Relatos 1
-La inocencia en un semáforo-
Su rostro, enigmático; por un lado, era todo ternura, como un polluelo que da sus primeros pasos en la vida; por otro lado, era como si el látigo despiadado del destino, lo obligara a madurar el fruto sagrado de su inocencia, antes de tiempo.
De piel canela por genética y tostada por los rayos del sol, con ojos como dos brillantes negros que asemejaban dos pozos de agua, profundos y repletos por las lágrimas retenidas. Ojos inquietos que destellaban misteriosas incógnitas que el camino le presentaba en la fragilidad de su corta edad.
De cabello ébano y lacio, como filamentos de la noche cubriendo toda su frente, tan delgado como un espagueti con extremidades. No llegaba a los cinco años de edad.
Yo, por mi parte, iba en mi auto con la ventanilla a la mitad para que el aire me refrescara un poco, camino del supermercado a realizar algunas compras. Vestida de forma casual, el cabello recogido, mi actitud positiva y la sonrisa que siempre me acompaña, puesta.
Eran alrededor de las 11:30 de la mañana, con un calor asfixiante, donde el paisaje de ese momento mostraba una parte de la peligrosa avenida, junto con el semáforo que regulaba el tránsito en la intersección con las sorpresas. Autos en movimiento, el claxon de los vehículos que me aturdía, como una orquesta desafinada a todo volumen, acompañada del ruido de las motocicletas y un aroma a caucho y asfalto. Un cuadro, en su conjunto, tan irritante como el calor asfixiante de aquel instante.
De pronto, el reloj de la vida, cruzó nuestras miradas por unos segundos, lo suficiente para quedar impactada por su precioso rostro demacrado, lleno de inocencia y marcado por la injusticia de quién sabe cuántas privaciones y vejaciones. Y en sus ojos, reflejos de tierra árida, esperando ser regada con las monedas de unas manos generosas, un ruego, una súplica, desde esa humildad que transmite el que se siente perdido y pide un poco de agua para poder seguir su camino.
Estaba el semáforo en rojo, señal de que debía detenerme, en la peligrosa avenida donde tuvo lugar mi encuentro con aquellos ojos que imploraban ayuda. La incertidumbre, en forma de congoja, y el dolor que me produjo aquel rostro demacrado, de ojos anegados, de súplicas y ruegos, me embargaron la sonrisa y mi actitud positiva.
En cuanto vi que se acercaba a mí, como un céfiro delicado, adiviné sus intenciones, metí mi mano al monedero y saqué las monedas que traía. A través de la ventanilla, estiré mi mano para dárselas, que, aunque no eran muchas, su rostro de incógnita y almíbar, junto con su mirada de esperanza y de futuro incierto, se transformaron en certeza y alegría. Fue como ver salir el sol en medio de la noche más oscura. Con una voz de jilguero entusiasmado, me agradeció y me bendijo. Al tiempo que yo, al igual que el semáforo, hacía un alto total en mi vida, para pensar en la vida de él.
El semáforo se puso en amarillo, y yo, aún emocionada y con la voz entrecortada, también lo bendije. Ambos nos preveníamos con mucha precaución para seguir cada quien su camino.
El semáforo cambió a verde, indicando la vía libre para el viajero, signo de que debía continuar mi travesía por los vericuetos de la vida y, tristemente, dejarlo a él que siguiera con la suya.
Seguí mi camino con la mochila llena de incógnitas…
¿Qué hacía tan preciosa e inocente criatura, con su valiosa vida en medio del peligro que representan los autos, que, como fieras rodantes y embravecidas, salían de todos lados?
¿Dónde estarán sus padres? ¿Qué futuro le espera?
Todas esas preguntas me inquietaban. Con el pensamiento le deseé lo mejor, pero convencida de que nada de aquello era suficiente.
Continúe con una carga de impotencia y de coraje, junto con la esperanza de que el semáforo de su existencia le marcara un alto a su vida de carencias y de injusticias. Que la luz verde le mostrara el camino hacia los sueños realizados, y la amarilla fuera como el nacimiento de un futuro pleno de sol. Aunque ya sabía lo insuficiente de las monedas que le di y que él me agradeció.
La luz roja de aquel semáforo fue como una voz que despertó mi conciencia dormida al mostrarme la crudeza de la vida en la miserable injusticia que golpeaba aquel ser desvalido, de ojos anegados y su cuerpecito tan falto de todo.
Mientras seguía mi camino, no pude evitar mirar hacia atrás, donde se encontraba el semáforo que había marcado un alto para reflexionar en la vida. Allí estaba él, alejándose, con una sonrisa en su rostro y una luz mágica en sus ojos que me hizo sentir, por momentos, una chispa de esperanza. Supe, a mi pesar, que, aunque no podía cambiar su destino, al menos había contribuido a hacer un alto en su camino, provocándole una sonrisa.
Todos esos momentos vividos, fueron como un alto en mi camino. Aquel semáforo en rojo hizo posible el encuentro con aquellos ojitos que nunca olvidaré. Porque me hizo comprender que, en la vida, cuando estás ante esa luz roja que te obliga a parar, no se puede despreciar a quien se te acerca pidiendo un poco de agua, un poco de pan, o unas pocas monedas que le ponga algo de esperanza a su vida.
