Probidad permanente

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Vivimos en un mundo extravagante, diferente y lleno de contrasentidos; es increíble que haya quienes, ante un hecho trágico como un accidente, una pelea, una catástrofe o algo similar, lejos de ayudar al otro, encuentre placer en grabar para después subirlo a redes sociales. Diría el finado Héctor Suárez, ¿Qué nos pasa?

Desde mi punto de vista es simple, hemos dejado de ser solidarios, de pensar en el otro y de cumplir con nuestras responsabilidades y compromisos; sin esta consciencia es complicado aspirar a una mejor sociedad.

La solidaridad, tan de moda por ahí a finales de los ochenta del siglo pasado, implica un profundo sentido de empatía y cooperación hacia los demás y no se trata sólo de ofrecer ayuda en momentos críticos, sino de integrar la preocupación por el bienestar ajeno en nuestra rutina diaria. 

Pensar en el otro significa tener en cuenta cómo nuestras acciones y decisiones impactan a quienes nos rodean, buscando vivir con consideración y poniendo en práctica un comportamiento altruista y respetuoso.

En el mismo sentido, es urgente cumplir con lo que nos toca hacer, sin ese orden no es posible un adecuado funcionamiento de nuestra comunidad. A ello debemos agregar el ser honestos en nuestras actividades diarias, no nada más para fortalecer la confianza mutua, sino también para fomentar ambientes de trabajo y convivencias más cuidadas.

La honestidad, en este contexto, no se limita a no mentir, sino que también abarca la integridad en todas nuestras acciones; ser responsables en el cumplimiento de tareas, respetar mis horarios, aceptar los plazos y no evadir las obligaciones que asumimos.

No asumir nuestros compromisos pareciera para algunos una solución tentadora a corto plazo, pero a largo plazo, estos actos tienen repercusiones negativas tanto para nosotros mismos como para quienes dependen de nosotros. La evasión de responsabilidades puede deteriorar las relaciones laborales y personales, generando desconfianza y conflictos en el futuro inmediato.

En el mundo moderno, la trampa y el engaño son prácticas que, aunque puedan ofrecer beneficios inmediatos o aparentes ventajas, parecen el pan de todos los días. Muchas personas simulan que hacen o vegetan en sus espacios de interacción, buscando sólo un usufructo económico, que pareciera su motivador principal; faltan a su trabajo con cualquier pretexto, simulan compromiso cuando no lo tienen o simplemente mienten para sobrevivir.

Engañar o hacer trampa puede generar un círculo vicioso de deshonestidad, donde la falta de ética se convierte en una norma, afectando no nada más la reputación individual, sino también el ambiente en el que operamos. La transparencia y la honestidad, por el contrario, construyen un entorno de confianza y respeto, fundamental para el desarrollo personal y comunitario.

Además, actuar con respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás nos brinda una satisfacción personal profunda; esa coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos refuerza nuestra autoestima y nos permite vivir con una mayor tranquilidad y orgullo.

Recuperar el concepto de probidad es urgente; dejémonos de cosas y hagamos lo que se debe, con el tiempo, es la mejor manera de salir adelante.

horroreseducativos@hotmail.com