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Tengo una habitación con 3 walking closet, llenos de ropa de marca: polos de Ralph Lauren, camisas de Versace, ropa deportiva y zapatillas Lacoste, zapatos Carolina Herrera y un sin fin de marcas, que al ser tantas, me olvido mencionar algunas.
Tengo cinco cuentas bancarias, de diferentes bancos, en moneda local, en moneda americana, en moneda europea. Cargo en mi billetera Louis Vuitton, tres tarjetas de crédito, no menores a 100,000 dólares de saldo cada una, claramente son tarjetas de cliente premium, con acceso a todos los salones VIP de distintos aeropuertos del mundo.
Tengo una casa de cuatro pisos, en la zona residencial de la capital en donde vivo. La casa tiene ascensor, dos piscinas (para invierno y verano) una cancha de tenis, una sala de juegos. La casa ocupa una manzana entera, que hasta yo mismo tengo que utilizar un carrito de golf para poder recorrerla mientras que mis diez gran daneses corren detrás moviéndome la cola y cuidando cada paso que doy.
Tengo cinco carros para uso personal, una Jeep Rubicom cuatro puertas, para cuando salgo hacer deportes de alto riesgo, un Mercedes descapotable versión 2023, cuando quiero pasear en días soleados con mi esposa, una Chevrolet Suburban, cuando voy con el chofer y con toda la familia a cenar, (somos una familia grande, mi esposa y mis cuatro hijas) y dos más que no cabe mencionar ahora, porque casi no los uso mucho.
Tengo las visitas más altas en hoteles siete estrellas alrededor del mundo. Vivo saliendo de un hotel cinco estrellas y entrando a otro. Hoteles donde solo falta que me carguen en peso para que me trasladen a donde quiera ir. Las Suites que he recorrido no cabrían en un libro de 1000 páginas.
Tengo la comida que quiero, las neveras llenas, varias alacenas en casa, repletas de galletas, antojos, dulces, salados y demás, la mayoría son productos importados. Ir a un restaurante es parte de mi rutina cotidiana, no conozco domingo en donde hayamos comido en casa, siempre es un lugar distinto, un plato distinto, un mozo distinto. Las cenas y los almuerzos hechos en casa, para compartir con la familia y amigos, siempre son saboreadas y elogiadas por todos los asistentes. Vaya exquisiteses que se comen en esta casa, siempre exclaman.
Tengo peluquería propia montada en casa, en donde todos los días, me lavan el pelo con productos especiales para mi tipo de cabello y para los cabellos de toda mi familia. Cada uno de nosotros tiene su peluquera que lo atiende según el requirimiento o evento del día, así sea el evento más simple como ir al colegio o salir al cine con los amigos. El cuidado personal, empezando por el cabello, para nosotros es muy importante.
Tengo seis guardaespaldas, cada uno cuida a uno de nosotros, uno para mi esposa, otro para cada una de mis hijas y uno para mí. Son una maravilla, siempre cerca pero también lejos, porque sin tocarnos, siempre están pendientes de protegernos con su propia vida.
Tengo dos jets privados, no los uso siempre, eventualmente, cuando me canso de viajar en business class, me trepo a uno de ellos o cuando de un momento a otro tengo que irme a otro país y la hora me gana, las invitaciones y reuniones internacionales, me traen un poco agotado.
Tengo lapiceros Parker, Montegrappa, Cross, Mont Blanc, entre otras marcas, con los cuales firmo cheques, firmo documentos de compra y venta de mis propiedades y también mis libros publicados de negocios internacionales. Me paso la vida firmando y autografiando todo tipo de papel y libros.
Tengo todo esto que les he contado, y me pregunto: ¿Qué hago con eso?
¿Qué hago con la ropa de marca?, si ahora sólo puedo usar una bata blanca amarrada con dos pitas por la espalda.
¿Qué hago con todas las cuentas del banco y las tarjetas y el acceso a los salones VIP?, si ahora ese dinero no me sirve, y ya no puedo viajar porque no tengo fuerza y la máquina de diálisis se ha convertido en mi siamesa.
¿Qué hago con la casa de cuatro pisos con piscinas y ascensor?, si estoy casi todo el día en el lugar de paredes blancas, lleno de monitores que me tienen preso y no me dejan ir.
¿Qué hago con los cinco carros de uso personal?, si ahora me muevo en algo parecido a un camión chiquito color blanco, que una vez que sale de casa, prende unas sirenas, va más rápido que un fórmula 1 y todos los carros le abren paso.
¿Qué hago con los hoteles de siete estrellas y sus famosas suites?, si ahora ando recorriendo edificios de paredes blancas, y cada cierto tiempo me botan de ahí porque dicen que ya no hay fórmula científica que pueda conmigo.
¿Qué hago con la comida, las exquisiteses que siempre me daban en casa y en todos los lugares donde iba?, si ahora vivo comiendo la dieta x, la dieta z, la dieta g, todas llenas de vegetales y cosas raras, que no tienen sabor y que mi cuerpo las expulsa porque ya ni eso tolera, ya no tolera basicamente nada.
¿Qué hago con mi peluquería montada en casa, llena de shampoos de las mejores marcas y los mejores tratamientos capilares que existen en el mundo?, si ya me quedé calvo y no me sobra ni un pelo que me pueda tratar dentro de ella.
¿Qué hago con mis seis guardaespaldas que nos cuidan?, si ahora estoy rodeado de seis personas que me miden hasta el pulso y están pendientes de que no me duerma para siempre.
¿Qué hago con mis jets privados, donde volaba a donde se me antojaba y compartía la experiencia con quienes amo?, si ahora me movilizo con las justas en silla de ruedas, no la eléctrica, porque ya no tengo fuerza ni para apretar el botón de avanzar y necesito a alguien que me empuje.
¿Qué hago con mis lapiceros finos de puntas y tintas variadas y colores para cada ocasión?, si ahora sólo uso uno, que lleva el nombre del lugar donde me encuentro y en donde todos los días firmo papeles distintos para múltiples procedimientos aplicados a mi enfermo, débil y desgastado cuerpo en estado terminal.
Tengo todo, sin duda, que maravilla dirán algunos, pero no tengo y no puedo comprar, porque no existe, la fórmula indispensable para seguir vivo.
–Escrito por un Magnate de 38 años, en estado terminal–

