Romper la tautología, Wittgenstein, la guerra y la melodía de los imprescindibles
Esta semana, en el seminario de Filosofía Contemporánea, nos estrellamos contra un muro de cristal. Leíamos a Hanne Appelqvist intentando descifrar el enigma más incómodo del Tractatus Logico-Philosophicus: ¿cómo es posible que el padre de la filosofía analítica, el tasador del lenguaje y la lógica, termine sentenciando que Ética y estética son una y la misma cosa (6.421) y que la solución al problema de la vida reside en «la desaparición de ese problema» (6.521)?
Pero en clase, mientras el profesor detallaba la influencia de Kant y Schopenhauer, yo no podía dejar de pensar, en las noticias de guerras que acontecen en tiempo real, y tuve una sensación, yo que soy medio bestia, dejé se apoderase de mi, claro, entonces caí en la cuenta de algo un poco extraño, quienes conocen el mundo de la academia, tal vez lo sientan hasta forzado. Y es que el Tractatus no es un tratado de lógica pura (es por esto que Russell y el círculo de Viena calificaron a Wittgenstein de místico al regresar de la guerra) es un manual de supervivencia escrito en la barroca de la Primera Guerra Mundia, Appelqvist tiene el mérito de tender un puente kantiano para salvar la aparente contradicción del libro, pero su análisis, impecable en lo académico, peca de asepsia histórica, y no menciona que Wittgenstein escribió los aforismos más místicos del Tractatus entre 1914 y 1916, no en la quietud de un despacho oxfordiano, sino en el fango de las trincheras del frente ruso-italiano, rodeado de cadáveres, hambruna y la absoluta impotencia del soldado de infantería.
Es decir, cuando el joven Ludwig Wittgenstein regresó del frente, no traía consigo un tratado de lógica matemática (además) traía las costillas rotas, una condecoración al valor, y un manuscrito escrito en las trincheras que terminaría con una sentencia que parece un susurro De lo que no se puede hablar, mejor callar, pero ese silencio, como hoy sabemos, no era resignación nada más, porque era el grito ahogado de un soldado que había visto el mundo despedazarse y comprendió que el lenguaje de los hechos (el lenguaje de la ciencia, de los partes de guerra, de las estadísticas de bajas) es un lenguaje que dice pero no muestra. Que describe la metralla pero no el horror, que cuenta los muertos pero no la forma en que un cadáver deja de ser un hecho para convertirse en una herida en la conciencia de quien lo mira.
Estoy segura de que alguna vez han leído o escuchado sobre Ludwing Wittgenstein y como no, del Tractatus, en este texto, él creyó durante un tiempo que el mundo era una totalidad de hechos contingentes, y que la ética, la estética y el sentido de la vida estaban fuera de ese mundo, en un reino inefable que solo podía mostrarse a través de una mirada. Esa mirada, la que él nombró por herencia de Spinoza sub specie aeternitatis, era la única salida para un alma atrapada en el infierno de la contingencia. Pero esa mirada era también, y no nos engañemos, una mirada solipsista, el Wittgenstein de 1916 escribió: ¿Puede haber alguna ética si no hay ningún ser viviente excepto yo mismo? Si se supone que la ética es algo
fundamental, entonces sí.» (NB 79). Esa frase, que la profesora Hanne Appelqvist (el artículo que busca integrar a wittgenstein en la filosofía kantiana) recupera en su brillante lectura kantiana del Tractatus, es la confesión de un hombre que ha perdido el mundo. Que ya no cree en la comunidad, que solo confía en el «ojo metafísico» que, como el ojo en el campo visual, no puede verse a sí mismo pero puede, en su soledad, cambiar la forma de todo lo que mira.
Acto I: El primer Wittgenstein, el soldado y el místico
El Tractatus es, en su núcleo, un libro escrito por un hombre que ha renunciado a la voluntad, Aunque todo lo que deseamos ocurriera, esto sería solo un favor del destino, por así decirlo: porque no hay ninguna conexión lógica entre la voluntad y el mundo que lo garantice (6.374). Esa es la voz de un soldado que ha visto cómo los mejores planes de sus generales se estrellaban contra el barro, la nieve y la metralla alemana. La voluntad no sirve para cambiar el mundo; solo sirve para verlo de otra manera. El bien, entonces, no es una acción que transforma la realidad, sino una perspectiva que la acepta. *»La buena vida es el mundo visto sub specie aeternitatis» (NB 83). En esa visión, la estufa que contemplas se convierte en tu mundo entero; el paisaje de la guerra, en una obra de arte trágica que debes mirar con un ojo feliz (NB 86).
Pero esa ética de la renuncia, ese casi estoicismo de trinchera, tiene un problema, porque es una ética para supervivientes, como una ética del que ya no puede cambiar nada y decide, para no volverse loco, amar su destino. Es una ética profundamente conservadora, porque no exige transformar el mundo, solo contemplarlo. ¿Y qué hace uno con una ética que le dice que la renuncia a la voluntad es el único bien? La respuesta, me temo, es que el primer Wittgenstein es inútil para la praxis. Su sujeto metafísico es un monje en su celda.
¿Qué tiene que ver esto políticamente? Habrán notado este fetiche de pensar en términos de política siempre, pero considero que el mundo contemporáneo lo amerita. Y qué mejor que usar filosofía, con esto.
Para entender el «hilo de Ariadna» que conecta a Wittgenstein conla política y el tecnopoder, hay que partir de su metáfora más famosa: el ojo y el campo visual (5.633). El ojo ve el mundo, pero no puede verse a sí mismo dentro de ese mundo, es el límite. De la misma manera, el sujeto metafísico (el yo ético, la voluntad) es el límite del mundo, no un objeto dentro de él. Entonces, ¿Qué significa esto políticamente? Que el lenguaje, tal como lo concibe el primer Wittgenstein, es un mapa de hechos, el lenguaje puede dibujar la geografía de un pueblo, contar los muertos, registrar los bombardeos. Puede decir la masacre, pero no puede decir el mal de la masacre. Para Wittgenstein, el valor, el Bien y el Mal, están fuera del mundo de los hechos (6.41). Son trascendentales, es decir si dices matar niños es
malo, estás diciendo un sinsentido lógico, porque no hay un hecho atómico llamado maldad. Aquí es donde Appelqvist, con su lente kantiana, intenta salvar los muebles. Dice que la ética es una perspectiva, que el mundo del feliz es diferente del mundo del infeliz, aunque los hechos sean los mismos (6.43). La buena vida es ver el mundo como una obra de arte, aceptar el destino y renunciar a la voluntad de cambiarlo.
¡Pero eso es exactamente la ideología del vencedor! Es la ética del colonizador que le dice al colonizado: Acepta tu destino, míralo desde la eternidad, renuncia a tu voluntad. Es la voz del capellán militar que consuela al soldado antes de la batalla, esta ética de la resignación, nacida del horror de la Primera Guerra Mundial, es comprensible como psicología de supervivencia, pero es inservible como arma de liberación.
Acto II. La guerra como cesura, el momento en que el ojo se rompe
Pero hay una segunda guerra en la vida de Wittgenstein, y esa guerra es la que no quiso ver durante demasiado tiempo. Me refiero, claro está, a la Segunda Guerra Mundial, y al hecho de que Wittgenstein, siendo judío, trabajó como enfermero en un hospital de Londres mientras sus familiares eran asesinados en los campos. Su biógrafo Ray Monk cuenta que Wittgenstein apenas habló de ello. Pero algo cambió profundamente. El segundo Wittgenstein, el de las Investigaciones Filosóficas, ya no habla del «sujeto metafísico» ni del límite del mundo. Habla de juegos de lenguaje, de formas de vida, de prácticas compartidas, de acuerdos comunitarios. De repente, el mundo ya no es un campo visual que un ojo solitario contempla; el mundo es un entramado de acciones y palabras que solo tienen sentido en una comunidad. El segundo Wittgenstein abandonó el solipsismo porque entendió que el significado no es privado. Que no hay un «mostrar» interior sin un decir público, que la ética no puede ser un destello místico en la conciencia de un sujeto trascendental; tiene que ser una práctica encarnada en un nosotros. Cuando Wittgenstein escribe en Sobre la certeza que nuestras certezas básicas (como esto es una mano o el mundo existe) no son proposiciones que podamos demostrar, sino actitudes incorporadas en acciones, está dando un giro de 180 grados, la certeza ya no es un límite lógico, es un habitus, una segunda naturaleza que se adquiere en la comunidad.
El tecnopoder y el silencio que dice pero no muestra
Y sin embargo, vivimos, queridas lectoras y lectores, en el mundo del Tractatus. El mundo de los hechos. Las pantallas de nuestros teléfonos nos muestran, 24/7, una catarata de hechos, 40.000 muertos en Gaza, 2 millones de desplazados, hospitales bombardeados, niños con hambre. Son hechos, y hechos verificables, documentados por la ONU, por Amnistía Internacional, por la Corte Internacional de
Justicia, que ya ha calificado la conducta de Israel como plausiblemente genocida. Son hechos. Pero el lenguaje de los hechos, como bien sabía Wittgenstein, no tiene valor, porque los hechos, por más atroces que sean, son contingentes. Pueden ser negados, relativizados, enterrados bajo un alud de otros hechos (el ataque de Hamás del 7 de octubre, los cohetes, los rehenes). Los hechos se convierten en un campo de batalla de la desinformación, y el tecnopoder se encarga de que los hechos no signifiquen nada, que sean ruido, que la imagen de un niño muerto compita en tu feed con un video de un gatito y un tuit de Elon Musk.
El tecnopoder no necesita censurar los hechos; le basta con saturarlos, con hacer que el horror sea un dato más, y que el dato, por su propia abundancia, pierda su capacidad de mostrar lo que realmente importa. Porque, como enseñó el primer Wittgenstein, hay algo que los hechos no pueden decir, y eso es la perspectiva desde la que se miran. Cuando Israel bombardea un campo de refugiados y los medios occidentales hablan de conflicto, operación antiterrorista o daños colaterales, están operando en el nivel de los hechos. Pero están silenciando la mirada, están impidiendo que veamos esos hechos sub specie aeternitatis, es decir, como parte de una totalidad histórica, el colonialismo de asentamiento, el apartheid, la limpieza étnica que lleva décadas expulsando a un pueblo de su tierra. El silencio cómplice de Occidente no es un silencio vacío, es el silencio que el primer Wittgenstein recomendaba para lo inefable. Pero con una diferencia abismal, porque ellos no callan por respeto místico, callan por cobardía política, por intereses económicos. Están aplicando una versión perversa de la máxima wittgensteiniana, de lo que no se puede hablar, mejor callar.
La lección de Wittgenstein parael siglo XXI
El primer Wittgenstein nos enseñó que el mundo de los hechos no contiene valor, y que la verdadera transformación tiene que ocurrir en el sujeto. Pero se equivocó en una cosa, y es que esa transformación no es individual, la mirada feliz no es una decisión privada; es el resultado de un nosotros que construye sentido compartido. El segundo Wittgenstein, el que había visto demasiadas guerras, supo que el lenguaje es una herramienta de lucha, no un límite. Y que el silencio, si no es militante, es cómplice.
Hoy, mientras el genocidio en Gaza, la lucha eterna en Sudán, el poder sediento se apodera de Sudamérica mientras rinden pleitesía a Estados Unidos e Israel, se desarrolla en vivo y en directo ante nuestros ojos, el tecnopoder intenta seducirnos con el espejismo de los hechos. Nos dice: mira las imágenes, lee las cifras, pero no actúes; solo contempla. Nos invita a ser el ojo metafísico que todo lo ve y nada cambia, pero nosotros, los que creemos que la historia la escriben los pueblos y no los algoritmos, tenemos que responder con el gesto del segundo Wittgenstein, tomar el lenguaje, romper sus límites, y construir una nueva forma de vida donde el grito
de quienes mueren no sea un hecho más, sino el fundamento de una nueva moral, una moral que no se calla. Una moral que, como el soldado que volvió de la guerra y reescribió toda su filosofía, entiende que el mundo no se cambia mirándolo desde fuera, sino actuando dentro de él.
De lo que no se puede hablar, hay que hablar. Hay que gritarlo. Hay que vivirlo. Esa es la única ética posible después de Auschwitz, después de Gaza, después de todas las guerras que hemos visto y las que vendrán. No hay sujeto metafísico que valga, el único sujeto que existe es el sujeto colectivo, el pueblo, la clase, la humanidad que se niega a mirar hacia otro lado. Esa es la lección que Wittgenstein nos dejó, aunque él mismo tardó una vida en aprenderla.
Coda
Este texto no pretende ser una exégesis académica. Wittgenstein nos legó dos herramientas: el asombro ante el límite (primer Wittgenstein) y la acción en la comunidad (segundo Wittgenstein). Hoy, cuando el límite es un muro de 9 metros en Cisjordania y la comunidad es una aldea palestina siendo arrasada, no hay duda de qué herramienta usar.
El verdadero giro copernicano del segundo Wittgenstein no fue solo un cambio de método, fue un reconocimiento materialista del lenguaje. Al abandonar la teoría pictórica y abrazar la noción de juegos de lenguaje anclados en formas de vida, Witt nos entregó sin saberlo el martillo teórico para desmontar el tecnopoder actual. ¿Por qué? Porque si el significado es uso, y el uso es una práctica pública compartida, entonces el lenguaje no es un espejo pasivo de la realidad, sino una herramienta activa para construir realidades alternativas.
Por eso, hoy, en esta columna que nace de un texto de clase y se proyecta hacia la urgencia del presente, reivindico la lección más profunda que podemos extraer de Wittgenstein contra sí mismo, el límite de mi lenguaje no es el límite de mi mundo, porque mi lenguaje no es solo mío. No busquemos la solución al problema de la vida en su desaparición mística (6.521), sino en su transformación dialéctica colectiva. Porque el problema del genocidio, de la opresión y de la desigualdad no desaparece mirando hacia otro lado; desaparece cuando la voluntad popular, armada de una gramática de la dignidad, lo aniquila en el terreno de la historia. Los pueblos vencerán. Nuestra sudamérica, Palestina, El Congo, Sudán. Y no porque sea un destino escrito en la eternidad, sino porque es una lucha escrita en la carne viva de la humanidad, y porque la humanidad, cuando se reconoce en el espejo del otro, descubre que su límite no es el lenguaje, sino la solidaridad sin fronteras.
Sintonía
Esta semana suenan dos canciones:
An die Nachgeborenen (A los que nacieron después), con música de Hanns Eisler sobre el poema homónimo de Bertolt Brecht. No, no pongo a Wagner, el viejo genio de Bayreuth es la música del solipsismo del poder, la misma que Nietzsche execró por su decadencia y que el propio Wittgenstein despreció por su teatralidad. Ante el horror y el silencio cómplice del tecnopoder, necesitamos una música que no busque el éxtasis, sino la organización.
Eisler y Wittgenstein compartieron no solo ciudad, sino también editor musical. La editorial Universal Edition en Viena publicó tanto las primeras partituras de Eisler como las reflexiones de Wittgenstein sobre música (aunque Witt no publicó música, sí comentó extensamente sobre la interpretación pianística). Y, aunque no hay registro de un encuentro cara a cara, es imposible que no respiraran el mismo aire de crisis y renovación. Además, Eisler escribió un famoso ensayo titulado Música y Política donde ataca directamente la noción de «arte puro» (el sueño del primer Wittgenstein). Eisler dice: La música que no sirve para nada, sirve al poder que quiere que no sirva para nada.
Sueño con serpientes – Silvio Rodríguez
Y entonces, desde el otro lado del Atlántico, desde la isla que sobrevivió al bloqueo, llega Silvio Rodríguez con Sueño con serpientes».
Que la música de Eisler nos mantenga despiertos ante el peligro. Que la música de Silvio nos acompañe en la vigilia. Y que, cuando el sueño termine y el alba llegue, los imprescindibles estén allí para recoger los escombros y sembrar la vida nueva.
La canción abre con una cita que es, quizá, la más bella definición del sujeto colectivo que he buscado en esta columna:
Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida:
esos son los imprescindibles.

