¿Tenía razón Carlos Castaneda? II

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La semana pasada habíamos introducido la discusión sobre si acaso era conveniente para la coyuntura intelectual del siglo XXI una vuelta a Las Enseñanzas de Don Juan, la obra principal del antropólogo Carlos Castaneda. Habíamos dado una serie de pormenores relativos al libro y habíamos dejado abiertas algunas preguntas relativas a su naturaleza y a los efectos positivos que este podría tener si se leía adecuadamente. También, apuntamos que el contexto actual es de por sí reticente, y más bien, poco propicio para valorar y saber ver lo que el libro tiene para ofrecernos. Pues el estado de la ciencia y de la tecnología en la actualidad, parece caracterizarse por ser cada vez más ciega ante la riqueza de este tipo formas de ver el mundo.

Yendo al fondo, tenemos que decir que no es un libro fácil, pero que a su vez eso no lo hace uno de aquellos textos de increíble valor literario o intelectual que tristemente reposan en una torre de marfil alcanzable sólo para unos pocos. Todo lo contrario. Las Enseñanzas de Don Juan fue un texto caracterizado por una claridad de estilo y una profundidad narrativa que cautivó a los lectores más diversos y que además, irritó profundamente a las escuelas de antropología de carácter más científico. Y ni se diga de algunos filósofos o científicos.

Creo que Las Enseñanzas de Don Juan son el Siddhartha de América Latina. Es un libro de unas enseñanzas vigorosas y edificantes que simplemente no puede soltarse una vez que ha cautivado el lector. Si este tiene paciencia, descubre un mundo de significados que parecen sacados de una historia fantástica que progresivamente se va haciendo realidad, y siente, además, cómo los fundamentos más hondos sobre los que descansan sus juicios del día a día se resquebrajan progresivamente ante la mirada mística del mundo del brujo Juan Matus.


Digo que no es un libro fácil porque ni si quiera escribirlo lo fue para Castaneda. Su travesía a lo largo del conocimiento de los brujos yaquis fue agotadora y exigió toda la energía que puede ofrecer la juventud de un investigador incipiente. Esto lo podemos ver al principio. Castaneda llega al Estado Mexicano de Solares y sus primeros contactos con el Brujo yaqui Juan Matus son sorprendentemente estériles. La cerrazón que presentaba con el autor era desoladora, y la agudeza visual que tuvo para reconocer que el joven antropólogo no estaba preparado para la envergadura del viaje que este quería emprender. De ninguna manera le permitiría descubrir los efectos del peyote o del toloache sin cerciorarse de que tenía una visión espiritual de ellos.

Lo increíble del texto es cómo va separándose progresivamente de toda la formación que como antropólogo había venido recibiendo. El objeto al que se enfrentaba era tan basto, tan reticente y complejo que la óptica científica se invalidaba sistemáticamente delante de sus propios ojos a la hora de profundizar en sus aprendizajes. Las palabras invertían sus significados. El lenguaje cobraba, de pronto, estructuras inusuales que devenían en puzles semánticos que exigían el máximo de la capacidad interpretativa de Castaneda. Una frase de Don Juan lo podía tener mirando el techo de su habitación toda la noche sin dormir. La intoxicación con las plantas era, en lugar de una serie de alteraciones neuronales, una puerta de acceso a estados de conciencia velados para la frialdad del conocimiento racional, sólo mediante los cuales era posible comprender nítidamente lo que el brujo le quería decir. 

Personalmente, diría que aquél abandono de la mirada vertical y superior que tanto caracteriza a Occidente por una antropología más conectada con el otro, más comprensiva, sensible y respetuosa sin por ello perder rigurosidad o credibilidad es lo principal que el lector tendría que llevarse del texto. No porque tenga que entender la relevancia académica del asunto, sino porque asimilar adecuadamente que este viraje de mirada no es volver a épocas arcaicas sino más bien elevarse sobre todos los defectos de occidente, es un aspecto que hace valer la pena el esfuerzo de Castaneda. Que puede ser, más allá de una lectura amena, una terapia contra la rigidez de nuestros propios criterios.