Recuerdos en cartón

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Una de mis aventuras, más… digamos… para no utilizar palabras de origen anglosajón… de ratón de biblioteca, fue una travesía que pasó de un libro a una ruta mágica cuyo meta era el ombligo de la luna. Hace muchos años, estudiando la preparatoria, llegó a mis manos uno de mis textos favoritos, Amor y Conquista de Marisol Martín del Campo. Me había llamado la atención por su portada y esas frases que llegan al corazón de un bibliófilo, en pleno plan, sí, de conquista: La novela de Malinalli, mal llamada la Malinche. Desde entonces sentía un desdén por los personajes femeninos en la historia y su voz escapada en un relato contado por hombres.

Pues bien, el libro, efectivamente, narraba la vida de Doña Marina, la famosa Malinche que ha pasado a la historia escrita con la severidad de un juez inmaculado, como la gran traidora de México al ser la traductora y amante del despiadado conquistador Hernán Cortés. Y si de por sí esta descripción ya parece un buen argumento para crear una historia dramática, lo cierto es que la novela en cuestión, con los permisos propios del género, planteaba una narrativa más humana de lo que debió pasar hace medio milenio.

Ciertamente, la propuesta de Amor y Conquista logró hacer eco en una adolescente que viajaría a través de las palabras, a lo que años más adelante, esa misma joven identificaría con la rigurosidad académica de la Ruta de Cortés. Tal fue el poder de aquella lectura que logré convencer a mi padre para hacer un viaje similar al trayecto del conquistador. Fue así como visitamos el Puerto de Veracruz, La Antigua, Cempoala y posteriormente, en otra aventura histórica, la gran Ciudad de México con las ruinas de su Templo Mayor y el recuerdo de la caída de un imperio, el 13 de agosto de 1521. Aquel ejercicio, además de estrechar los lazos familiares, me permitió vivir la historia con otro matiz, lejos de las páginas que tanto me gustaban, pero cerca de lugares donde el pasado cobraba sentido si se le nombraba.

Concibo la Conquista, sí, como un hecho sangriento –sin lugar a duda–, pero  también como una gran moraleja y, a veces coqueteo con el pensamiento de profecía, sobre visiones que persiguen a lo que hoy es el pueblo mexicano. Quizás ello haya sido marcado por un libro obligatorio para estudiar el tema: La visión de los vencidos del incomparable Miguel León-Portilla, quien justo plantea cómo se vivió la conquista desde la perspectiva de los perdedores y de donde configuré los primeros acercamientos al análisis historiográfico de las fuentes o en palabras menos doctas, al rostro de las voces que cuentan una historia. Esto fue complementado con la lectura de las cartas de relación o la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, que como bien dijera mi maestra de Historia en la Facultad de Ciencias Políticas, debe leerse tomando en cuenta la edad de la persona que lo escribió cuando lo redactó, las circunstancias y los afanes personales. Después de sentar en la mesa las versiones, visiones y apegos, entendí que la división que el mismo imperio había provocado con sus alianzas y enemigos; los propios temores del pueblo mexica; la tecnología de guerra y el efecto exterminador de una epidemia, hablan de los múltiples factores que llevan a una derrota o una victoria.

Por ejemplo, Malinalli, la mujer con la que empecé este relato. Todo indica que fue vendida en el sur de México, por lo que su lengua natal era el náhuatl. Después fue regalada a Cortés y fue gracias a un juego de diplomacia y traducción, pero, sobre todo, a la destreza de esta criticada mujer, que Cortés pudo comunicarse en una tierra extraña, y nada más y nada menos que con el emperador supremo de lo que hoy es el centro y sur de México. Para ser villana no tuvo mucha opción en su destino, al ser un regalo. Más bien, dio la vuelta a las circunstancias con su talento. Otro caso, los tlaxcaltecas: su alianza con los enemigos de sus enemigos suena una estrategia de guerra más que de traición. No dudo que los mexicas se hubieran aliado con el enemigo de los tlaxcaltecas, puesto que su imperio había surgido justo gracias a eso: a las alianzas.

Hablar de la Conquista, nunca ha sido un tema fácil en México. Octavio Paz nos presenta un laberinto que si leemos con sutiliza y ojo crítico –en las tantas veces que nos topamos durante nuestra vida estudiantil con su obra– conforma una serie de caminos cruzados en los que el mexicano, definido como un arquetipo, no termina por aceptar el carácter profundamente humano de la Historia y sus historias.

Con todo esto, me quedo con la visita a un mercado. Sí, me llevo a Malinalli, a Cortés, a Cuauhtémoc y a los primeros mexicanos que, sin saberlo, ya no eran mexicas ni tampoco españoles, sino algo extraño que tardaría siglos en ser nombrarlo, al escenario de la esencia de sus pasos en el tiempo. Tortillas, aguacate, pollo, carnitas, jitomate, limón, arroz, cacahuate, leche y queso… palomitas de maíz para los pequeños… ecos en castellano con palabras en náhuatl. Ropa moderna con un colorido que, de verdad, ni Obama tiene… y esa picardía que sólo puede encontrarse en una tierra como México.

No podemos cambiar la Historia, a menos que seamos escritores de novelas o el Presidente de México y su esposa; pero podemos conocerla, quitarle las etiquetas, y aprender de ella. No por el temor de repetirla, sino con el deseo de que en vez de cartón, nuestro presente sea algo mejor. Nunca sabremos que habría pasado si los mexicas hubieran ganado a los españoles y otros grupos indígenas que los apoyaban. Pero sí sabemos lo que somos y valdría la pena entender, lo que hacemos para ser en el futuro. Y no hablo de reconstrucciones populistas, sino de la entereza para salir de una vez y por todas, del verdadero laberinto de nuestra soledad.