SE ALQUILA UN TERRENO, o fe de erratas: Perú, ex país

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Para entender a un país sobre diagnosticado sociológicamente como el Perú, hay que echar mano, inevitablemente, de algunos autores del terruño y de soporte, a algunos extranjeros, que indirectamente ponen el dedo en la herida porque nada más universal que la localía.

Entender al Perú es meterse por los poros el verso del universal César Vallejo que dijo: Yo nací un día que Dios estuvo enfermo; es tragarse el sapo asqueroso de Alberto Hidalgo, insigne poeta peruano, experto en el arte del libelo, cuando escribía en su célebre texto sobre un dictador:  Ojalá logre hacer gárgaras con las menstruaciones de su madre; o Luis Felipe Angell cuando aseveraba: El Perú es un país perfecto porque nadie lo puede arreglar; sin olvidar al célebre Zavalita de Mario Vargas Llosa en su monumental Conversación en la Catedral, cuando se preguntaba desde la entraña de su mediocridad: ¿En qué momento se jodió el Perú?

Y para apoyarnos en los iconoclastas que alumbraban el pensamiento con su lucidez letal, recuerdo a Henry Miller cuando en uno de sus Trópicos abre como pórtico a manera de epígrafe personal, acotando: Esto es un insulto, un escupitajo a Dios. Pero para comprender más precisamente, la situación, tomo a Erasmo de Róterdam, cuando en su famoso  Elogio a la Locura, se refiere a la estulticia, es decir, el grado máximo de la estupidez humana, y es que la estulticia nos ha gobernado en el último año y medio.  

Como un ciego sin ojos que encima nunca escuchó a nadie, o mejor dicho que sí escuchó y obedeció a una recua de comprobados oligofrénicos políticos, la izquierda peruana tuvo la oportunidad, por primera vez en la historia, de demostrar a la ciudadanía, de hacer valer los principios básicos de igualdad de oportunidad y redistribución limpia de las riquezas, incluyendo la revisión de contratos de transnacionales que abusaban groseramente de nuestras riquezas naturales, exprimiendo ingentes cantidades de dinero, olvidando al pueblo, sempiterna palabra pronunciada por los políticos.

Y así fue como en unas elecciones con final de fotografía hípica ganó Castillo, un humilde profesor de escuela, que prometió la gran transformación para reivindicar la justicia social e implementar el sueño de un país con pan y libertad.

Y se dedicó a lo contrario. Y más allá de su IQ por debajo del normal promedio, de su verbalización donde no ataba tres frases con sentido, con un grave problema para comunicar, con la palabra entrecortada, la frase perdida y con un sombrero que nunca lo protegió de ningún sol que nunca tuvo como luz para ver mejor, se dedicó a organizar, desde palacio, una red criminal para delinquir en la modalidad de corrupción que poco a poco, pero velozmente, se iba comprobando bajo la complicidad de un Congreso deleznable y comprado.

Desfilaron ministros prontuariados que no pudieron durar más de dos meses y medio en promedio. Conclusión, caos provocado por un gobierno con cero obras a sus espaladas que se dedicó sistemáticamente a insultar a la prensa independiente. La Fiscalía le abrió siete cuadernillos de investigación. Empezaba el fin de un grupo que no gobernaba y que solo se dedicaba a defenderse.

Una gavilla de amigotes impresentables. Y todo en medio de una quinta ola de Covid. Pero ya los días los tenía contados. La insoportabilidad de la gente crecía como los precios de las cosas y el desgobierno campeaba meticulosamente en lo patético de la nadería y el discurso apolillado de No más pobres en un país de ricos. Seguía sentado en palacio, con un congreso que no podía vacarlo por estar comprado.

El escándalo de la corruptela y las fugas de funcionarios públicos se daban casi a diario, los ministros eran intercambiados. Nadie quería ponerse ese fajín, o casi nadie, porque por la plata sí.

Hasta que llegó el día. Ese día el Congreso iba a vacar al Presidente, y vienen los hechos conocidos. Da un golpe de Estado con mensaje presidencial, en cadena nacional televisiva, leyendo un papel que le temblaba ostensiblemente. Disolvía el Congreso, y todos los poderes del Estado como si fuera un Luis francés de pacotilla. A los minutos fuga de Palacio, rumbo a la embajada de México pidiendo asilo. Las fuerzas Armadas y policiales no le dan apoyo. Llega la orden de captura.

Un equipo de comandos lo cerca, casi por entrar a la embajada, y lo toma y lo lleva a la prefectura, enmarrocado y muerto de miedo. Luego en helicóptero a un cuartel militar. Mientras tanto el Congreso lo destituye y jura a la nueva presidente, su ex íntima, la que seguía en la cadena de mando democrático. Todo en tres horas. A las pocas horas la Fiscal de la Nación, entra a vaciar Palacio y todos los ministerios  levantando más pruebas de corrupción.

La nueva presidente jura un gabinete decente y solicita al Congreso el adelanto de las elecciones.

Luego, la pesadilla. Ocho muertos. Sendero toma el país, incendia y destroza aeropuertos, objetivos estratégicos, minas, centros comerciales, invaden medios de comunicación, obstruyen carreteras, y una presidenta que ordena enfrentar a la turba sin usar ni siquiera balas de goma. Y 300 policías heridos, tirados desguarnecidos sin asistencia médica en un lugar lejano, donde el alcohol y el algodón son un lujo escaso.

Cambio de timón. Se decreta el Estado de Emergencia. La Marina, La Fuerza Aérea, el Ejército, La policía y las Fuerzas especiales, en estado de excepción quedan autorizados en un grupo de 15,000 efectivos a apretar el gatillo. Los punteros láser ya están en las frentes de los cabecillas. Nuevamente morirán inocentes. Así es la guerra, no puede ser de otra manera, y los que no mueran quedarán como muertos vivientes, despojados de su dignidad, con hambre y sin trabajo, con la garantía de fallecer de inanición también mental, y con la cereza en el pastel que  la ponen los gobiernos distraídos o no, de México, Argentina, Colombia, Venezuela, Bolivia (la lista es larga)

No es una exageración. Empezó la guerra, y Enrique Santos Discépolo tenía razón. Mientras tanto, el ex presidente corrupto, delincuente bruto y en prisión, tiene un teléfono celular para darle la contra a 34 millones de peruanos. Y eso hace que al fin, después de 487 años desde que llegó  España a estas tierras, sigamos siendo los mismo: Cualquier cosa.