Pobres criaturas

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Hay una crisis existencial frecuente en mujeres y hombres, aquella en que nos encanta pregonar que nos importa poco lo que la sociedad opine sobre lo que decimos o hacemos. Dicho episodio se presenta en el tránsito de la adolescencia a la juventud. Es una crisis relativamente normal, se busca identidad, estima y pertenencia. Desgraciadamente todo esto es falso. La evidencia de la psicología señala que somos seres sociales por naturaleza e incluso aunque no lo queramos y que cuando esto no sucede, detrás se esconde un trastorno psicológico que lo justifique.

Eso, o algún extraño experimento que dé vida un ser incapaz de someterse al yugo de la sociedad y por tanto crezca sin represión alguna que dicte sus actos. Tal como sucede en la fabulosa Poor Things, de Yorgos Lanthimos.

La farsesca-preciosista-surreal-provocadora cinta del griego, basada en la novela homónima del escritor británico Alasdair Gray, presenta a Bella Baxter (Emma Stone), en una suerte de Frankenstein moderna cuyo padre, el Dr. Baxter (William Defoe), regresa a la vida a una mujer madura usando el cerebro de un bebé.

Todo esto (por aquello de los spoilers) sucede en los primeros 10 minutos de la película, lo cual deja el terreno abierto para una delirante expiación de un ser emancipado de las normas sociales que forjan la personalidad de cualquier humano, y por tal, pule sus intereses y aspiraciones. Aquellos momentos de vida en que entendemos que encajarle un fierro a otra persona en el ojo o masturbarse mientras se come, está mal. Ya sea, que no debe hacerse o que hay un lugar para ello. Todos aquellos valores de lo que la personaja está desprovista.

Violencia, sangre y masturbación. Mezcla extraña. Dependiendo de quien lea esto, puede sonar sugerente o repugnante. No obstante, la película resulta en un bellísimo cuestionamiento frente a los estándares morales y éticos que modelan la conducta para bien o mal.

Abrí esta columna hablando del sentido de psicologías porque la película se estrenó precisamente la semana en que por tejes y manejes de un par de mis clases en el trabajo en la universidad revisamos la teoría de Bandura, la cual cimenta el comportamiento social en tres conceptos: observación, imitación y modulación conductual. Así, no sólo le di a ganar a los cines el monto de casi 60 entradas más en este puente, de paso tendré la oportunidad de usar a Las pobres criaturas para analizar a las pobres criatura que nos rodean con el propósito de llevar el tema con solvencia, pero, sobre todo, utilidad.

Algunos autores más. Echemos en una licuadora a tres de ellos: Erikson, Peck y Havighurst. Si lo hacemos podríamos decir que entre los 18 y los 30 el ser humano dedicará su vida a estudiar, conseguir un trabajo, crear un patrimonio, salir con personas, perder el pudor por el sexo, establecerse, ser tolerante, empático y finalmente pensar en un futuro definitivo, cualquier que éste sea.

La realidad de las cosas en este siempre jocoso y caprichoso país, es que, de acuerdo con el INEGI, entre el 2020 y el 2021 los matrimonios se incrementaros en un 35%. 5% de esa alza involucra a jóvenes que rondan los 18 años. De esa misma estadística, el 81% de los contrayentes contaban únicamente con estudios de secundaria, preparatoria o equivalentes.

¿Por qué la prisa? No es ningún secreto que vivimos en una sociedad cuyo ideal de éxito está ligado a la vida marital o la maternidad/paternidad. Cuestión de filosofías si se quiere. Pero, ¿por qué sucede esto?, ya que no parece que las cosas vayan bien hasta ahora. Hay otras muchas estadísticas que lo señalan.

En una sociedad estigmatizada por los atavismos, adolescentes y jóvenes comprenden las relaciones sentimentales como un reto al sistema, éste representado por sus padres. Padres que ya sabemos, es probable se casaran antes de la madurez mental y sexual, y que este último rubro es un acto de rebeldía y no un derecho/necesidad placentera y lúdica. Tenemos pues una sociedad infantilizada porque las cabezas de familia no tuvieron oportunidad de madurar y heredan todo el tiempo muchas más dudas que certezas. Un ciclo difícil de romper.

Hago hincapié en el asunto del sexo porque la cinta hace un importante énfasis en ello. Dota de todo el poder a Bella Baxter a través del erotismo, y a partir de eso (contrario a lo que los grupos radicales feministas intentan negar) una toma de decisiones abierta y libre al ser una mujer cuya respuesta a los estímulos ambientales (por su natura monstruosa) no está viciada del juicio de los demás. Curiosamente esto deviene en un discurso feminista del director sutilmente tratado.

Ser, conocernos y encontramos no tiene que ver con ignorar a la sociedad. Más bien, entender qué es lo que la sociedad en que vivimos dice de nosotros. Tal vez comprender que no es normal que adolescentes y jóvenes tengan como única meta de vida conquistar una pareja-tener sexo-casarse, mucho menos si eso sucede, como un revolver que se acciona en la oscuridad, entre los 18 y 20 años. De otro modo estamos rodeados de adultos con crisis de la mediana edad que van al gimnasio para dejar en las mazmorras de la conciencia algún matrimonio fallido, síndrome de Burnard, violencia, depresión, ansiedad, estrés crónico, etc. Todo aquellos que enmascaran las espeluznantes modas y la falta de autoconcepto.

Bella Baxter logra su cometido dentro de la cinta porque en el cuerpo de una adulta, logró crecer ajena al qué dirán tan socorrido coloquialmente. Pero eso es solo posible en la fantasía. Misma fantasía que tiene paradójicamente encantadores guiños del cómo se lidia con la sociedad exitosamente. Sirva este texto como una invitación para ir al cine y ver la que, probablemente, sea una de las mejores películas nominadas al Oscar de los últimos tiempos.