RUTA DE LOS CONVENTOS

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Los conventos del Valle de Toluca no son cosa menor. Eso nos enseña en un solo artículo la Cronista de Toluca, cita a fray Antonio de Ciudad Real: Después de haber comido el padre comisario allí en Toluca descansó hasta tarde, que partió de aquel pueblo y convento y fue a dormir a otro llamado Zinacantepec, una legua más delante de camino llano. Estaban los frailes y los indios muy descuidados, no pensando que llegaran tan presto, y así los unos y los otros quedaron corridos por no haber solemnizado su llegada. Los indios de aquella guardianía son otomíes, a excepto unos pocos mexicanos que hay entre ellos, y todos caen en el mismo arzobispado de México. El convento es uno de los cuatro del valle de Toluca, no estaba acabado, pero va bien hecho y lleva buen edificio, residen de ordinario en él dos religiosos.

 

Conventos regados de manera inteligente comenzando en la Villa de Toluca con el Franciscano, el Carmelita y, después con el tiempo el de la Merced y, por último, el de Tecajic hacia el occidente de la Villa; yendo por el territorio del Valle de Toluca, hacia Zinacantepec, Calimaya, Metepec o San Mateo, en estudio e investigación que no debe dejar atrás capillas-cementerios, que se extienden por la superficie que conocemos desde épocas inmemoriales, mezcladas con zonas arqueológicas —la mayoría sepultadas por el tiempo y la inquina española— en el multicitado Valle de Toluca.

Estudios de nuestro territorio de origen debe hacernos pensar en la diversidad histórica del Valle de México. Estudios e investigaciones llevan más al predominio de la cultura indígena náhuatl, con todo su potencial de guerra y dominio sobre sus vecinos: los aztecas, cuya odiada presencia ha de ocasionar la alianza que Hernán Cortés logra forjar para destruir al poderoso enemigo en el centro del país cuya sede es Tenochtitlan. Dos historias que debemos estudiar: Valle de Toluca con presencia indígena que dan prueba de su existencia por restos arqueológicos que ya era necesario descubrir con más denuedo: en el fin de saber nuestras raíces, que han de dar mayor prestancia a nuestra identidad que viene de cientos y cientos de años. Ciertamente, que no comienza el tiempo del Valle de Toluca, ni de lo que es hoy capital mexiquense, con la llegada de los españoles.

Por eso es interesante la lectura del religioso franciscano fray Antonio de Ciudad Real, mismo que escribe en cita de Margarita: Los otros dos conventos del Valle de Toluca sobredicho, son el de Calimaya y el de Metepec. El de Metepec es pequeño y antiguo y está acabado, con su claustro alto y bajo, dormitorios, iglesia y huerta, en la cual se dan muchos y muy buenos duraznos y otras frutas, y de casi todas las hortalizas y legumbres de Castilla. Riégase todo con un poco de agua que viene de una Fontecilla de allí cerca. Está aquel pueblo fundado en el valle sobredicho, muy cerca de un cerro llamado Metepec, que quiere decir cerro de magueyes, y de allí se toma el nombre, moran en el convento de ordinario dos religiosos, los niños que tienen a su cargo, unos son matlatzincas, otros mazahuas y otros mexicanos y otros otomíes, aunque pocos, todos caen en el arzobispado de México.

La ruta de los conventos en el Valle de Toluca, de esta sabiduría es que debemos tomar nota, pues en las palabras de Margarita García Luna hay el mensaje de ternura y apego a las cosas buenas que se hicieron durante la colonia, no sólo por españoles venidos de la península Ibérica, sino por y con la mano de obra de indígenas que siendo campesinos al paso del tiempo pusieron lo mejor de sus fuerzas materiales y espirituales para crear obras de arte en iglesias y conventos, en retablos y altares, en esculturas y figuras hechas en diversos materiales para dar lección al mundo, que en el país que con el tiempo se ha de llamar México, existía el alto valor de artistas de todo tipo para fundar la nueva cultura que conocemos. De ello habla en otras palabras la Cronista de Toluca al explicarnos o contarnos en sus artículos tan apreciados publicados en El Sol de Toluca, semana tras semana, para darnos lección de sabiduría y consejo de aquello que no se debe destruir.

Es tiempo de atender los estudios de Margarita, de seguir la huella de aquello que a fines del siglo XVI era presencia sólida de una nueva religión que convivía con las que culturas ancestrales mantenían cual mezcla de una empatía por el bien, antes que por el mal. A la voracidad de los encomenderos se ha de oponer la creación de buenos españoles, venidos sobre todo de la buena religiosidad, y de quienes desde sus culturas ancestrales sabían que era posible convivir. Cita fray Antonio:

 

Calimaya está a dos leguas de Metepec, en el mismo valle, más apartado de Toluca. El convento es viejo y pequeño como el de Metepec, residen en él dos religiosos; los indios del pueblo y de los demás de la guardianía son como los de Metepec y caen asimismo en el arzobispado de México. Cerca de aquel convento está una sierra muy alta, y en la cumbre de ella hay dos lagunas muy grandes y muy hondas, no poco apartadas la una de la otra; en la una de ellas, considerando los indios de aquella comarca en su infidelidad alguna deidad por verla en tal sitio, echaban dentro en el agua por sacrificio mucho copal, que es incienso de aquella tierra, y aun el día de hoy dicen que se saca de ella mucho de esto”. Si restos existen por doquier de nuestras culturas prehispánicas. Basta con leer con detenimiento lo que cada mes aporta la Revista Arqueología Mexicana para comprender lo mucho que debemos investigar y estudiar para entender nuestro rico pasado.

Las citas de los Conventos en el Valle de Toluca no van atrás la cita de los datos que para fines del siglo XVI hace fray Antonio en la riqueza del patrimonio natural que les deslumbra y maravilla, cito: Hay también allí cerca otra tierra muy alta, que tiene en su cumbre nieve lo más del año; llamábase la Sierra Nevada de Toluca o Calimaya. Hácese en este lugar mención de estos dos conventos, Metepec y Calimaya, juntamente con el de Toluca y Zinacantepec, y pasado un riachuelo y algunos arroyos y un poblezuelo de indios otomíes, y muchas cuestas y algunas barrancas y dos estancias de ganado mayor, y pasado finalmente otro riachuelo y habiendo andado un rato perdido por otras barranquillas y ciénegas secas y por entre unos lagos y muy espesos pinares pasadas unas sabanas y dehesas llenas de agua, llegó a una mala y pestinencial barranca, llamada de Malacatepec, bajóla con grandísimo trabajo porque es muy larga y penosa y se siente mucho su bajada. Finalmente, ya puesto el sol, llegó a un pueblecito llamado Malacatepec, de donde toma nombre la barranca sobredicha, de indios otomíes, del arzobispado de México, vista de clérigos, cuatro leguas largas de la estancia de Olmos, y ocho de Zinacantepec.

Con toda razón expresa su admiración y afecto la Cronista de Toluca ante el libro que escribió, cual si fuera un diario de andanzas, este fraile español que fue culto y supo comprender que estaba en el nuevo mundo, y quizá, sin saber que siglos después que sus escritos de cronista de aquellos tiempos, en que se forjaba un nuevo territorio de la cultura humana bajo el sudor, las lágrimas y la sangre de nuestros indígenas. Riqueza material y espiritual han de fundar la nueva cultura que hará escribir a muchos investigadores e intelectuales sobre la fundación de una nueva raza que en el mestizaje ha hallado su fortaleza. Riqueza material, dice fray Antonio: Corre allí junto un arroyo con que se riegan unas labranzas de tierra, y no muchas leguas de aquel lugar hay unas minas de plata llamadas en lengua mexicana Temascaltepec. Oro, plata, Cristo crucificado, conventos, iglesias, capillas, cementerios, casas, calles y senderos, todo habría de hacer el México que hoy vivimos. Saber esto es ir de la mano con la Cronista de Toluca para enriquecer nuestra alma e identidad que hace pueblos y forja culturas perennes.