidad de afrontar la realidad tal cual es refleja una mentalidad inmadura que prefiere crear una versión ficticia de sí mismo antes que enfrentarse a la posibilidad de ser rechazada por ser quien realmente es.
Además, esta constante necesidad de mentir también revela una mentalidad de mitómano, una tendencia patológica a inventar historias para sentir una aprobación que, en el fondo, ni siquiera necesitan.
Es una forma de escapismo, una forma de crear una identidad que no existe en la vida real porque el individuo no ha aprendido a aceptarse tal como es; esa falta de autoconfianza es, en última instancia, lo que termina dañando su imagen, porque los demás no son tontos y perciben cuando alguien está disfrazando su inseguridad con un relato fantasioso.
La ética y la honestidad son los pilares fundamentales para una relación profesional genuina y exitosa; en lugar de construir un personaje ficticio, lo mejor es trabajar en uno mismo, en ser auténtico, en dejar de esconder nuestras vulnerabilidades y aprender que, al final, la verdadera fortaleza radica en la honestidad.
Lo peor es que a sabiendas de estas cosas, hay quien decide que esos perfiles merecen ser quienen nos gobiernan, aunque sistemáticamente quieran vernos la cara. ¿Por qué somos tan ingenuos?, por no decir pen… santes.

