Sepamos reconocer

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Nuestra arrogancia, cada vez más presente socialmente, nos ha llevado al punto de la inflexibilidad, la irracionalidad y la falta de ética.

En los procesos formativos de las nuevas generaciones, cada vez menos padres de familia comprenden que es sustantivo predicar con el ejemplo y modelar conductas que favorezcan un ejemplo positivo para la interacción cotidiana.

Solía decirse que bastaba con la palabra para construir acuerdos, después pasamos a la cultura del papelito habla para recordarnos nuestras obligaciones; hoy día, ni siquiera con los compromisos firmados estamos dispuestos a cumplir a lo que nos comprometimos.

Cientos de tarjetahabientes bancarios, aún con un contrato firmado, se niegan a pagar utilizando argumentos tan insólitos como inverosímiles; miles de usuarios de servicios diversos, aún tras haber disfrutado de ellos, se rehúsan a cumplir con la contraprestación acordada; millones de personas, porque les resulta cómodo, con la mano en la cintura de desdicen de lo que previamente habrían prometido, por la simple falta de voluntad por honrarse a sí mismos.

Lo que sorprende (quizás no tanto) es que hay personas que, incluso con su nombre y firma plasmada en un documento, es incapaz de reconocer que ha violentado una norma, omitido un trámite o desacatado un reglamento. Ese es el punto de absurdidad en el que muchas personas caen.

También es cierto que muchas personas aceptan compromisos que de antemano saben que, no podrán cumplir, incuestionable, como también lo son las consecuencias que esta postura propician, todo influye en nuestra reputación, nuestra productividad y nuestra imagen ante el imaginario colectivo.

Podríamos decir que quien no gusta de cumplir es porque existe un conflicto de origen, las creencias, estructuras mentales o la falta de perspectiva pueden ser un factor que les haga suponer que si no cumplen acaban siendo más inteligentes que aquellos que sí lo hicieron.

¿Por qué no somos capaces de aceptar, incluso con evidencias, que hemos fallado?, ¿es tal nuestra necesidad de querer ser más vivos al punto de exhibir mi inexistente criterio?

Desde que somos pequeños, vamos construyendo nuestros paradigmas para enfrentar al mundo, los padres son los primeros en hacerlo, se prosigue en la escuela, posteriormente son los amigos, se prosigue en los estudios de preparatoria o profesionales hasta llegar a la sociedad que termina por culminar la obra.

Si en ese trayecto no se alinean las directrices, los objetivos y el deber ser, la consecuencia seguirá siendo seres humanos incapaces de reconocer lo evidente; con tal grado de necedad difícilmente llegaremos a buen puerto.

Y si a esa conducta, de facto inconsciente, le sumamos que se agregan posturas como pretender amenazar, intimidar o exigir respeto ante la contundencia de las evidencias, seguiremos construyendo un entorno menos tolerante en el que la ley del más vivo (más broncudo) impere.

El mensaje social debe ser claro, sepamos reconocer cuando nos equivocamos; los especialistas coinciden en que aprendemos mucho más del error que de la falsa percepción de perfección.

Creo que es un problema de origen, tal y como lo decía Louis de Bonald, filósofo francés: lo más difícil no es cumplir con el deber, sino conocerlo.

horroreseducativos@hotmail.com