Viernes
Le cala el sol que le da de frente y piensa: –Está preciosa la tarde como para irse a encerrar a la casa. Diciendo esto, su mente hace paradas por lugares buscando cuál será ideal para una cita consigo misma.
A unos metros está una cantina llamada la Botana le llama la atención, lo piensa poco y estaciona el carro a unas calles. Está acostumbrada a llegar sin compañía, pero el lugar la hace dudar porque la mayoría son hombres con alcoholes encima, sin embargo, permitirse la aventura la convence.
Se sabe atractiva, lo que le permite un caminar erguida de la puerta a la barra sentándose en uno de los bancos cuidando que sólo se vean los chamorros dada la falda corta que lleva puesta. Su arribo a la cantina es acompañado por miradas incómodamente fijas en su cuerpo. Pese a esto, le sonríe al cantinero pidiéndole un whisky; el hombre la mira curioso.
Ella observa cada uno de los detalles, mira discreta a los comensales, escucha la letra de las canciones, metida en sus propios pensamientos desatados de la atmósfera.
Casi para terminar su whisky, el mesero le sirve otro trago diciéndole que lo mandan de una de las mesas: se siente como en las películas, halagada le pregunta por el protagonista y él le señala un hombre joven que le sonríe a manera de saludo. Nerviosa, medio reclina la cabeza agradeciendo; ese gesto aprueba al fulano el acercamiento.
El joven es atractivo y seguro. Él le pide permiso para sentarse, ella asienta, él le extiende la mano y se presenta. Inician una plática amena, divertida, coqueta.
Al término del segundo trago, ella se percata de la hora, corta la plática y se despide del fulano quien ofrece acompañarla al auto. Ella no sabe si confiar en él o arriesgarse a un susto fuera del lugar, así que acepta el acompañamiento.
Caminan hacia el carro, platican sonrientes, él le ofrece su brazo y ella acepta el detalle. Cuando llegan al auto, el hombre se recarga en el cofre. Hábilmente su cuerpo musculoso la atenaza por la cintura, envolviéndola en un fragante olor a caballero. Con sus manos toma su rostro para que lo mire de frente besándola repetidas veces, suave, ligeramente fuerte. Las manos del hombre son habilidosas: tocan su rostro, la abrazan, aprietan su cintura, atraen su cuerpo contra el suyo.
Ella ha detenido el tiempo, se pierde en el húmedo momento, a lo lejos escucha autos, entreabre los ojos mirando destellos de luces nocturnas. No sabe cuánto tiempo ha pasado en su boca, en sus brazos. Casi sin voluntad lo separa de su cuerpo, camina hacia la puerta del carro, se sube, él se queda a la orilla del auto, la mira en despedida.
Ella arranca el auto sin mirarlo, lleva en sus adentros, un viernes por la tarde.
