Sucede alrededor del padre Garibay

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Lecciones del padre Ángel María Garibay Kintana están presentes por doquier. Lo están en el centro del país con sólo visitar esos lugares que le fueron designados para ejercer el sacerdocio —primera vocación— después, estudio en las Sagradas Escrituras, y en ese tránsito, de lo que viven los genios surge lo que derivado de sus lecturas de cuatro cronistas que relatan sobre la Nueva España: Fray Bartolomé de las Casas, Fray Bernardino de Sahagún, Bernal Díaz del Castillo y el conquistador Hernán Cortés, ellos le dieron la brújula, para entender que en su vida parroquial había un gran hoyo negro en el abandono de culturas que están ahí, abandonadas por gobiernos de todos los niveles: federal, estatal y municipal sin la menor vergüenza.

Los indígenas sirvieron para festejar el 16 de septiembre de 1910, en centenario del inicio de la gesta independentista: aparecer con vestimenta y tristeza en el rostro acompañando al dictador Porfirio Díaz en festejos y oropel. Otra cosa sucede al revisar al padre Garibay Kintana, tiene otra mirada: de respeto y admiración por todo lo que hemos escondido en mestizaje grosero y soberbio. Ve lo que sólo ojos de humanismo pueden ver. Y en esas distintas vidas que vivió, dejó por momentos la labor del curato para investigar en campo y leer y leer: aunque en Tenancingo pidan que se los cambien por: un cura que ya no tenga que estudiar. Cosas de la vida, tanto que necesita este país de ciudadanos cultos, que sean en estilo platónico lo suficientemente responsables de vivir la vida, estudiándola y no dejándola, para que llegue como se le antoje.

Todo sucede alrededor del padre Garibay, pues él pone a la cultura y todo lo que le rodea, en un puesto que tiene por nivel a las Sagradas Escrituras. Tanta literatura mágica le hacen comprender la riqueza que está ahí: sin descubrir por voracidad de encomenderos y españoles imperiales, que no saben comprender ante qué grandes culturas están imponiéndose. Ángel María Garibay es descubridor de lo intangible: descubridor de la maravilla del lenguaje, que a arqueólogos como Román Piña Chan que saben de la Piedra Rosada o al visitar las tumbas egipcias; ellos saben que tienen el objeto de estudio en su presencia material: tocar, admirar, sentir el aroma o el sabor. Los descubrimientos del padre Garibay tienen que ver más, con la Idea de Platón: quien en su tiempo expresa de manera compleja y pide al hombre a ir más allá de la materia.

Así es, el padre Garibay pertenece a la escuela de Platón y por ende a la de San Agustín de Hipona, de los mayores filósofos de la iglesia cristiana. Intelectuales y genios de la humanidad, que se convierten en el sentido sociológico de la cultura en centro de toda discusión, o investigación seria de pueblos y civilizaciones. El liderazgo del padre Garibay, en referencia a culturas indígenas, prueba que el inicio de todo estudio sobre el pasado obliga a ir a textos nahuatlacos y otomíes. Estudiar con disciplina de cronista de lo humano, que persigue aquello que hacen hombre y mujer en distintas edades: registrar con seriedad del que hace labor científica y no ideológica. Hacer historia de vencidos y no de vencedores; negándose a ser sofistas al servicio del poder. Sus investigaciones son vigentes y actuales, como las de los cuatro cronistas de Indias: junto con otros grandes ejemplos en los siguientes 300 años desde la Colonia que dejan pruebas de la riqueza cultural de pueblos indígenas.

Escribe Ascensión Hernández siguiendo la huella del padre Garibay: Sin duda, el continente americano es prueba de la capacidad del hombre para expresarse a través de innumerables lenguas. Los que llegaron en el siglo XVI pronto percibieron que aquí existía una cantidad de idiomas nunca antes escuchados, una Babel intrincada y difícil, pero no por ello impenetrable. Se dieron cuenta también de que había lenguas generales y que abundaban los intérpretes o nahuatlatos.

Privilegiados de contar aún con presencia de nahuas, otomíes, matlatzincas o mazahuas en tierras mexiquenses, de saber a través de sus Códices que esta tierra no era lugar desértico donde nada quedó como prueba de su existencia. Los Códices que se encuentran en muchos lugares son prueba de riqueza del pensamiento y tradiciones de quienes los escribieron. Nombres de Códices famosos hay muchos, en Europa y Estados Unidos; recuerdan que Mesoamérica era tierra de libros pintados. Esta cultura que se ramifica, enriqueciendo a otras, comprueba en la revista que leo, del por qué en estos días de Pandemia no nos debe llevar a olvidar el latido del corazón del padre Ángel María que insiste a diario en no olvidar la defensa de nuestros indígenas originarios de estas tierras.

Con él se aprende que el Gobierno del Estado de México debe crear el Museo de la Poesía / Museo del Escritor Mexiquense; propuesta que desde 2010 hizo Casas del Poeta A.C. ya que al revisar la revista de arqueología enunciada —se comprueba múltiples veces—, que ante la posible desaparición de estas culturas o pueblos lo que le sobrevive son sus vestigios literarios, sus lenguas y tradiciones culinarias, de vestido o de bienes materiales. Sobre ello hace meditar el padre Garibay al revisar los miles y miles de párrafos escritos, que fueron resultado de sus estudios en campo y en gabinete, con lo que forjó la mayor cultura sobre indigenismo que hubiera en el siglo XX para mexicanos o extranjeros de ese tiempo.

El estudio de los Códices enseña, como lo hace en libros este personaje, la sorprendente visión de culturas que todo tienen menos el ser bárbaras. Era tierra de libros pintados. Una tierra de vergeles e imaginerías: Mesoamérica que cuenta con no menos de 54 lenguas, que se hablaban por doquier en un espacio que puede imaginarse como centro de Europa y sus maravillas medievales. Una Babel de la que debemos admirarnos en cada investigación que estudiamos al revisar lo que estas culturas transmitían y, sigue haciéndolo. Cito al escritor de temas indígenas. Natalio Hernández, quien dice: Uno de los pueblos originarios de México con mayor número de hablantes es el pueblo nahua. El Instituto Nacional de Lenguas Indígenas reporta que actualmente cuenta con más de dos millones de hablantes y su presencia geográfica se extiende, por lo menos, en amplias regiones de 15 estados de la República.

Todo sucede en torno a Ángel María Garibay Kintana, pues bien dice en el año de 1961, con motivo de la reedición de su libro: Llave del náhuatl, que fue publicado por primera vez en 1940, dice: No sin vana complacencia me congratulo de que el estudio de la lengua náhuatl haya cobrado auge, tanto en la nación nuestra como en tierras extrañas. Hago votos porque siga en aumento. Y, como exigua ayuda, ofrezco a los estudiosos el libro que tiene en sus manos. Sus palabras van acompañadas de aquellas que son advertencia general: La principal dificultad para el estudio de la lengua náhuatl, mexicana o azteca, es la falta de escritos en ella. La tarea del padre Garibay  ha de surgir del fondo de la incomprensión para valorar sus aportaciones; el toque de conciencia a los mexicanos buenos, para entender que el estudio de las culturas del centro del país en el mundo indígena, es recuperación imprescindible si no queremos dejar al margen de nuestra historia la presencia de aquellos que forjaron mucho de la mexicanidad; no sólo entendida como tiempo del indigenismo —antes de la llegada de Cristóbal Colón—, sino por la persistente razón de no desaparecer de territorio mexicano en estos cinco siglos.

Es interesante leerlo en su texto La obra de Sahagún como monumento literario, donde dice: Varias veces ha aparecido en este libro el nombre de Sahagún. Es tiempo de considerar su obra en conjunto. No nos toca atender a la biografía de este venerable investigador, ni a la serie de vicisitudes y contratiempos a que se vieron sometidos autor y obra. En cambio, tenemos que dará mayor importancia a su aspecto, no menos valioso que todo lo demás que en ella puede estudiarse y que, por lo general, ha sido dejado a un lado. Es necesario hacer llegar esta preocupación del padre Garibay por quien es su maestro en el sentido de dejar a un lado las Sagradas Escrituras y poner su atención desde su experiencia en municipio de presencia otomí, para que desde la capital prosiga con sus estudios poniendo atención a lo mexicano y azteca que en la lengua náhuatl hayan su poder de expresión en la idea platónica que se circunscribe a la palabra, como idea y rebeldía de toda presencia en cultura que se desee mantener como propia y por lo tanto como identidad plena. Ojalá tomemos en cuenta esto, y entendamos que México es un país de privilegio, pues puede acercarse a su pasado conviviendo con el presente. Eso aquí y en China, es una posibilidad única que pocas naciones tienen como patrimonio cultural y México es una estrella que brilla a pesar de sus debilidades en el presente siglo XXI.