Sonríe con los ojos

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Tengo días con la idea de sonreír con los ojos; se lo escuché a una chica y no sé si supo de la magnitud de sus palabras.

La primera vez que intenté sonreír así, fijé la mirada a la nada concentrando mi cerebro; al hacerlo –de inmediato– mis labios se curvaron ligeramente hacia arriba.  Con el afán de lograrlo, en cada ensayo, la mirada se alegraba con recuerdos agradables dando luz a mi interior.

El cubrebocas ha favorecido este ejercicio dado que, la primera persona a la que miré sonriéndole con los sentidos, me correspondió con su sonrisa, encendiendo una empática chispa en los ojos de ambas como si hubiera una cómplice alegría.

En los siguientes intentos, sola o acompañada, sonreír con la mirada me llevó a una memoria sensiblemente noble, mi corazón recordó la chispeante sonrisa de mi hijo,   los momentos de lluvia detrás de los cristales, a la flor recién nacida, a los besos dulces y profundos de un amante, al atardecer jaspeado de colores, al espejeo del cielo mar, al crepúsculo de cualquier tarde en cualquier sitio, al aire fresco en mi rostro, al viento jugueteando con el cabello, al agua que corre por mi cuerpo, al sueño reparador, a la generosa oración prolífica de paz, al abrazo de un hermano, al beso noble de una madre, al dulce olor de un bebé,  a las palabras de una amiga, al seductor ritmo de un baile, a la canción dedicada al recuerdo de un amor, a un bebé entre mis brazos, a una mirada coqueta, a un regalo inesperado, a una manzana sobre la mesa, a un libro entre las manos, a un piropo, a un suspiro, a un recuerdo, al aroma de tu cuerpo, al sentirme protegida entre tus brazos.

Sonreír con los ojos, es sonreír con el corazón, es una breve melodía al alma. Sonreír con los ojos es disfrutar cada instante prodigado por la amorosa gracia de vivir. ¡Sonríe con los ojos!