Sobre la mentira (Segunda Parte)
Al hablar del tema de la mentira, de sus consecuencias y por ende de los juicios que pueden influir en las relaciones interpersonales hay que tomar en cuenta que somos partes del universo ideológico logocéntrico occidental, que no siempre es conveniente, el cual da por hecho que la tradición moral normativa cristiana nos impone una valoración específica de la mentira como exclusión de la verdad, de tal suerte que va a asociar invariablemente la interpretación de ella en contraposición a la verdad. Esto implica entonces que si definimos a la mentira como la ausencia de verdad, el pensamiento dicotómico se convertirá en una aproximación de tintes escencialmente peyorativos, reduciendo la mentira y por tanto los juicios que produce a una condena ética versus lo que podría resultar de un falso testimonio intencional. Así es que desde esta perspectiva reduccionista la mentira, se divide, según su esencia, en ironía, o en manifestar aquello que se pretende bajo una máscara de bondad reconocida.
La mentira, e insisto, los juicios que resbalan de ella se verán como parte de aquella persona que es irresponsable, que no se hace cargo de sus resultados, y que en detrimento de su esencia recurre al engaño a través de la simulación o la hipocresía. Así es que mirada desde la dicotómica, verdad en oposición a la mentira, el exceso de está segunda nos remite a una personalidad viciosa, propia del que vive mintiendo, ya de modo espontáneo o por mera conveniencia. Entonces, desde esta mirada la mentira como una forma ya habitual de comportamiento transgrede moralmente las relaciones interpersonales, dando pie a la distorsión conductual, y por lo mismo ser fuente de elementos negativos para el desarrollo del autoconocimiento que nos da elementos para centrarnos en lo que – me parece- venimos a este mundo: a amar y ser amados. Así es que no es conveniente alimentar vivencias negativas producto de la desconfianza, en tanto una ruptura en la fluidez de la intimación humana, y acelerando el impacto de sentimientos de culpa. Esto incluye cuando justificamos en nombre de la mentira piadosa antes que impía.
Ahora bien no olvidemos también que en términos neurofisiológicos, la mentira implica la suficiente inteligencia para conceptualizar los estados mentales propios y de los demás, de esta manera hay que estar claro que para el cerebro la mentira tiene que ver con un mecanismo neuro-conductual muy complejo, como las mentiras mismas lo son, de tal suerte que éstas pueden relacionarse con la inteligencia de la persona y por ende con su capacidad de socialización. Y más importante y grave resulta el mentirnos a nosotros mismos. Esto considerando que el autoengaño nos enfrenta a situaciones filosóficas de la mente que nos remiten al dualismo cartesiano y a la teoría multi-modular de Freud.
Sin embargo, por otro lado hay que decir también que el mentir es un tema típico del desarrollo, no un síntoma de patología futura, pero en beneficio hay que manejarlo con amor y respeto. Lo que lleva a la parte más importante la respuesta a la mentira es fundamental para tener elementos reales respecto a la verdad o más bien a la construcción de la realidad del ser que queremos construir para amar y ser amados. Esto implica el tener cuidado con respecto al juicio que hacemos de una persona alrededor del tema de la mentira. Un tema que siempre nos traerá emociones diversas, pero que no deben de convertirse en juicio de la otra persona. Así es que podemos tomar una pausa y observar cualquier sentimiento que surja, se debe permitir sentirlos a plenitud: ¿Se siente enojado, triste, herido o asustado? ¿Qué pensamientos surgen?
Al procesar lo que está sintiendo y pensando, puede responder desde un lugar de compostura en lugar de reaccionar desde un gran sentimiento. Así es que se trata entonces de eliminar las energías sobre cualquier juicio acerca de mentir. Todos mentimos. Todos contamos pequeñas mentiras así como algunas mentiras bien grandes. Quedarse atrapado en el juicio sobre la mentira apoya para responder a una mentira con comprensión. No es necesario que aceptemos, que nos guste o que ignoremos la mentira. Sin embargo, podemos aceptar a la persona evitando el juicio. El juicio también nos impulsa a etiquetar a alguien. Las etiquetas no solo limitan a aquellos a quienes etiquetamos, sino que también limitan nuestra propia flexibilidad y creatividad. No tenemos por qué etiquetar de por vida a una persona por algo que posiblemente no conocemos, su razón de mentir.

