MORALISTA EXTRANJERO

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¿Cómo no reflexionar en soledad que ha de vivir al acercársele la muerte a nuestro José María Heredia y Heredia?… No hay moralista que no sea odiado por los enemigos de la patria. No hay moralistas sinceros, incorruptibles, que no deseen los enemigos de lo humano su desaparición. Ejemplo en este año del 2022 son los asesinatos de periodistas en México, ello es prueba del valor que tiene en aquel tiempo el cubano-mexicano, arriesgando su vida por escribir artículos, extensos y de profundo conocimiento de malos hábitos en los delincuentes. No se detiene en señalar males que ocasionan corrupción e impunidad en toda acción que mancha imagen de México, vida de familia y comportamiento individual. Sus textos son prueba de grandeza de alma que tiene este hombre universal, cita Garófalo Mesa las palabras del cubano: Cuando hayan intervenido en la administración de justicia, no podrán menos que confesar que todos los miserables que ensangrientan los patíbulos y pueblan los presidios y cárceles, han debido su desgracia a la embriaguez o al juego. El hombre desmoralizado por el hábito de una ocupación viciosa, exaltado por una serie de sensaciones violentas y desesperadas por el rigor de la fortuna, se arroja al robo, como medio pronto y fácil de reparar sus pérdidas, o en la agitación calenturienta que le consume, inmola a sus semejantes por una leve provocación, que sólo hubiera excitado su risa o desprecio en una situación más tranquila

Leer estos textos nos recuerda al poeta de la Patria, Ramón López Velarde, cuando señala la actitud desleal, deshonesta, de aquellos que habiendo sido porfiristas y gozado de sus privilegios en la corrupción e impunidad de aquella dictadura; al salir a su exilio Porfirio Díaz en el buque Ipiranga, brincan del lado revolucionario con la mayor desfachatez. Habiendo escrito todo tipo de cosas violentas contra Francisco I. Madero, ahora se convierten en sus más fieles seguidores, con tal de recibir cargos que les han de permitir seguir corrompiéndose: esa es la mala ‘escuela’, modus vivendi, en el que no extraña lleven a familia, amigos y vecinos; todo es corruptible, desde los años de inicio de la Independencia en este país. Así lo ve José María Heredia y en sus escritos deja el recuento de lo que sucede en esa sociedad y avisa —porque esa es la magia de las palabras que siendo verdaderas para un tiempo, son verdaderas para el futuro—, que estemos atentos a que tal comportamiento puede ser el mal que como cáncer carcoma al país independiente. Sí, sus palabras son trashumantes y van más allá del tiempo, dice: ¡Qué triste campo ofrece una talla del monte al observador filósofo! El heredero opulento, el artesano humilde, el ministro de culto, el valiente militar, el estafador, el facineroso, todas las clases, todos los caracteres, se mezclan y se confunden en torno de la funesta mesa. ¡Que contrastante forma de agitación tumultuosa, la ansiedad mortal de los puntos, con la magnánima impasibilidad del montero! Mientras la mano trémula del alce va corriendo las cartas fatídicas, sus desgraciados compañeros, pálidos sin respiración, pendientes de la baraja, cuyas pintas sucesivas devoran sus ojos desencajados, parecen vacilar entre la vida y la muerte. Llegó el momento…! ¡Oh, cielo! ¡Quebró la regla que se hacía! El ministro de Birján pronuncia con voz solemne el oráculo y los montes de oro, elevados con varios laboriosos albures se desploman en el cuero que dominaban y confundidos con el mezquino foso del andrajoso proyectista se abisman entre las inalterables masas del fondo. El despecho, la rabia, la desesperación, se pintan en los alterados semblantes de los errados; en sus labios convulsos espira y estalla la execración, la blasfemia; y aún el gozo efímero y feroz de los acertados, tiene en su chocante expresión no sé qué de siniestro y diabólico

José María no entraba a esos tugurios por la pasión de jugar. El entraba para ver el comportamiento de aquellos que en lugar de estar en el campo en la labranza, o en los incipientes espacios de artesanía o de la industria, que no fue en su tiempo dejada en libertad de crearse y mucho menos de consolidarse por decretos del real imperio, que le negó a sus colonias el poder de producir hasta su propio consumo y bienestar.  

Entra a ver el comportamiento de los seres humanos. Entra sin que los demás piensen en lo más mínimo, que el hombre es un observador del comportamiento humano: el mal y el bien. Se educa en su capacidad de lectura que conoce en griegos y romanos; en culturas que le llegan a través de libros o revistas y de la prensa. Ve a diario el comportamiento de hombres porque nace para ser estudioso del mundo social. De ese mundo que tiene mucho que ver con el tema psicológico de lo humano, y del preguntarse: ¿Por qué somos así y, diferentes uno de los otros? Pensador no muy alejado del filósofo. Ético a toda prueba. No hay nada más odioso para los de la comunidad, cuando esta comunidad es corrupta y deshonesta, que encontrarse con un curita, que les eche sermón a toda hora por su mal comportamiento. Sus escritos son prueba, citado por Garófalo Mesa: Empero, por una de aquellas inexplicables contradicciones que presenta el espíritu humano, los hombres desmoralizados que osan vivir del fruto de tantos horrores en vez de inspirar aversión y desprecio, son atendidos, considerados, ejercen públicamente su profesión, que casi se reputa honrosa, se llaman hombres de bien, viviendo de la estafa y el pillaje, y muchos de ellos disfrazan su bajeza con brillantes insignias militares que se creerán adquiridas en nobles afanes del campo de la gloria

Era el año de 1831, parece que hablara de este año 2022, a casi doscientos años el mal de los inmorales está más presente que nunca en nuestra patria para tristeza y desaliento. Nos hemos olvidado de aquellos hombres y aquellas mujeres, que con su actitud en favor de la ética han hecho el ejemplo del ciudadano que al vivir en sociedad civil cuida sus hábitos, para ser ejemplo de que hay en la comunidad la fuerza moral suficiente para enfrentar aquello que le deteriora y le corrompe. Moralista, que no moralino, es el cubano-mexicano quien sabe que en China o en Grecia, Rusia o Cuba, la honestidad es un bien de la humanidad que siempre está ahí: diciendo a corruptos que no han de ser más importantes que el ser ético, que es capaz de decir al becerro de oro que no se vende. Heredia es un hombre que no se vende —pudiendo hacerlo—, cambiando de bando al mejor postor. No se puso a las órdenes de políticos de aquellos tiempos, que convierten a la patria en el México bárbaro del siglo XIX. Es claro en sus escritos, no lo deja como un tema de palabras que se lleva el viento; lo escribe una y otra vez, en tratados sobre ética y moral que deben de ser por igual ejemplo en México que en Cuba —para americanos— tanto como europeos. Más que un filósofo, José María es alguien interesado en el comportamiento del ser humano: ética y moral como sustancia de la cotidiana existencia del hombre o la mujer. Sin esos valores sólo se puede encontrar monstruos que destruyen la sociedad. Lección de 1831 tanto como para este siglo: aunque pasemos sin voltear a ver tal lección pues nos recuerda malas acciones ante los demás y ante uno mismo. Heredia escribe: En vano existen leyes represivas de tales desordenes. Parece que la revolución, al destrozar las cadenas coloniales, rompió diques saludables impuestos al crimen y a la licencia, y aquellas disposiciones penales carecen de fuera, porque las dictó el rey de España. Tal vez su misma severidad dificulta su aplicación y el mal ha cundido tanto que parece desafiar los esfuerzos de la justicia. Más salga éste de su apatía, cese un funesto disimulo, y todo mudará de aspecto”. 

Quien habla por medio de José María Heredia es la lección que recibió el hijo del que fuera autoridad legal y comportamiento ético en la aplicación de la misma: su padre. No hay duda que el adolescente y joven Heredia, miró el comportamiento del padre en su labor como autoridad jurídica del reino español. Por eso defiende, por lo que vio y vivió, en lección cotidiana del padre el no venderse al mejor postor: así sea al presidente del país, general Antonio López de Santa Anna, al que pudo venderse dejando su ética humanista.