TOLUCA EN TRES TIEMPOS (2)
Estoy haciendo fila para subir al cómodo, rápido y hermoso tren llamado “El Insurgente” que me llevará en un dos por tres de Zinacantepec a Santa Fe en la Ciudad de México.
Al ir circulando veo a mi ciudad enorme, gigantesca del lado izquierdo el cerro de la Teresona ya está habitado hasta la mitad y la música de fondo que es el Huapango de Moncayo al ir pasando por la Marquesa me hace revolver a una China Poblana subiendo a los arbolados Alpes que dividen Toluca de la antigua Tenochtitlan.
Todavía no se termina la gran estación de Observatorio que obviará el viaje.
Al regresar no se le quita que vivo en otra dimensión y me parece imposible que cuando se hizo el viejo dibujo de Toluca había poco más de 5 mil habitantes.
Picado por la curiosidad voy al lugar desde el que hipotéticamente se hizo la Perspectiva. No es difícil llegar: Circunvalación Norte, o como hoy se dice “Paseo Tollocan Norte”. Calculo el lugar comparando la perspectiva y quedo ubicado un poco abajo del cerro de Zopilocalco, colindando con el cerro del Toloche o Tollotzin para los puristas y me siento en el pasto, dando la espalda a los autos que raudos pasan y casi me “rasuran el istafiate”, como diría un viejo Toluca.
Estando en este lugar me acuerdo de cierta luminosa mañana en la que el poeta filósofo e historiador Rodolfo García me mostró con fehacientes datos que éste era el virtual centro histórico Toluco.
Subí un poco y localicé los restos de la acequia de la cual se proveía de agua el convento de El Carmen “Aquí había un adoratorio”, recordé la voz de Rodolfo y anoté en el cuaderno de notas reafirmar el dato.
Un poco de smog nubla el panorama de la ciudad; desdoblo el cuadro de la Perspectiva. ¿Anoté que es el 24 de febrero del 2017? ¿Y que unos parches y clarines provenientes del centro de la ciudad se escuchan como ecos de un desfile?
Comparo el cuadro y “no da” con el paisaje que veo. Se me viene un mundo de casas, el color se disemina y es hasta que veo el templo de El Carmen que me ubico y más certeramente cuando –a pesar de una capa de smog– veo a lo lejos el “Xinantecátl” o Nevado de Toluca y casi perdido, el viejo caserón que años después sería el Instituto Toluqueño.
Son las más notables referencias y de la comparación entre paisaje y litografía, es lo que está, lo que sigue igual. Lo demás, nada. ¿Qué sucedió con las casitas de adobe y tejas que estaban “abajito” de donde estoy? Huelga decir que los terrenos baldíos del cuadro de 1791, hoy son enhiestas construcciones. Inconscientemente haciendo con la mano derecha la mímica de un limpiaparabrisas quiero quitar, limpiar la visión que por el smog no me permite ver más allá. Noto los edificios más notables de la Toluca de hoy: al oriente el Hospital del ISSSTE, al centro el edificio del ISSEMyM y por los árboles sé que es La Alameda que por cierto en el dibujo del pasado ya estaba y se mira pequeñísima, bardeada, junto a un templo… ¿La Merced?
Fijo la vista en la perspectiva y en el panorama que se me presenta: ¿En dónde está ese pobladísimo cerro del Cóporo que hoy en un callage cromático se impone, alzándose sobre la ciudad?
Solo infiero que estando muy a la derecha de la perspectiva, no alcanzó espacio en el dibujo.
Desde aquí no veo el cerro de Coatepec; supliendo con imaginación, veo el multicolor caos del estadio y el montón de facultades, y si aquí en la vieja pintura se ve un lejano cerro pelón, luego ahí se asentará gran parte de la ciencia y la cultura mexiquense. Coatepec, que estaba alejado del caserío en 1956 y que Alejandro Ariceaga escribió que en los años 50 era el preferido para ir a matar lagartijas: “¿Hasta allá?”. Si en los años 50 era la frase, en 1791, a lo mejor no figuraba en los mapas mentales de ese pueblito llamado Toluca.
Veo otra vez la perspectiva… ¡siempre las cúpulas de la iglesia del Carmen! Iguales, idénticas, como si el tiempo no hubiera transcurrido, pero sólo las cúpulas y el atrio, porque los frailes que están en la parte derecha ya no están. ¿Y el convento que albergaba a los “Carmelitas Descalzos”? Sin gente, las cosas, las casas como que también se van.
Los misteriosos conventos que nos ponían a pensar: “¿Cómo diablos serán por dentro esos aparentes sitios de Dios?”, El signo –antes más que ahora– de una ciudad monacal. Y junto al Carmen, el tianguis, que como anoté, ya estaba en 1791 y seguramente ya estaba antes de la llegada de los españoles y que hoy por rumbos de San Pablo Autopan ya perdió color.
Ese mercado –dicen los estudiosos– era más de trueque que de circulante monetario. Obnubilaba de gusto la vista el arco iris en movimiento de las mercancías: patos de río asados, pescados del río Lerma, ranas de la Mora, capulines de los árboles de la zona otomí, pilas de elotes, telas de algodón, calzones de manta…
Ei tianguis era comunión de nobles voluntades para bien mercar y desde saliendo de ahí era notable la división de clases sociales, las moradas, el predominio del color de piel oscuro más que blanco. ¿Otras aristas del poliedro? ¿La educación, verbigracia? Magra, elitista. No se necesita ser genio para sentenciar que –y súmele que ni el Instituto funcionaba todavía– uno que otro sabía leer y escribir.
Como muestra la perspectiva, desde in illio Témpore, el tianguis se hacía a un lado de la Iglesia de El Carmen, inferimos que por ahí duró siglo y medio… de menos. Y huelga decir que en 1956 era el corazón comercial de Toluca. En efecto, en donde hoy es el multicolor Cosmovitral –que no es otra cosa que el antiguo mercado 16 de Septiembre, con vidrios de colores– se asentaba “La Plaza” y alrededor, los viernes ocupando varias calles, otro mundo se aparecía: miles de vendedores y muchos más miles de compradores con turistas aledaños, mordían la granada cordelina del comercio, de la vida, del sabor de ser. Y de la mordida brotaba la savia sangre del peculiar modo de ser de la raza: trabajo, trueque, tranza, “pilón”, canciones…
Vuelvo a mirar la perspectiva. Al norte, a un lado del templo de la Merced, se ve una como carreterita, luego al leer supe que era un camino de terracería, una “brocheta”, camino de herradura que comunicaba con el Real de Temascaltepec. Esas rayitas de color gris eran polvosos caminos: comunicación, comercio, afecto. No se mira la raya del camino Real a la ciudad de México, pero que lo había, sí, por supuesto.
Por esos caminos, caminaban diligencias, carretas y mulas que traían, además del áureo y argentífero metal, la cecina, las frutas de tierra caliente, el piloncillo, los arrayanes… y hasta cartas de amor.
Ya se sabían los caminos los arrieros. “Agarraban por las veredas del monte” y pisando detrás de la recua, sabían literalmente donde estaba cada afilada piedra del camino. Hasta piaras se traían del sur por esos caminos, ¡joinc, joinc!, camine y camine, las patitas de puerco dejaban sus huellas en el lodo y cuando entraban por el sur de Toluca, los otrora regordetes cerdos, llegaban esbeltos, cansados y por la mucha grasa dejada en el camino era menester volverlos a engordar.
Y a los arrieros, llegando al Mesón del Suriano, o a “La Casa de las Diligencias” veámoslos descansar y luego tomarse un “chorreado”: chocolate con leche, una yema bien batida y un chorrito de alcohol, remojando ahí el pan de dulce.
Ahí descargaban su mercancía y al otro día los productos enriquecían las tiendas toluqueñas y no solo se alegraban los comerciantes, pues los que tenían familiares en Zacualpan, Sultepec o Temascaltepec se emocionaban al leer los mensajes en letras: “¿Cómo están?, aquí todos bien” “Estamos trabajando en la mina, los quiero mucho”.
¿Qué más sobrevive de lo que fue? Porque ya casi no hay arrieros, y tal vez, además de los templos nombrados y del edificio central de la UAEM queden de ese tiempo, dos, tres árboles de la Alameda. ¿Un árbol puede tener 200 años de viejo? ¡Por supuesto! Recuerden los milenarios ahuehuetes de Chapultepec.
Para alimentar la certeza consulto el libro que sobre la vida y obra del alcalde constructor toluqueño González Arratia escribió el Licenciado Gustavo G. Velázquez. Edición del Gobierno del Estado de México, 1983.
Señala el historiador que Había un parque desde fines de 1700, por cierto muy descuidado y en 1838 Melchor Múzquiz se dio a la tarea de embellecerlo… Y obviando, concluye el Licenciado Velázquez: En el año de 1842 quedó terminada la Alameda de Toluca, en el mismo lugar en que hoy se encuentra, plantándose 300 estaciones de fresnos y algunas plantas de robina, que se pretendía aclimatar a la ciudad.

