Qué pequeño el mundo es

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Cuando era niña y antes de que muriera mi abuelo, un antiguo médico militar que creo, nunca vi sonreír, solíamos comer en un restaurante sobre la calle Masaryk contiguo al edificio de la Organizaciones de la Naciones Unidas en México. Y mi madre, ¡vaya que lo recuerda!… siempre cita a la memoria para hablar de su pequeño retoño contándole un sueño algún día trabajaré ahí. Recuerdo que suspiraba y me imaginaba caminando por las calles de Manhattan, hablando varios idiomas, pisando ese halo de territorio internacional que se me antojaba como un pequeño globo terráqueo con rostros de distintos rasgos y colores de piel. Todos tenemos sueños extraños, algunos que hablan de paz y otros que permiten imaginarla.

La ONU, contrario a lo que algunos mandatarios pudieran declarar, ha surgido de los deseos de paz después de un conflicto tan sangriento como lo fue la Segunda Guerra Mundial. Así como no se podía escribir poesía después del reconocimiento de las cámaras de gas en los campos de exterminio, tampoco se podría creer que nada debía hacerse después de la tormenta. Entonces surgió la Organización de las Naciones Unidas como un organismo internacional que velaría por la paz y la seguridad del mundo, convirtiéndose en el lugar del donde las naciones pudieran dialogar, proponer y trabajar a la luz de la cooperación internacional. Sus antecedentes, la Liga de las Naciones, no resultaba prometedora: a pesar de ella, Hitler había invadido Polonia y lo demás, literalmente, era Historia.

Tampoco el pasado reciente resulta tan entusiasta. Las participaciones de los 193 países miembros suelen ser polémicas, tanto en declaraciones como en acciones. Por ejemplo, en la UNESCO, agencia especializada de la ONU para la promoción de la paz y la seguridad internacional a través de la educación, la ciencia y la cultura, ha sido escenario de discusiones y salidas de países por la denominación de ciertos lugares Patrimonio Cultural de la Humanidad que atentan con su propia construcción de la memoria. Pero ¿realmente es un escenario vacío la sede la ONU y sus agencias, donde los oídos son sordos y la polémica una obra de teatro? No siempre, afortunadamente.

La ONU y sus agencias especializadas para la protección de la infancia, la salud, el abasto alimentario, la educación, los derechos de la mujer, el hábitat, los problemas ambientales o la reglamentación del trabajo, comparten información y realizan estudios para la toma y diseño de políticas públicas. Hace años, tuve la oportunidad de platicar con la que fue la directora de la UNESCO México, Nuria Sanz sobre un programa que invitaba a los municipios a realizar un estudio sobre sus indicadores culturales, ello permitía conocer las dolencias de las políticas culturales locales y también las grandes áreas de posible crecimiento. Otro ejemplo, que hoy parece irrisorio, el gobierno mexicano hace tiempo solicitó a una agencia de la ONU pilotear el proceso de logística de la venta del avión presidencial.

Además de la información que permite poner en la arena de la discusión y diseño de agendas focalizadas, la ONU todavía cuenta con un poder de marca que genera confianza o prestigio. El mejor de los casos, la ya citada denominación de Patrimonio de la Humanidad. Si bien este programa posee una ventaja de fondos para la salvaguardia del patrimonio, el turismo cultural se ha visto favorecido en la promoción de destinos patrimonio, revisemos tan solo la lista del caso mexicano: Campeche, Ciudad de México, Morelia, Guanajuato, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Miguel Allende, Tlacotalpan, Xochimilco, Zacatecas, San Luis Potosí, San Juan del Río y Durango. La mayoría de ellos son puntos turísticos por excelencia además de que se encuentran protegidos por leyes y reglamentos que evitan la destrucción de sus edificaciones.

En línea con el discurso mercadológico, sin duda, existen videos y programas que contribuyen a la cohesión social y a la toma de conciencia sobre la diversidad cultural. Sólo recordemos parte de lo que desencadenó la Segunda Guerra Mundial, así como otros conflictos bélicos: la creencia de ser el centro del universo. Es cierto, sus políticas en algunos casos resultan ya fuera de vigencia en los albores del siglo XXI y en plena crisis sanitaria, pero también es cierto que ha asumido retos que otras instancias han dudado o fingido el acto de la ceguera social, como la Agenda 2030 y la campaña para el cuidado del medio ambiente, los modelos locales y la preservación de la fauna y la flora.

Pienso en recientes declaraciones y me pregunto si la Organización de las Naciones Unidas ha vivido aletargada, entonces Morfeo tiene encantado al planeta entero. El problema de conocer el mundo sólo a través de los lentes del discurso propio es la inexistencia de otras miradas que propicien su comprensión.

Ya no soy esa pequeña niña, pero aún, cuando paso por Masaryk o caminando por las calles de Manhattan, sigo recordando aquel sueño. Pienso en la manera en que se construyó en mi corazón, el corazón infantil que creía en la paz: como un bello escaparate de trajes típicos, voces en distintos idiomas y paisajes entre nieve y desierto, con las olas del mar y el murmullo de los bosques; algo así como el juego del parque de diversiones más famoso del mundo que habla de lo pequeño que resulta el mundo, si se le conoce. Y después de viajar, como Julio Verne en el globo de mi imaginación, vuelvo a suspirar, con conocimiento de causa y de deficiencia… y aun suelo decirle a mi madre que, algún día trabajaré ahí.