EL ARTE QUE ALIMENTA EL ESPÍRITU, ¿Y EL BOLSILLO QUIÉN LO LLENA?
Suena de fondo en la oficina Concha Buika, quien es una cantante de origen hispano; la letra de la canción es contundente cuando dice: Las ciudades destruyen las costumbres. La música sigue sonando y rebota en mi mente lo que trasmuta de un espacio a otro, el valor que tienen las cosas para un lugar y cómo esas cosas pierden valor cuando llegan a otro destino. Pienso entonces en la música, la poesía, las artes plásticas, la fotografía y el teatro.
En Toluca, como en muchas otras ciudades, cuando alguien se pronuncia como artista, la gente, idealizando el concepto de artista, adjudica sólo el término a aquel cuya economía depende del arte. Entonces, ¿qué sucede cuando el artista es quien publica su obra de manera independiente? Cuando a la hora de sacar su margen de ganancia el artista observa que le faltan algunos pesos en el bolsillo para completar lo que invirtió.
¿Y qué hay del día que presentó en escena su obra y que su público eran sus amigos y familiares? Porque, claro, la gente invierte tiempo y paga por ello cuando en la cartelera se anuncia un artista de renombre. La lógica del ser humano toma como algo de prestigio acudir a donde van las masas; por supuesto, publicar en redes sociales que invirtieron tiempo al acudir a un evento gratuito de un supuesto artista que nadie conoce no causaría envidia y tampoco pagarían por verle.
Me cuestiono cuánto estaríamos dispuestos a pagar por un concierto de Andrea Bocelli en el Foro de las Estrellas. ¿O cuánto tiempo destinaríamos en una fila interminable para firma de autógrafos del novelista mexicano Guillermo Arriaga? Un poco más comercial, como aquellos que anticipan su entrada al museo de la Casa Azul, en Coyoacán, en la que vivió la mayor parte de su vida la pintora mexicana Frida Kahlo. Vuelve a resonar el eco de los nombres de artistas toluqueños en mi mente. La pregunta cambia: ¿Y a quién le interesa conocer a los artistas que ofrecen su arte de forma gratuita?
Cuando algo tiene un precio, para el cerebro es porque tiene valor; lo gratuito es sinónimo de simple y bajo en calidad. De modo que el artista independiente y local tiene dos tareas; la primera es convertirse en promotor y difusor de su propia obra, la segunda es ofrecer al público su obra de forma gratuita. De ciudad a ciudad hay costumbres que se arraigan en la memoria colectiva; si algo está a mi alcance, entonces no debo pagar por un servicio de un artista que no es reconocido.
¿Cuántos libros andan por ahí regalados sin ser leídos porque sus autores no están publicados por una editorial de prestigio? Y vuelvo a las ciudades y sus costumbres, puesto que afirmo que no se es artista en su tierra; lo digo modificando un poco lo que dice el refrán original. Algunos de los artistas locales que lograron destacar tuvieron que salir a otras ciudades en busca de nuevas relaciones, otras mentes, otros mundos. En su mayoría, estos artistas lograron posicionarse; sin embargo, no consiguieron el mismo reconocimiento en su lugar de origen.
Pienso en talento y amor al arte de algunos artistas apasionados por mostrar su trabajo al prójimo, es decir, al más cercano, porque sí, hablar del prójimo no solo implica ayudar al que creemos que lo merece; es comenzar por el que está a mi lado y no solo decirle: Dios te bendiga, el discurso religioso puesto en acción tiene más peso que un sermón completo. Pienso también en la narrativa que esconde poesía del narrador Miguel Ariceaga, en la crónica gráfica que guardan las fotos de Juan Enriquez, en la pasión con que Blanca Luna y el dramaturgo Samuel Pérez Ortega dejan su amor por el teatro en un escenario, la belleza femenina capturada en sus retratos de la artista plástica Sul-Uba.
El arte, en cualquier manifestación, llena el espíritu del hombre; el artista es un hombre con los poros del cuerpo abiertos; por eso vive, por eso se entrega, porque siente mucho, aunque esto implique entregar su trabajo a un público al cual todavía hay que convencer para que observe o escuche la obra. Por ello, el bolsillo del artista local permanece vacío, y su espíritu rebosa.

