TOLUCA LA BELLA HACE 156 AÑOS

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Desde que Alexander Von Humboldt lo descubrió desde su óptica naturista, México fue visitado cada vez con mayor frecuencia por los viajeros extranjeros en el siglo XIX. [ Y eso que todavía no se conocía Oaxaca y su María Sabina, Jalisco y su tequila y la magia de Sinaloa]. El Banco de México se dió a la tarea a fines del siglo pasado, de llevar al cabo un programa para editar en español, obras poco conocidas, en las que viajeros extranjeros que visitaron nuestro país dejaron testimonio escrito de sus juicios e impresiones.

Es así que se dieron a la luz pública obras tales como: Seis meses de residencia y viajes en México de William Bullock y ésta que hoy les compartimos, de donde hemos extraído las experiencias del autor en el valle de Toluca. El libro se titula Viajes por México en los años 1845-1848 de Carl Bartholomaeus Heller, publicado en 1853 en Leipzig en Alemania y en español, se publicó en México en 1987.

Así es como narra sus experiencias en Toluca que plasmó en su diario de ruta, este joven de escasos 21 años de edad, naturalista y austriaco nacido en la región de Moravia (checo y eslovaco Morava y alemán Mähren) entonces perteneciente al imperio austrohúngaro y actualmente a la República Checa, siendo muy joven se embarcó con el explorador Teodoro Hartweg en 1845 hacia México, al tiempo que Antonio López de Santa Ana hacía lo propio el 2 de junio rumbo a Habana, Cuba en el buque inglés Midway partiendo a su exilio. México vivía tiempos convulsos.

 

Al regresar de su viaje en 1848, se dió tiempo para revisar su diario y destacar aquellos pasajes que podían tener interés para otros, más allá de la recolección de plantas vivas que era su objetivo central. El autor del libro, para curarse en salud, advierte que no puede hablarse de un manejo objetivo del material, ya que sólo se trata de una selección de un diario de viaje en el que registró en orden cronológico sus experiencias y observaciones. [Seguramente las incomodidades que sufrió en nuestro país que se encontraba en guerra con los gringos, sesgaron su juicio y nublaron su memoria acaso impactado por la belleza del territorio mexicano].

La expedición se encamino hacia Toluca tomando la carretera que llevaba por nombre Camino de Lerma y como él lo escribió; es una de las más bellas del país y fue construida a mucho costo sobre las montañas que limitan hacia el Oeste el Valle de México. Pasa por Chapultepec y de allí a Tacubaya; tras ese pueblo se inicia ya la subida.

Al principio el terreno es muy estéril y sólo pueden verse escasas plantas, ya que en ese suelo pedregoso (tepetate) no encuentran alimento más que unas cuantas. Apenas pasada Santa Fe empieza a enriquecerse la vegetación y desde la Venta de Cuajimalpa hasta casi llegar a Lerma se tienen a derecha e izquierda los bosques más hermosos de pinos y encinos.

 

Como la temporada de lluvias todavía no había acabado, el camino estaba adornado con muchas pequeñas flores. Algunas partes que tienen un encanto romántico y salvaje, alegran la vista y, en general, el camino de México hasta Lerma es uno de los más bellos del altiplano y sería muy concurrido si no se le temiera, como a tantos otros, a causa de los robos.

 

De su belleza nadie sabe decir nada, pero sí de los robos y asesinatos que ocurren allí casi todos los días.

 

Por desgracia, a casi todos sucede lo mismo: que olvidan, a causa de la mala gente, el bello país.

 

Lerma, que esta a una distancia de doce leguas (60 kilómetros) de México, tiene mucha fama por la producción de espléndidas espuelas y bocados para caballos. Casi todos los habitantes viven de este oficio y muy pronto nos rodeó gente gente que nos ofrecía tales objetos en venta. Compré un par de espuelas al bajo precio de un talero. [Antigua moneda de plata de Alemania]

La atención de la fonda era mala, pero cansados como estábamos, el duro lecho nos habría molestado menos que los rostros de la gente que nos rodeaba y que nos inspiraba una gran desconfianza. Había algo tan sospechoso en su aspecto que no acierto a describirlo y la gran seguridad de toda la región entre México y Toluca, y más allá, hacia el sur, habla con suficiente claridad de estas sospechas al parecer infundadas.

 

Por bello que sea el valle y las montañas que lo encierran, por hermoso que sea el clima, por ricos que sean los valles y montañas en bellas y extrañas plantas, nunca pude sentirme allí ni siquiera medianamente a gusto, porque en todas partes sentía a los hombres tan corruptos, tan falsos y tan sospechosos que me parecía que desempeñaban el papel menos digno entre las criaturas de aquella región y, a pesar de estar solo, más debía evitarlos que buscar su compañía.

 

Desde que abandonamos Lerma, la ciudad de Toluca estuvo continuamente ante nuestros ojos y, sin embargo, necesitamos no menos de tres horas para llegar a ella.

 

Toluca, a dieciséis leguas de distancia de México (aproximadamente 80 kms) y a 8,502 pies de altura, es decir, 1,304 pies más alto que la capital, se reclina en las bajas montañas de pórfido de San Miguel Tutucuitlapilco. Fue la antigua capital de la provincia de México, pero ha perdido mucho tras la aceptación del sistema federal por el que México, en el antiguo Distrito Federal, se convirtió en capital. Toluca es una ciudad bastante bella, con calles rectas y adoquinadas, varias iglesias bonitas y espléndidos portales que tienen en un costado 220 pasos de largo con 38 arcos y en el otro 275 pasos, se dice que costaron 300,000 taleros.

 

Esta ciudad está entre las menos animadas que conozco, a no ser los días de mercado, y las calles están tan desiertas que en muchas de ellas crece pasto. Me dijeron que en los últimos dos años emigraron a la Capital más de 2,000 personas. Muchas casas están completamente abandonadas y, dentro del perímetro de la ciudad hay algunas medio derruidas como resultado de los temblores ocurridos  el 7 y 10 de abril de 1845.

No había un solo hotel y de su escasa población, muy pocos tenían una situación económica desahogada, su único lugar de recreo, era una especie de café, es poco visitado y como la gran masa de la población pertenece a las clases más bajas, que además no tienen muy buena fama, en Toluca se vive de hecho tan solitariamente como en cualquier región salvaje del país, en la que cuando menos existe una fértil vegetación que proporciona mucha distracción y alegría.

Así era nuestro Toluca hace 156 años con poco más de 10,000 habitantes, según lo dicho por este joven paisano de Mozart, quien en su paso al sureste del país, decidió vivir tres meses en Toluca, motivado por su búsqueda de especies desconocidas de semillas y flores. Aficionado al senderismo, disfrutaba trepar al cerro de San Miguel, de pobre vegetación consistente principalmente en magueyes, nopales, solanáceas, labiadas, irideas y gramíneas.

El también paisano de Sigmund Freud, quedó sorprendido y así lo escribió en su bitácora, cuando tuvo ante si el antiquísimo árbol de las manitas, una curiosidad botánica, crece en uno de los pequeños montes de pórfido a 8,700 pies sobre el nivel del mar y se dice que es el único silvestre de esta especie. Aún los habitantes de Toluca honran a este moribundo anciano del reino vegetal como una cosa digna de verse y, para Navidad, recogen con mucho cuidado sus flores, a pesar de que no pueden atribuírseles ningún valor curativo.

 

Para este decimonónico ecologista y protector de los animales; en general, la vista del valle de  Toluca es en extremo amable. El llano se extiende en varias direcciones más o menos a cuatro horas de camino desde la ciudad, hasta las montañas que lo limitan. Un campo se une a otro, entre ellos hay prados lozanos con rebaños de borregos que pastan, caballos y ganado vacuno, los pueblecillos habitados por campesinos se yerguen encantadores y en el fondo se alza poderosa la punta más alta del volcán, parcialmente cubierta de nieve, hacia el cielo.

 

A este curioso personaje, su estancia en el Valle de Toluca le resultó de claroscuro: por una parte, Toluca le pareció una bonita ciudad, pero triste y desanimada, no se sentía seguro y le molestaba el sonido del lenguaje de los otomíes y las miradas de los lugareños, pero que disfrutó su mercado, los portales, el árbol de las manitas y por supuesto, maravillado por el volcán a dónde logró subir y disfrutar del maravilloso paisaje. [Que delicadito me salió este muchachito antepasado del racista jugador de futbol Marko Arnautovic]

A cambio, quedó impactado de manera negativa, al asistir a una corrida de toros en Atenco y toparse con las más finas damas de toda edad de la sociedad toluqueña, disfrutando de espectáculo tan sangriento, que en su opinión desata los malos sentimientos, siendo muy mala escuela para la formación de una alma noble.

 Resumiendo su estancia en Toluca, Bartolo nos cuenta: Vivi en Toluca bastante satisfecho, aunque mucho me molestara el tener que andar completamente armado aún para ir a los lugares más cercanos y esta necesidad me llenó de tan mala voluntad hacía México que, de haberme sido posible, hubiera querido trasladarme rápidamente hacia cualquier otro Estado de América central o del sur. [Hágame usted el favron cabor.Con toda seguridad esto lo debió de haber escrito en su diario, después de conocer San Pedro Tlanisco y saborear unos potentes hongos apentontantes con su miel y vaso de leche]

Este jovencito nacido en la tierra de Hayek, dijo haber estado incómodo e inseguro en Toluca y aún así, se quedó a vivir en la choricera ciudad, tres meses, ¿que sería si le hubiera gustado?, pues se hubiera quedado a vivir. Y eso que en aquellos años no existían los tacos de el sol, las tortas de lerdo, las tortas del ojeis, la cantina del doctor Ponce con sus famosas, piedras, saladitas y sangrías; los cocteles de camarón del Mónaco; el café de Pepe Liho, el chorizo de la Alianza, los billares de Barraza y por supuesto, nuestros diablos rojos del Toluca.