¿Sabemos perdonar?

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Estamos por celebrar el 212 aniversario del inicio de la justa por la independencia nacional; desde esos ayeres, uno de los graves problemas en la ideología mexicana es la incapacidad de perdonar, que tácitamente arrastra enojos, rencores y en algunos casos, un odio exacerbado al punto de querer sangre a toda costa.

En esa lógica, somos capaces de olvidar que los seres humanos somos una dualidad en la que tenemos muchos aciertos, pero también equivocaciones, y que a menos que la falta haya sido tan grande como una pérdida humana, todo merecer reconsideración.

Pero nuestra historia ha sido y sigue siendo así, rencorosa y poco racional, por eso seguimos escuchando voces que claman porque el gobierno español ofrezca una disculpa por los ultrajes del pasado o que gobernantes del pretérito inmediato pidan perdón por las omisiones que nos tienen en desgracia (sic).

Por esa misma ingratitud, es que personajes de la talla de Iturbide siguen siendo considerados traidores, porque en un momento de ceguera derivada del poder, en efecto, perdieron sensatez y se proclamaron emperadores; dejando de lado que, sin su proceder previo, jamás habríamos conseguido vencer a las fuerzas virreinales.  Que quede claro, no se justifica su lapsus, pero ¿no habría merecido un mejor final?

En esa misma estructura mental fue que Juárez, bajo el auspicio de Antonio López de Santa Anna, cuando este último le llevó a una sastrería para obsequiarle un traje, jamás le perdonó que el alfayate le externara lo bien trataba el militar a su servidumbre. Juárez lo tomó como una ofensa y quizás fue detonante de la postura tan radical en contra de todo lo que representase opulencia, nunca perdonó y su espíritu vivió con un rencor acumulado.

Martin Luther King afirmó que el que es incapaz de perdonar, es incapaz de amar. De hecho, el perdón es uno de los actos más admirables del ser humano porque implica que, a pesar de los daños que podamos haber sufrido, hemos sabido dejar atrás el pasado y podemos mirar al futuro asumiendo una nueva perspectiva, algunos supondrían también que se trata de un acto de madurez.

Si después de un error, la persona involucrada asume y corrige, me parece que es una señal positiva; si no confiáramos en esa posibilidad, la vida misma sería una cacería de brujas buscando culpables sin ton ni son. Para quienes profesamos alguna creencia, el perdón es una de las muestras más firmes de nuestra humanidad, si el mostrar odio o reticencia solucionara las cosas, bienvenidas esas conductas, pero la realidad es que no es así.

El rencor, justificado o no, significa en ocasiones patear un avispero que, si recibe ese voto de confianza, puede proseguir en una línea de autogestión que puede acabar dejando buenas enseñanzas.

Perdonar no sólo implica una liberación para quien cometió el error, sino que también libera a la persona que perdona, es un proceso catártico; algunos estudios demuestran que quien sigue enojado, acaba padeciendo más que el causante de la molestia.

Si no inculcamos esta semilla en las nuevas generaciones y seguimos pujando por una postura revanchista a toda costa, seguiremos contribuyendo a sociedades negligentes e insensatas.

Lo triste de todo esto es que quien perdona, lejos de ser reconocido, es atacado y tachado de cobarde o estúpido con p; linda incongruencia, ¿no cree?

horroreseducativos@hotmail.com