Viaje al presente La adversidad como punto de partida y final
¿Alguna vez han deseado regresar
al pasado para hacer algo «mejor»?
La vida, sí, en su flujo constante, no permite detenerse para analizarla completamente antes de actuar; debemos tomar decisiones y avanzar, incluso en medio de la incertidumbre.
Para introducir esta breve reflexión deseo utilizar una película que he visto recientemente: Memorias de un caracol, y además a nuestro filósofo del corazón danés Soren Kierkergaard, introduciéndonos y navegando con él, cuando escribió en su diario: Es completamente cierto lo que la filosofía nos dice, que la vida debe entenderse hacia atrás. Pero con esto uno olvida la segunda proposición, que debe vivirse hacia adelante. Una proposición que, cuanto más se somete a un pensamiento cuidadoso, más termina concluyendo precisamente que la vida en un momento dado nunca puede entenderse realmente por completo; precisamente porque no hay un solo momento en el que el tiempo se detenga por completo para que yo pueda tomar posición: retrocediendo.
Un pasaje poderoso que tal vez en ecos han escuchado o leído de manera breve. Nos conduce a repensar lo universal, porque la historicidad, el pensamiento como historia sólo puede ser mirado hacia atrás, pero; sin embargo, la vida acontece, y cuando sé es consciente de ella, llega la existencia y nos estremece, nos genera un temblor. Haciendo que el pensamiento palidezca ante la necesidad de la vida de ser vivida.
Regresé a ese pasaje, cuando vi la película Memorias de un caracol porque se repetía y de alguna forma encerró esta reflexión no sólo como una frase transformadora, sino como un acto físico y visual.
Esta película es existencialista, volcánica, vital, visceral, cotidiana y eso no la hace menos, sino humana.
Y a partir de esa búsqueda de vivir mejor nace esa lucha misma, de querer tomar la vida con las dos manos firmes.
Pero
¿Cómo hacerlo?
¿Cómo sostener esta vida nuestra, sin dejar de sostener nuestra alma?
Creo que esas preguntas nos ayudarán a seguir remando en esta reflexión.
Vivimos palpados de superficies y caparazones huecos –por el cuál no se puede ver, más nada–, abrazamos nuestro positivismo y hedonismo tibio queriendo ser mejores seres, como si la experiencia fuera acumulativa, como si el tiempo se sumara: días, años, logros. Pero todas estas cuestiones no estremecen la cuestión esencial: la dimensión singular de la existencia.
Y sin embargo hay experiencias que no se suman, pero que detienen, que doblan el tiempo: el dolor, la enfermedad, una ruptura, la muerte de alguien, una pérdida, una violencia… no siguen el orden lineal. Nos paralizan.
Nos enseñan a empujarlas, a mantenerla en movimiento, a no detenernos, aun cuando el cuerpo se arrastre y el alma se quede atrás.
Pero, hay que mirarlas, estas son interrupciones que nos obligan a mirar, a movernos y puede que no queramos hacerlo porque no es hacia adelante, como nos enseñaron,
sino hacia adentro.
Y aquí entra la paradoja que surge si analizamos el pasaje de Kierkegaard, queremos comprender de antemano, pero, mientras uno vive, no puede comprender. Porque solo una vez que se ha vivido podemos comprender; sin embargo. para vivir bien creemos que necesitamos comprender mientras vivimos.
Esta contradicción, lejos de ser un dilema teórico, sin solución, es un reflejo de nuestra experiencia cotidiana.
Los momentos que antes parecían vacíos o banales se llenan de sentido retrospectivo, porque la memoria le da forma al pasado, estremeciéndonos.
En la película existe un amor profundo y cargado emocional por los caracoles, un caracol, no corre, no escapa, no olvida. Carga su casa sobre el cuerpo, como nosotros cargamos la memoria: no como elección sino por sobrevivir y necesidad.
Y no hay heroísmo ahí, hay verdad.
Tal vez por eso Grace Pudel –nuestra estrella en esta película– quiso cargar y anhelaba ser un caracol, pero en esa idea de ser algo fuera de sí, se perdió. Rehuyendo su identidad, queriendo ser algo que no era.
La memoria no es algo que tenemos, es algo que somos, el tiempo no está fuera de nosotros: se nos incrusta, y nos modifica. El cuerpo recuerda.
Y con esto es inevitable hablar de Merleau-Ponty y lo que pensaba; que el cuerpo no es objeto en el mundo más bien es nuestro modo de estar en él, es nuestra condición de posibilidad para experimentar, sentir, recordar.
En Memorias de un caracol, el cuerpo aparece como una memoria viviente.
Porque no vivimos el tiempo desde afuera; lo vivimos desde el cuerpo, de nuestro ser encarnado que no se separa, el pasado no está detrás de nosotros como un archivo, sino en nosotros como un pliegue, como la forma de habitar el presente.
La adversidad, que llamamos, entonces, no es nada más un obstáculo. Es el punto de partida y el punto final, la adversidad se graba en la piel, en los huesos, en la respiración. Y no como algo que interrumpe la vida, sino como parte constitutiva de ella y nos obliga a preguntar, a mirar, a volvernos hacia lo que duele no para explicarlo o llorar sobre él, sino para sostenerlo, cómo debe ser.
Y en ese gesto –el de mirar hacia atrás con ternura– tal vez se encierre la posibilidad más pura de uno mismo. No avanzar por encima del pasado, sino cargarlo con dignidad.
Y tal vez mí escrito parezca cargado de un positivismo, pero no se trata de romantizar el dolor ni de alabar la capacidad de aguante como si fuera una virtud –que es lo que ya comenzamos a creer en este sistema–.
No hay glorificación aquí, lo que hay es ser, porque tenemos un ser encarnado que insiste, que arrastra, que guarda y no hay una luz al final del túnel: hay túnel, y uno aprende a ver con otros ojos dentro de él.
Y si este texto intenta algo, no es un alivio, sino una verdad. Tal vez entre líneas una forma de decir: sí, es difícil sostener la vida. Pero más difícil aún es negarla, lo que se afirma no es el futuro, sino la permanencia de lo vivido, que seguir no es superación, sino fidelidad. Es la vida misma.

