RETRATO DE UN SILENCIO
Escribir sobre ti es escribir sobre el misterio de la fragilidad humana. Tu figura se impone en cada recuerdo: la voz que dicta, la mirada que ordena, la presencia que exige. Sin embargo, detrás de esa fuerza aparente, siempre hubo un vacío que se insinuaba en tus gestos, un temblor que nunca quisiste reconocer.
La fragilidad, cuando no se acepta, se convierte en un fantasma que gobierna la vida cotidiana. No necesita diagnóstico para hacerse sentir, basta con observar cómo se repite la misma escena, cómo se construye un mundo donde todo gira alrededor de una sola voluntad. Tú levantaste ese escenario con precisión, colocando cada detalle para que nadie pudiera cuestionar tu papel central. Y en ese teatro, yo, quedaba reducida a sombras, a un personaje secundario cuya función era sostener tu relato.
La filosofía nos recuerda que la verdad no siempre se revela en lo evidente, sino en lo que se oculta. En tu caso, la verdad estaba en esa insistencia de ser el centro, en esa incapacidad de aceptar límites y culpas.
Era como si tu identidad dependiera de la mirada ajena, como si tu existencia necesitara, constantemente, ser confirmada por los demás. Y sin embargo, esa necesidad no era fuerza, sino síntoma.
Comprenderlo me llevó años. Al principio, tus palabras eran heridas que no cicatrizaban, tus gestos eran muros que me dejaban fuera. Pero con el tiempo entendí que tu dureza no era elección consciente, sino consecuencia de un dolor más profundo.
Que tu exigencia no era poder, sino miedo. Que tu aparente grandeza era, en realidad, un disfraz para ocultar la fragilidad.
La convivencia contigo fue una escuela de silencios, de comprensiones y amores a chispazos. Aprendí a medir cada gesto, o al menos lo intentaba, a calcular cada palabra, para no desatar tu tormenta. Y aún así, la tormenta siempre volvía, siempre yo era la responsable.Vivir a tu lado fue como andar sobre cristales, cualquier movimiento podía romper la calma aparente.
Pero también aprendí a leer entre líneas, a reconocer que detrás de tu rabia había amor, detrás de tu exigencia había miedo, detrás de tu orgullo había fragilidad.
Ese aprendizaje me dio una doble mirada, la del daño y la de la comprensión. Porque sí, hubo heridas, hubo días en que me sentí invisible, otros en que me sentí culpable y principal responsable de tu tristeza. Hubo momentos en que quise huir, y otros en que quise quedarme para cuidarte. Pero al final entendí que tu fragilidad no era mi responsabilidad, que tu dolor no era mi carga. Y desde esa conciencia, pude mirarte con compasión.
La compasión no borra el pasado, pero lo resignifica. Permite ver que detrás de cada gesto de dureza había una lucha interna, que detrás de cada palabra hiriente había un vacío que no sabías llenar. Comprender no significa justificar, pero sí reconocer que no pudiste ser otra.
Hoy te regalo estas líneas para decirte que te entiendo. Que sé que tu manera de ser no es elección consciente, sino consecuencia de algo más profundo. Que tu incapacidad de reconocerlo no borra la verdad de que estás atrapada en una fragilidad que te gobierna, aunque lo disfraces de grandeza y seguridad en ti misma.
Te abrazo desde la distancia, con un amor que aprendió a protegerse. Te agradezco todo y te perdono, porque sé que no pudiste ser distinta. Y te nombro, al fin, desde el lugar que me corresponde: Soy tu hija, y desde ahí elijo amarte y comprenderte, aunque tus gestos nunca supieron acompañar mis silencios.
–Para Narcisa, mi madre–
Anónimo

