Pretensiones

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No sé si en realidad lo dijo o sólo lo insinuó, si lo escribió de manera literal o fue parafraseado, pero en su escrito se alcanza a distinguir un patrón ideológico por demás mal planteado y poco sustentado.

Si bien es cierto que los periódicos y las redes se han encargado de satanizar al responsable adjudicándole una declaración, tendríamos que decir un poco a su favor que tiene razón: la lectura es un acto capitalista, pero por otros motivos.

La lectura tiene un sentido más de placer que de obligación. Quienes nos dedicamos a la lectura desde muy jóvenes sabemos perfectamente cuánto es lo que cuesta un libro y los lugares dónde adquirirlo. Sabemos en qué tiempo debemos de juntar las monedas para adquirirlo y lo que debemos cuidarlo por lo mismo, pero ese es el acto capitalista.

Los libros cuestan, y no sólo el valor de compra, sino todo lo que implica producirlo, desde la materia prima, que son los escritores, pasando por todos los insumos básicos de su producción.

La lectura, entonces, no es un acto capitalista más allá del goce que produce el hecho de abrir un libro y leerlo. Acostarse durante horas o sentarse frente a un café, o ir en un autobús público hacia el trabajo o de regreso del mismo. Si el concepto de leer implica un ocio no acorde con la intención de quienes dicen que la lectura es un acto de los capitalistas, entonces tendríamos una contradicción grande entre todos los sistemas políticos.

En Cuba, país que se debate en estos momentos en una encrucijada terrible, durante los años posteriores al triunfo de la revolución se dio un auge de publicaciones literarias y no tanto, a que costos (¿ven la contradicción?) muy accesibles a la población que sobrevivía los primeros años del bloqueo hicieron de los cubanos un emporio literario donde los autores favorables al régimen obtenían ediciones de miles de ejemplares (tendríamos que decir que los materiales de producción no eran los óptimos y esos ejemplares no tenían una duración muy larga), mientras que los opositores tenían que sacar de contrabando sus obras para ser publicadas en el exterior.

Rusia no tuvo el mismo efecto, aunque los autores que se identificaban con el régimen soviético tenían un cierto tipo de canonjías que les permitían salir libremente del país. China, por su parte, tuvo un socialismo mucho más terrorífico y sus Revolución Cultural no fue precisamente eso, sino una purga de intelectuales, sin importar si eran a favor o en contra del Comité Central.

En este sentido,  me declaro fervientemente capitalista por el simple hecho de que compró constantemente libros y leo con fervor consumista, lo que me hace un comprador compulsivo de literatura. Mea culpa.

Coda

La consulta de este domingo pasado fue representativa de un acto democrático fallido. No fue suficiente los dos millones de votos y un poco más que se hicieron en la jornada, pero también demostró una debilidad en la fortaleza del gobierno federal. Por lo que parece ese apoyo que tuvo hace tres años no fue suficiente para esta consulta. Faltaron algo así como 29 millones de votos que no se hicieron de todos aquellos que confiaron en el cambio. Algo sucede en el país, eso es definitivo.