¿Qué pretendemos?
Educar para la vida significa brindar todas las opciones al sujeto en formación para que, con aprendizajes y experiencias, vaya siendo capaz de formarse un criterio que le oriente de forma tal que sus decisiones sean acertadas.
Esto significa darles la oportunidad de experimentar en carne propia aciertos y errores, no todo tiene que ser perfecto y el error debe ser visto como la oportunidad para crecer, siempre que se presente un cambio de conducta, única manera de constatar que se ha obtenido un aprendizaje.
Pero para que todo fluya de manera adecuada, se debe educar desde el ejemplo, la congruencia y sensatez; cuando pretendemos justificar lo injustificable, los resultados suelen ser adversos y con el tiempo vienen los arrepentimientos y las culpas por no haberse dado cuenta a tiempo de la realidad.
El ser humano tiende a normalizar el caos, y basta un poco de tiempo en la inacción para que todo lo que nos rodea acabe por ser parte del escenario, sin consideración alguna de la pertinencia o no de lo que acontece. En esta lógica, adultos que, por ejemplo, hablan con cuanta majadería se les ocurre, los niños las replican y lejos de poner un alto o procurar modificar la conducta inapropiada, acaban transformado ese seno familiar en una verdadera oda al prosaísmo. ¿Qué resultados esperamos obtener?
Padres de familia que en el discurso se venden como responsables y preocupados, pero que ni siquiera fueron capaces de rescatar su propio matrimonio, convirtiendo su agotada relación en una lucha de poder que lejos de favorecer la salud mental del menor, acaban provocando sentimientos tan contraproducentes que alteran la normalidad de quienes resultan los menos culpables de una diferencia entre dos seres egoístas. ¿Esa es la preocupación que dicen tener?
Y si los conflictos en las relaciones interpersonales no fueran suficientes, tenemos todo el juego en redes sociales que, ante la ventaja del anonimato, por no llamarle cobardía, es caldo de cultivo para cualquier resentido social que utiliza estos medios para sacar a flote toda la frustración acumulada que le carcome el alma permanentemente. Esos espacios para el golpeteo sistemático, y cada vez más frecuentes, son idóneos para quienes hacen de la ignorancia su motivación más grande.
El enojo llega a grado tal que todo aquello que signifique un reto a la autoridad, la que sea, se convierte en estandarte de guerra y abre espacios para sacar la frustración, para externar lo que en público no podemos decir o para desahogar todo aquello que, por la naturaleza de mi contexto, tengo que callar.
horroreseducativos@hotmail.com

