Postura desinformada

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El artículo tercero constitucional salvaguarda, en teoría, el derecho a la educación de cualquier ciudadano mexicano; sin embargo, no es secreto que desde siempre, el Estado ha sido incapaz de abrir espacios suficientes para garantizar ese derecho.  Ante la escasez de lugares, la educación particular poco a poco comenzó a tomar un rol protagónico para resolver la necesidad educativa existente.

Con el paso del tiempo, muchas instituciones en todos los niveles educativos lograron consolidar un prestigio, alcanzando altos niveles de calidad educativa, acompañados de una en el servicio que nada le pide a escuelas del primer mundo.

Dicha calidad emana de los estándares que para tal fin cada espacio educativo define, buscando paradigmas precisos, que orientan el compromiso de sus integrantes para garantizar, en la medida de lo posible, que cada miembro asuma las responsabilidades que le corresponden; el directivo, orienta con claridad; el docente, planea y enseña con eficiencia; el alumno, asiste con la convicción de aprender y el padre de familia se compromete a dar seguimiento a su inversión.

Es decir, la educación privada es pilar en la formación de las nuevas generaciones, y ha sido garante para la generación, aplicación y difusión del conocimiento; negar su valía resulta absurdo.

Por estas razones es que, me parece, las declaraciones de la titular del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT),  en el sentido de que la razón para cursar un posgrado en una institución privada es equivalente a una razón no muy distinta a la que explica por qué un niño prefiere comida chatarra peligrosa para la salud a la ingesta de alimentos nutritivos.

 

Esta postura desinformada resulta, no solo equivocada, sino tremendamente ofensiva para esas instituciones particulares que, con su esfuerzo, dedicación y compromiso, se han abierto camino incluso más allá de las fronteras, es grosero para ese padre de familia que, con todo el gusto del mundo, decide invertir en el mayor patrimonio que podemos heredar a nuestros hijos: educación.

Por supuesto que habrá muchas instituciones sin rigor académico y que han hecho de la enseñanza un negocio vulgar; pero la inmensa mayoría decide invertir en el país y genuinamente trabaja todos los días, con o sin pandemia, para cumplir con su función cabalmente.

En efecto, también hay instituciones públicas de altísima calidad, pero una inmensa mayoría, particularmente las sindicalizadas, tienen que ir a contracorriente porque la inercia les tiene inmóviles.

En los espacios privados, si no cumples con tus obligaciones, te vas; en los espacios públicos, no hay poder humano ni sobrenatural que pueda obligarte a hacer más de lo que te toca.  Esto, de facto, es la diferencia más trascendente.

Pero esa postura parece estar generalizada, pues en el imaginario colectivo se tiene la idea de que un docente de institución privada es explotado porque siempre está calificando; ¿no será que más bien, en muchos espacios públicos, ni siquiera se dejan tareas?  Con esa lógica, todo trabajo resultará excesivo, ¿no?

Al final, todo puede ser debatible, pero que desde una autoridad del tamaño de la titular de CONACyT se digan estas barbaridades, francamente espanta.

horroreseducativos@hotmail.com