Vicente Mendiola

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“El hombre que llega más lejos es, generalmente, el que quiere y se atreve a hacerlo”

Daniel Carnegie

Reconocer a nuestros prohombres es engrandecer nuestra existencia, es edificar los cimientos de nuestro propio engrandecimiento al darle potencia a las ideas que nos han legado un porvenir venturoso. Forjar el alma de nuestro futuro implica necesariamente fijar muy fuerte la raíz de nuestro pasado.

 

Por eso, pasar lista a los hombres y mujeres que han dado lustre a nuestra Nación resulta un deber patriótico de lealtad e identidad con la tierra que nos ha visto nacer, es abonar a nuestra propia historia, que cual árbol frondoso se endereza y crece en la medida que aprendemos de lo que somos y lo que creemos, a la manera Aristotélica: aprendamos de las virtudes de la historia y construyamos una Patria más prospera aún, de la que nos han legado nuestros personajes ilustres.

 

Y es que, el hombre trasciende el tiempo y el espacio con la luz de sus ideas; pero es la magnificencia de su palabra convertida en torbellino: el sello infinito que marca su paso por el mundo, transformando realidades, recreando conciencias y conquistando voluntades. El hombre es la medida de sus actos, y tiene la capacidad sonora de repicar con júbilo el camino del progreso por el que ha andado, incitando a que sigan sus pasos marcados en el polvo de ventura.

 

Fue el Instituto Literario del Estado de México receptáculo del pensamiento; casa histórica del humanismo, antorcha sublime de la conciencia juvenil, legado del tiempo y presencia estoica de la historia de nuestro Estado; en ella y a través de ella se han escrito páginas de gallardía y de transformación social con sentido de pertenencia universal.

 

El pasado taumaturgo de luminiscencia y vida de nuestro Instituto, se convirtió en el resonar de hombres y mujeres preclaros que forjaron la historia misma de nuestro Estado y nuestro país. Como paraninfo de la ciencia y la cultura, el Instituto llevó en sus labios la luz del conocimiento, haciendo de la palabra: el instrumento predilecto de la enseñanza, arma para la libertad del pensamiento; sello inefable del tiempo que va desperdigando entre su transitar el engrandecimiento del hombre en todas sus potencias.

 

Por eso, humildemente venimos a pasar lista a uno de sus hijos predilectos, espejo de nuestras raíces y vórtice de la capsula del tiempo de la que abrevamos las nuevas generaciones para entender nuestro devenir, repensar nuestra historia, comulgar con la filosofía de la universidad pública y por supuesto, reforzar nuestra identidad institutense y universitaria.

 

Si por la palabra el hombre existe, por su conocimiento y vocación el Instituto se magnifico; se convirtió en presencia y esencia de las necesidades sociales. Esto propició que personajes como: Vicente Mendiola Quezada, el hombre luz que mezcla los elementos de la naturaleza con la fuerza creadora del espíritu; edificará las más excelsas obras arquitectónicas de su tiempo: para la administración pública, uso habitacional o bien de carácter religiosas, siempre dejando un legado a perpetuidad a favor de la sociedad; porque los hombres de su estatura no solo ven el arte mecanizado de edificar con el cincel y el arco, sino que ven en las necesidades sociales un abanico de posibilidades de servir, de recrear y de expandir el universo.

 

De esa talla fue el excelso maestro y arquitecto institutense: Vicente Mendiola, quien naciera en el municipio de Chalco, Estado de México el 7 de marzo de 1900. Promotor de la belleza de la humanidad y abrevando de los colores del alma, se convirtió en impulsor de la ninfa iridiscente que alegra el alma y recorre mediante la acuarela los hilos de la sensibilidad humana; acuarelista paradigmático, que en la catedra de Dibujo que impartía en el Instituto Literario del Estado de México, hacía gala de su habilidad psicomotora, pero sobre todo de la grandeza de su alma.

 

Su obra escultórica, tiene el suave vergel de la inmortalidad, el reconocimiento y el prodigio de la utilidad pública pues entre sus destacamentos se encuentran: la Diana Cazadora (escultura que se encuentra en la Ciudad de México), la Fuente de Petróleos Mexicanos, la Rotonda de los Hombres Ilustres en Guadalajara, el Monumento a los Niños Héroes y el Hemiciclo a Juárez en la ciudad de Toluca, destacando por su valor religioso: la Catedral de la Diócesis de Toluca; en su valor cívico, ético y cultural: el Monumento al Maestro del Instituto Científico y Literario de Toluca el cual se edifica a idea propuesta del Maestro Orador: Horacio Zúñiga, monumento infinito que nos da la cúspide para honrar a las almas fuertes que alumbran a la humanidad.

 

Su estilo arquitectónico Art Deco es un aporte no solo a los mexiquenses, sino a la humanidad en su conjunto, además de ello; su espíritu docto se refleja en la fundación del Colegio de Arquitectos del Estado de México, en donde aún se reúnen, las columnas edificadoras de grandes obras arquitectónicas. El maestro Mendiola dejó a la vista su obra arquitectónica pero también nos regaló, por medio de su pluma bellas letras a través de la revista “Juventud” que el mismo fundó y en donde permanentemente colaboró alentando el auge de la cultura universal.

 

Y así, de la mano de nuestro biografiado y de las plumas de diamante de diversas mentes mexicanas; las letras llenas de júbilo levantaron luminarias que incendiaron la conciencia de los mexicanos, despertando de su letargo a los gigantes, mujeres y hombres grandes en estatura moral que abrieron sus labios para pronunciar verdades  y animar el espíritu abatido del pueblo mexicano; la palabra se volvió ciclón y arrancó la indiferencia y la tartamudez de un país edificando colosalmente una antorcha centellante que libró batallas y encendió la esperanza.

 

De ese esplendor y magnificencia fue Vicente Mendiola, prohombre de estatura moral y grandeza cultural, que nos legó su bello arte escultórico, pictórico y arquitectónico; que también impulsara la exquisita muestra de las astillas de luz que se esparcen en el papel a través de la escritura. El legado de nuestros prohombres nos debe impulsar a alcanzar la ilusión de tocar con el índice las estrellas, porque la grandeza universitaria; está en la gente que a través de ella se ha forjado.