Amantes en la distancia
Viene del capítulo II. Aquí lo puedes ver.
Un milagro que no se realizó. (Capítulo II) – Poder Edomex
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Basado en hechos reales, los amantes existen, así como las calles de paredes blancas. Los claveles y los geranios aún siguen en los balcones. Las cortinas no paran de bailar porque el destino no deja de suspirar. Y por respeto a la estrella que alumbró a los amantes, no diré sus nombres, tan solo puedo decir que son de buenas costumbres, solidarios, amigos de sus amigos… y tienen, entre otras virtudes, las de besarse a cada instante por los portales.
Amantes en la distancia, una historia que no se llegó a consumir del todo. Fueron altas Las llamas del espíritu, (Editorial fantasma), y bien negro el humo que nublaron mis ojos, pero, a pesar de mi desventura, pude sacar fuerzas de flaqueza y me volví al punto de partida. Aquella ventana del corazón, donde me esperaba mi gato con el escepticismo del que se sabe escaldado y conoce bien las historias de fantasmas, (dícese de las editoriales que aparentan lo que no son).
Cuando llegué de nuevo a mi casa, me lo encontré dormido en el sofá; a su lado, una copia de mi novela convertida en cenizas. A intuición me ganaba, sabía de mi infortunio y me estaba mandando un mensaje en clave; la página por la que estaba abierta era la prueba.
El destino baraja las cartas.
El destino, cuando descubre sus cartas
a veces, es un hechizo, magia de la vida.
Él se asomó al balcón cuando sintió la llamada
Ella, alzó la mirada porque sintió la llamada.
—El destino barajaba las cartas
Ella estaba tan lejos que mil millas la separaban
Él hizo un ruego: que en su camino se cruzara.
—El destino había lanzado las cartas.
Él, mirando la estrella, sintió que le hipnotizaba
Ella estaba segura, no podía ser otra que aquella.
—El destino dijo: de copas él, de corazones ella.
Ella, suspirando, se llevó sus dedos a la boca.
Él, con su mano en el pecho, la estrella sujetaba.
—El destino, sonriendo, juntó las dos cartas.
Pasaron los días, las semanas, casi una vida.
Y en una calle llena de flores y paredes blancas.
—El destino nunca se equivocaba.
Él, detuvo sus pasos, dejó de caminar y se dijo:
No está lejos, lo sé, sé que la tengo muy cerca.
Ella alargó la mirada, había sentido lo mismo.
Y de repente, al volver la cara, lo vio de espalda.
—El destino se hizo luz, una que salió de la nada.
Él se dio la vuelta, una blanca claridad lo llamaba
y se dijo: Es ella, la estrella que ayer me miraba.
Ella sintió de pronto cómo su corazón palpitaba
y alargando sus manos a quien ayer esperaba…
—El destino había realizado el hechizo del amor
… Él, corrió hacia ella y tomando sus manos, le dijo:
Ven, amor, andemos los caminos, es nuestro destino.
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El destino vio cómo marchaban juntos, agarrados de sus corazones, por calles de paredes blancas, puertas abiertas y ventanas con postigos azules.
Colgando en los balcones, como ofrendas al amor, macetas de claveles reventones y de geranios granates. Aromas de hierba buena perfumaban el aire, y en las puertas abiertas, coquetas cortinas de colores bailaban al compás de la brisa del destino que suspiraba.
A medida que caminaban calle abajo, agarrados del amor y envueltos por los aromas de un presente que los acompañaba y aquellas cartas que los unieron para siempre, vieron…
Al final de la misma, olas blancas bordadas de encajes con incrustaciones de preciosos corales y más adelante, una inmensa pleamar de mares verdes. Un horizonte de tonos azules y, un cielo salpicado de nubes blancas, fueron testigos de la magia: la baraja que hizo posible un amor en aquellos que se amaron en la distancia.
Y dando por finalizada la jornada, el destino, sonriente, alegremente se retiraba, sabía que no se equivocaba.
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Llegó la noche y una calma que invitaba a abrir el alma, entre el canto de los grillos y los aromas de las rosas, en un cielo cubierto de estrellas, una que deslumbraba con el titilar de latidos de corazón, entró por la ventana donde dos amantes que hacían el amor se miraban mientras sus cabellos relucían como la plata.
Y con una voz que era un susurro de amor y ternura, él le dijo a ella: ¡Qué guapa está mi linda enamorada!
Ella, con la cabeza en el pecho de él, se quedó dormida y él, con sus manos repletas de ternura, le acariciaba la cara.
Y ahí acabó el día, preludio de un amor que seguiría por calles de paredes blancas, de rejas azules y balcones llenos de flores. La brisa, que acariciaba las cortinas de aquellas puertas abiertas, eran los suspiros del destino, que ayer, con su poder infinito, dijo:
De corazones, ella, de copas, él. Y sin que nadie se diera cuenta, bebió de aquella copa, mientras que, con placer, saboreando la dulce esencia de un gran amor…
Calle abajo, las sombras de los amantes, agarradas de la pasión, iban hablando de sus cosas y lo hacían con las miradas, mientras que el destino suspiraba y las cortinas bailaban.
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Lentamente, se acercaba la alborada, mientras en el cuarto, los amores que nacieron en la distancia, eran filamentos rojos que danzaban en el aire, al son de la sinfonía que componían los amantes. La magia del destino, que baraja las cartas, hizo posible ese instante donde se funden aromas, suspiros, caricias, besos y sueños.
Ella, dormida en el pecho de su enamorado
y Él, con infinita ternura, le decía pensando:
¡Qué bella y linda estás dormida, vida mía!
Al tiempo que una dorada sonrisa relucía.
Era la de ella, que, sin decir, le respondía:
Eres la estrella que ayer me miraba y yo,
la que oyó tu llamada y por ti suspiraba.
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Una luz, que titilaba como latidos del corazón
a través de la ventana cercana, los miraba.
Era el destino que barajaba las cartas.
El destino envuelto de magia y fantasía.
Era una copa rebosante de pasión y ternura.
Y un corazón tan hermoso como la pureza.
Eran dos enamorados que ayer se buscaron
y, con la mágica ilusión del amor, se juntaron.
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Bendito destino, benditas cartas, benditas calles de paredes encaladas. De puertas abiertas, con postigos azules, de coquetas cortinas que bailan al compás de los que iban agarrados de sus corazones, se hablaban sin palabras y se besaban con las miradas.
Y bendito el destino que los mira sonriendo; sabe que en su baraja faltan dos cartas. La de corazones de ella y la de copas de él.
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Y bendito por siempre tú, que has puesto la luz que les falta a mis historias. Gracias, muchas gracias, tu presencia le da sentido a las mismas.
Que Dios guíe tus pasos, proteja tu corazón de dolores y penas, y colme de bendiciones tu alma.
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En el amor, la clave está en no rendirse nunca jamás; su fuerza es capaz de hacer florecer las hojas marchitas del desaliento.

