Vidas equivocadas

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La vida, según los clásicos, se vive con un solo objetivo: ser felices.

Sin embargo, tal parece que nos empeñamos en hacer justo lo contrario. Buscamos la felicidad en otras personas, en la obtención de logros personales o en la necesidad de mostrarnos como lo que no somos familiar y socialmente.  Eso sólo logra que cometamos errores que, en los más de los casos, acaban por no tener solución.

El asunto es simple, vivimos vidas equivocadas y hacemos esfuerzos descomunales por legitimar lo que realizamos, aunque perfectamente sabemos que no existe la cohesión y consistencia que den validez a nuestro dicho. Es una tristeza que eso siga pasando.

Acciones aspiracionales, verdades paralelas y negación de la realidad son, por añadidura, resultado de la necedad de queremos convencer de que lo que hacemos es o ha sido correcto.

En ello, nos convencemos de que haciendo tal o cual cosa lograremos éxito de alguna manera, pero bajo la premisa de quedar bien con los demás, no de sentir autorrealización o buscar nuestra propia felicidad.

Dos ejemplos. La idea de que siendo padres o madres lograremos trascender en el tiempo.  Por supuesto que hay quienes lo sienten genuinamente y trabajan para ello, se comprometen y entienden que ser padres implica, de alguna manera, asumir una responsabilidad permanente para el resto de nuestros días.

Si nos gusta la fiesta, la vida social o la vida nocturna, y eso nos satisface plenamente; ¿por qué renunciar a ello para ser padres?, ¿No es más honesto seguir así?

Cuando no se asume así, comienzan los problemas; falta de compromiso, de supervisión, hijos desbalagados y, en consecuencia, frustraciones y enojos.  Es decir, lejos de estar “completos” comenzamos a sufrir por lo que hemos dejado de hacer.

Segundo ejemplo: seguir pensando que hay que estudiar una licenciatura, por decreto, para ser alguien exitoso en la vida.  ¿Se han detenido a preguntarse si realmente tiene la vocación o la capacidad para hacerlo?, ¿Están dispuestos a comprometerse para hacer el esfuerzo y lograr la meta?

Sin la convicción real de hacerlo, porque nos llena y no porque tenemos que, llegará el fracaso, ya sea porque reprueban o desertan, y con ello la frustración que con el tiempo resultará tan negativa que cierra (o autocierra) otras puertas.

Vivimos en función de los demás, vivimos sin tener certeza de lo que queremos, vivimos por inercia y sin convicción, vivimos queriendo aparentar perfección cuando tenemos muchas áreas de oportunidad.

Lo peor, estamos convencidos de que estamos en lo correcto.   Solo pregúntese y sea honesto con usted mismo.  ¿Es feliz?

Si contestó afirmativamente, ¿Por qué se queja tanto?  Eso no checa con su decir, ¿o sí?

Bueno, eso pienso yo.