Variedad lingüística

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La comunicación exige precisión quirúrgica para lograr su objetivo, poner en común la información necesaria para la construcción de acuerdos.

En esa lógica, es importante hacer que el código que utilizamos, la lengua, tenga la misma precisión para fungir como el instrumento que favorezca la comprensión de los mensajes en todas sus versiones y de manera efectiva.

Cuando se hace un mal uso de las palabras, cuando por ignorancia o por falta de formación formal se pervierten términos, se altera por completo la misión comunicativa y se comienzan a reproducir paradigmas equivocados que, al ser reproducidos de manera constante, acaban por ser legitimados en muchos sectores sociales.

Sobra decir que todas esas expresiones no contribuyen en nada a la cultura nacional y por el contrario, favorecen una percepción equivocada sobre el deber ser desde una perspectiva lingüística.

De las más comunes, nadien, trajieron, dijieron, estuata, utomovil, dijistes, diferiencia, haiga, puédamos (y cualquier esdrujulización de verbos) que obedecen a un proceso onomatopéyico en el que los contextos de origen tienen un peso específico que permea a los miembros de algunos grupos sociales.

Otros tantos son resultado de omisiones o modificaciones en la pronunciación derivadas de una insuficiente revisión de las palabras o por la ley del menor esfuerzo fonológico: muchas personas revisan su guas (en lugar de WhatsApp), disfrutan de un delicioso coptel (en lugar del coctel) o licúan (en lugar de licuan) su chocolate con leche.

Existe otro tipo de personas que utilizan palabras como sinónimo de términos que tendrían mucha más pertinencia o serían mucho más elegantes; un ejemplo común es sustituir dinero por mony, guita, pasta, marmaja,  lana, morlaco, pizcacha, billegas o el espantosísimo (a mi juicio) varo.

Y qué decir de esas expresiones que de igual manera son utilizadas como mecanismos de comunicación informal, pero que rayan en una suerte de caló entre determinados grupos. En lugar de un ¿qué pasó?, preferir que pex, que tranza Carranza, que onduqui o que hongo, nada más por citar algunos. Simón o simonky en lugar de sí; iguanas ranas en lugar de igual.

O de plano algunas que son errores sintácticos: pedir tu tamal de verde, sin en cambio (en lugar de sin embargo), la calor (el calor), demen (denme), beneficencia (beneficiencia), nel pastel (en lugar de no), chulada de ejemplos.

No perdamos de vista que somos lo que decimos, por tanto, establecer un grado de calidad mayor en la selección de los términos para comunicarnos redituará en una mejor imagen ante los demás y tácitamente en un mayor respeto en los contextos, particularmente en los laborales.

Punto y aparte son las dirty words o groserías; su uso en público es injustificable porque más allá de lo evidente (lenguaje soez y vulgar), son reflejo de nuestra cultura y educación y a nadie le conviene ser etiquetado de una forma negativa.

Esta variedad, si bien existe, no significa que sea lo adecuado; las instituciones educativas tenemos mucho por lo cual trabajar, es posible apostar a un manejo de la lengua positivo y correcto.

horroreseducativos@hotmail.com