¡Ya es Navidad!
La Navidad es, desde mi percepción, un espejo donde se refleja la verdad de nuestras almas. Una festividad que nos hace ser más reflexivos y nos invita a mirar nuestro interior para encontrar esa luz que nos haga más humanos.
Un periodo especial para compartir con los seres queridos. De olvidar y perdonar todo aquello que nos roba la paz y nos aleja de nuestra verdadera esencia, que es la del amor, la bondad y la generosidad. Es, a su vez, un tiempo donde las ausencias se hacen más notorias, con momentos de amor y cariño por los que ya se han ido.
La Navidad es ese abrazo cálido que se siente y se da desde nuestro interior. Momentos para sentirse conectado con lo maravilloso de la vida, en esa magia que nos invita a no apagar la luz de la esperanza en un futuro con mejores días.
Es tiempo de disfrutar de las pequeñas cosas, pero sobre todo, la Navidad es un recordatorio de que el amor es la respuesta a todas esas dudas que nos alejan del que es profundo y de la fe verdadera. Es la estación ideal para abrir el corazón y dejar que fluya éste como agua de vida y luz de sueños cumplidos.
El pesebre como símbolo de humildad, en ese entorno de cálida sencillez donde se nos muestra la inocencia del Niño Dios que nos anuncia la buena nueva y ver que hay otra manera de andar por el mundo, lejos de malicias, vilezas y crueldades. Son la fe, María y José, entrega y humildad que, junto con el Niño Dios, nos guían para que podamos salvar a la humanidad.
Navidad, ese sagrado llamado a reflexionar sobre el verdadero amor, el que da sentido a nuestras vidas y nos ofrece el regalo más preciado: amar y ser amado. Es tiempo de paz, es tiempo de solidaridad que no podemos desperdiciar; la vida no es tan larga como para dejar pasar esa grandeza a la que nos invita: amar a los demás, ser como un sol que alumbra y da el calor, ser mejor para gozar en la humildad de todos esos dones que ésta nos ofrece.
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¡Ay, Navidad!
que llegas
vestida de colores
con villancicos de esperanza
en tiempos mejores.
Ojalá no fueras una estación
que dura unos pocos días
donde todos parecemos
ser mejores personas
con un alma generosa.
Que realmente
pudiéramos meter en la piñata
todas nuestras desvirtudes
y darles de palos
hasta terminar con ellas.
Y que el árbol de navidad
diera frutos de eternidad
que alimentara nuestros
pensamientos y acciones
por el bien de la humanidad.
Que todos practicáramos el respeto,
la empatía y la solidaridad,
sin condicionantes ni favoritismos;
no unos pocos días,
sino por toda la eternidad.
¡Ojalá que siempre fuera Navidad!
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Que la celebración del nacimiento del niño Dios traiga para ti y tus seres queridos un reguero de bendiciones que perduren por siempre en la mayor felicidad.
¡Feliz Navidad, queridos lectores!

