DOS PALABRAS DOS

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Todas las profesiones del ser humano tienen sus especialistas. Al revisar la vida de varios periodistas encuentro hechos que comprueban cuán importante es la vida de ellos. Escritores del diario que van dejando en las páginas y ahora en los medios que incluyen a todas las redes sociales, pues no hay duda de que el Internet vino a cambiar, para siempre, la forma de vivir, la forma de comunicarnos en todas las áreas en que está la mano y el cerebro del hombre y la mujer. La lectura del libro Dos palabras Dos / Crónica de un informe de los periodistas María Luisa La China Mendoza y Edmundo Domínguez Aragonés, cuando eran esposos, es un viaje importante por quienes dejaron huella en el siglo XX dentro de la prensa nacional.

Cito el texto de la cuarta de forros, pues es lo más explícito sobre lo que son, en el mundo del periodismo y de la novela, dice: Dos palabras Dos son las voces de una muy sólida pareja de periodistas y escritores que remontan el lugar común de las crónicas y ponen la proa rumbo a la expresión de la real experiencia personal, a la consignación de la verdad. De ella, María Luisa La China Mendoza, los lectores saben que es una escritora de garra, una voz que traslada a las letras su relato sin pérdida de fuerza ni vigor. Escribe —han dicho— “de la manera que le da su real gana, como tirando piales: florea, doma. Ella es, pues, lenguaje vivo y testimonio vital, visceral: creadora”. Los que hemos leído a La China Mendoza, y tuvimos el privilegio de verle cuando ya no salía de su hogar, por allá en la Colonia Chapultepec, a pocas cuadras de donde vivía, en Gelati 38, el poeta siempre recordado Alí Chumacero, en la ciudad de México. Bien recordamos a una mujer indomable, amiga de sus amigas y, sus amigos. Leal hasta chocar con la pared. Un ejemplo de ser humano que lo mismo defendía a la mujer que a los hombres —pues al igual que Dolores Castro, la poeta admirable—, sabía que la igualdad y la justicia en la sociedad para hombres y mujeres, tiene que ser una tarea conjunta: no la idea tonta de que para acabar con el mal hay que echar al desagüe el agua y al niño; es decir, acabar con el hombre, pues, ciertamente, ha sido el principal enemigo de una justicia social, económica, cultural, educativa y de relaciones emocionales, que desde hace cientos de años debería de ser una relaciones de iguales en todos los sentidos. Por eso este libro me llamó la atención, pues recuerdo esta pareja de reconocidos periodistas; para variar, además, eran excelentes escritores, particularmente en el mundo de la novela.

Leo lo siguiente: El, Edmundo Domínguez Aragonés, es un flaquito con bigotes zapatistas que anda por ahí repartiendo frasesotas optimistas a todo el mundo, escritor que dice lo que tiene que decir, de gran fuerza narrativa y visión plástica, un recreador de la realidad. Él es, pues, pensamiento y acción, constructor y destructor: creador. Han escrito los dos: Con El, conmigo, con nosotros tres; De Ausencia; María Luisa La China Mendoza. Argón 18 inicia y Donde el agua es blanca como el gis, Edmundo Domínguez Aragonés. Ésta, en un estricto sentido literario, es su primera experiencia común… Texto de periodistas y para periodistas, refleja esa experiencia a la que perteneció en buena parte el mundo de la prensa de mitad de siglo y en adelante para quienes se forjaron, en cuanto a generación progresista y de principios revolucionarios, que venían ciertamente de la escuela del Cardenismo, pues en su adolescencia o en su juventud vivieron este sexenio, que dejó tantos adeptos, como lo vimos con don Francisco Martínez de la Vega y José Alvarado.

No dudaría en poner los nombres de José Pagés Llergo y toda esa escuela de escritores venidos del sureste de nuestro país. Cito el inicio del texto que refiero: UNO / Subo la escalera de la Cámara de Diputados apresurada y hecha la mocha porque ya oigo los pasos del Presidente entrando a dar su informe, el segundo de su gobierno. Detrás de mí la memoria de la periodista en uno de sus días grandes: el de correr atrás y delante de la columna que del brazo avanzaba con el Primer Magistrado en medio saludando al júbilo mañanero que sólo en una fiesta cívica y mexicana poder ser, por minuto, irrepetible (¡falta una cuadra, ya se va a acabar, que desdicha de tiempo instantáneo para tanto recordarlo!). El tiempo recobrado al revés: confeti enorme, ya no redondo sino cuadrado, verde, blanco y colorado por millones apretando todavía más la calle flaca de Allende y que caía arrojando a puños por ciudadanos del balcón, gritones, felices, impulsivos, sin consigna y que se levantaron temprano para asomarse a ver pasar a la gente, ahora a su Mandatario y a quienes lo acompañan, fotógrafos, luciérnagas entercadas, periodistas de la fuente cubridores, guaruras de película, niños que se disparan hasta media calle, meseras con la cofia y el mandil a como Dios les dio a entender y que gladiolan a Echeverría, así, a secas como le gritaban al hombre hermoso, fuerte, giro y sonriente que iba a darles cuenta a la Cámara Legislativa. Eran otros tiempos, ahí en Donceles, ahí donde tantos hechos de nuestra historia siguen escritos, para recordar que el país no se fundó con gobiernos que llegan a tratar de arreglar la historia a su muy especial ánimo e ideas dementes. Esos tiempos ya no regresaran, son aquellos de los primeros años del setenta, del siglo XX, y nos recuerdan que había un rito que alcanzaba al país desde el centro de la capital de la República, el corazón de México. Un libro de crónica ejemplar. Un texto afortunado porque habla de los periodistas en un día que es mágico, el escenario que se preparaba con tal furor y todo cuidado, pues era el día dedicado al Presidente de México, al hombre que reunía todos los quereres de este país posrevolucionario. Leo: DOS / Con sus oficios y artificios el reportero evoca su memorial de cronista en el que incluye Balbuena, a Guillermo Prieto y Novo, porque va a hacerles guiños a sus páginas; porque el reportero es un compulsivo toma notas; cotejador pasional de seres, rostros, ojos, bocas; calles, edificios; olores y sabores; ruidos: grito, aplauso, porra; hechos históricos que presencia protagonizados por el pueblo, los hombres de la política, a la inteligencia y los de la billetiza; porque es probable que esta mañana Clima, luz y sombra dispuestos por un inteligente escenógrafo) el reportero, el periodista combata al escritor, al taquígrafo mental, al cronista, al ciudadano en los papeles que indistintamente adoptará mientras la cronología de la actividad del Presidente, en ocasión de su Segundo Informe, como su Cronos lo indica, franquea su camino de lo vivo a la letra impresa. Dos periodistas que nacieron para serlo. Dos narradores que nacieron para serlo. Dos, hechos pareja sentimental, que a dúo deciden cubrir el segundo informe de un presidente de la República que estuvo dispuesto a ser un líder no sólo en su país, sino también, en el planeta donde habita con sus ideas que van más allá de la defensa de Tercer Mundo, más allá de la Guerra Fría entre capitalismo y socialismo. 

Leer este libro es una experiencia única, es retornar a esos primeros años del gobierno echeverrista en el que explotaba el júbilo del pueblo por ese día emblemático del primero de septiembre de cada año. El día del Presidente de la República, el día que se informaba de los logros que la patria veía llegar a sus manos en aciertos rurales y urbanos, en logros sociales y bienestar económico. ¿Cómo fue que esos días se fueron diluyendo para dejar de tener esta tradición de éxito y gloriosa muestra de lo que era la patria?… Este libro trae esos recuerdos en dos periodistas de cepa, de fuerte raigambre y amor por las letras. La muerte en primer momento de Edmundo Domínguez Aragonés fue suceso de triste memoria. Lo ha sido en este siglo más triste saber del fallecimiento de la legendaria María Luisa La China Mendoza. Los dos, son ejemplo del trabajo directo, objetivo del reportero, un espacio que cubre perfectamente todas las cualidades del periodista de banqueta, de sala emperifollada, de los lugares más inquietos —por ejemplo, el lugar donde asesinaron a Luis Donaldo Colosio Murrieta— sólo el reportero presente ha de recordar los hechos tal cual sucedieron.