TOLUCA LA BELLA HACE 156 AÑOS. (Segunda Parte)

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Para Don Ignacio Pichardo Pagaza, con infinito respeto y admiración.

 

El pasado 13 de noviembre recordé con cariño fraterno a un gran amigo, Don Ignacio Pichardo Pagaza, en ocasión del 87 aniversario de su nacimiento. Don Nacho como nos referíamos a él quienes tuvimos la fortuna de su amistad, fue para mí y para muchos más, un Maestro de Vida. Hasta el último momento de su existencia, mantenía su ritmo y rumbo en favor de las acciones para el cuidado y preservación del medio ambiente.

Fue y será siempre reconocido como El Guardián del Valle hacia la sustentabilidad del Nevado de Toluca, por su amor y compromiso con nuestra tierra y su férrea disposición para rescatar y preservar la riqueza ecológica de nuestro Valle de Toluca y muy en especial, de nuestro Nevado de Toluca o Volcán Xinantecatl.

Don Nacho honraba cada día su gusto por vivir y su veneración a nuestra tierra, caminándola, haciendo pausas en cada paraje que le motivaba e inspiraba, pensando en como heredar nuestras riquezas naturales a las futuras generaciones, su legado es infinitamente invaluable. En alguna ocasión, su inseparable amigo Víctor Manuel Bernal Gallegos, el famoso “huevo” le sugirió hacer los recorridos a caballo, a lo que Don Nacho le replicó: Nada es comparable a la visión que uno tiene sin despegar los pies de la tierra.

Es por eso, que al releer el libro que les he venido compartiendo, titulado: VIAJES POR MÉXICO EN LOS AÑOS 1845-1848 de Carl Bartholomaeus Heller; recordé con nostalgia y emoción, que hace varios años, tuve la oportunidad de conversar con Don Nacho, sobre algunos pasajes de este libro, particularmente, cuando el autor nos narra sus experiencias en el Nevado de Toluca:

El 10 de agosto de 1846 inicié el viaje hacia el volcán de Toluca. Muy temprano por la mañana salí a caballo de la ciudad y manteniéndome en dirección al norte, antes de iniciar la ascensión había caminado ya una parte del altiplano. Los prados estaban cubiertos de flores y la mirada del caminante se detenía con deleite en las plantitas que le traían muy vivamente a la memoria los campos de la patria. Además, la mañana era hermosísima, el aire tan limpio y oloroso, los insectos revoloteaban animados en torno a las flores, por todas partes resonaba el alegre canto de los pájaros y el alma del viajero solitario se elevaba en forma maravillosa. Con toda seguridad, en las caminatas largas no existe momento más bello que aquel en el que, en medio de la naturaleza tranquila y poderosa, se siente el caminante tocado en cierta medida por el orden sacrosanto del Creador y lo traspasa un sentimiento cuya sublimidad nunca tiene oportunidad de sentir el hombre apresado por las murallas de las ciudades.

 

En nuestro camino pasamos por los pequeños pueblos de San Buenaventura y Cacalomacán con la Hacienda de Abajo, lugar donde empieza la verdadera ascensión y ya aparecen algunos pinos, sin que el resto de la flora cambie notablemente.

 

En pocas horas llegué a la hacienda de Cocustepec a los 9,000 pies sobre el nivel del mar, hasta la que se extienden los campos de maíz, cebada y trigo.

Fui recibido ahí con toda amabilidad y como expresé el deseo de poder permanecer en ese lugar durante más tiempo, me ofrecieron una habitación con la mayor presteza; habitación que me proporcionaba una vista indescriptiblemente bella sobre todo el altiplano hasta la sierra de Ixtlahuaca y de las Cruces, lo mismo que hacia la vertiente sur del volcán. Lo único molesto era el frío húmedo y el aire delgado ya que, a la hora en que el sol está más alto, el termómetro no llega nunca arriba de los 12º, aunque si baja a los 9º.

 

El 12 de agosto, mucho antes de amanecer, estábamos listos para emprender la ascensión al volcán. Un guía, muy buen conocedor del camino, nos conducía por el estrecho sendero, que serpentea entre pequeños arbustos, atravesando tan pronto fértiles praderas, como perdiéndose en lo oscuro del bosque, y que lleva cuesta arriba entre raíces y piedras. El paisaje estaba todavía iluminado por los débiles rayos de la luna y los poderosos árboles arrojaban con frecuencia una sombra casi nocturna en nuestro camino; un aire matutino casi tan frío como el hielo soplaba entre las temblorosas hojas de los grandes pinos, los pájaros estaban aún sumidos en el sueño y nos envolvía el más profundo silencio.

 

Caminábamos aprisa para llegar lo más pronto posible arriba y al despuntar el día nos encontrábamos ya en los uniformes bosques de pinos a una altura de 10,000 pies. Las fuertes ramas de estos árboles se abrazan gigantescas y sumen el terreno en una sombra casi eterna, sólo por aquí y por allá hay pequeños lugares iluminados cubiertos de Pentstemon florido, entre otros el que se adorna con campanillas azules semejantes a la genciana, al lado pueden verse encantadoras potencillas, geranios y bellos pastos.

 

Aquí les dejo un breviario cultural; el Pentstemon es un genero de plantas con alrededor de 415 especies nativas de Norteamérica, conocidas como campanitas o chilpas, tiene alto valor curativo y para adelgazar. Las potencillas. Pero sigamos narrando las andanzas de este austriaco en el volcán de Toluca, que en su momento también fue recorrido por Lázaro Cárdenas del Río en 1938 y años más tarde, en 1942, por Juan Rulfo, quien además de escritor, fue un reconocido fotógrafo.

 

A las nueve, y no sin dificultad, habíamos llegado al cráter. Teníamos ante nosotros un pequeño valle de unos 100 pies de profundidad en cuyo centro, para asombro nuestro, había dos lagos con aguas azul celeste al parecer, coloración que sólo había visto con igual belleza en la mitad del gran océano; todo alrededor, se elevaban majestuosas masas pétreas, muy distintas a las altas cumbres montañosas: el Pico del Fraile es la más alta. Bajamos hasta el borde del lago, tomamos agua y nos percatamos que era muy clara, de buen sabor y con una temperatura de 8º. Sin embargo, la profundidad de este lago parece ser insondable y ya el señor Robertson, quien escaló este volcán hace una decena de años, no pudo tocar fondo a una profundidad de 125 pies a plomo. No cabe pues la menor duda de que ésta hondonada con los dos lagos la forman los cráteres extinguidos del Nevado y es posible que sean suficientemente alimentados por la nieve que de continuo se derrite.

 

En el cráter (14,000 pies de altura) dejamos nuestros caballos y subimos hacia la cumbre más alta; más bien nos arrastramos hacia arriba y fue tan difícil que ya empezaba a dudar del logro de mi empresa; además, el aire tan delgado hacía dolorosamente sensible la cabeza, a pesar de que la llevaba envuelta en dos lienzos, y no creía poder obtener suficiente aire para mi pecho.

 

Por fin, tras las dos horas más difíciles, llegamos a la punta más alta, el Pico del Fraile, a 14,616 pies vieneses y en ese instante se adueñó de mí un sentimiento verdaderamente indescriptible.

 

Basalto curiosamente apilado y otras piedras volcánicas en forma de órgano se entremezclaban solitarias, formando aquí ángulos agudos, allá planos semejantes a mesas y entre ellas se afirmaba nieve milenaria en los surcos eternamente sombreados. Casi no se advierte vegetación alguna, con excepción de pastos muy pequeños y ¡oh, maravilla! Una pequeña castilleja (Castilleja tolucencia H.B.), que levantaba sus rojas flores sobre la nieve blanca. Con toda certeza, esta plantita es una de las acramfibrias más comunes y para el botánico constituye un fenómeno muy notable.

 

Lamentablemente, corroboré que en los trópicos la ascensión a un monte alto casi nunca se ve recompensada por una bella vista; pues las regiones que nos rodeaban se ocultaban tras las nubes que a veces pasaban sobre la cumbre del volcán, de modo que tuve que apresurarme a regresar cuando menos hasta el cráter. Lo hice con toda rapidez y como el tiempo parecía querer seguir siendo favorable, me permití tomar un descanso mayor allí, tanto para reponerme del esfuerzo de la ascensión y fortalecerme con un pequeño bocado, como para esperar el momento adecuado en que las nubes se disiparan aunque fuera por un rato.

 

Este último deseo fue concedido por fortuna, pues de pronto se rasgaron las nubes por unos minutos y mis ojos se pasearon apasionados por todo el altiplano de Toluca – en el que conté, con las prisas, más de veinte arroyos permanentes – y más allá sobre las montañas hasta una distancia incalculable. Si bien no fue una vista panorámica, pues esto solo puede obtenerse desde la cima, me sentí enormemente enriquecido por esta sublime visión y estoy firmemente convencido de que no volverá a darse un instante igual en mi vida. Sólo otra vez tuve una vista semejante durante mi viaje.

 

Recolectando sin cesar, ya que el clima era extraordinariamente benévolo, llegamos esa misma noche a la hacienda de Cocustepec, donde permanecimos hasta el 14 de agosto, a fin de ordenar la colección y poderla llevar bien hasta Toluca.

 

Hemos querido compartirles este relato de mediados del siglo XIX, con el fin de contribuir al fortalecimiento de nuestra identidad y al respeto por nuestra historia y nuestra riqueza natural como un gran legado para futuras generaciones, tal y como era el pensamiento y la filosofía de vida de un mexicano ejemplar: Don Ignacio Pichardo Pagaza, el Guardián del Valle hacia la sustentabilidad del Nevado de Toluca.