La duda del nuevo Tomás: entre el escepticismo y el fanatismo
Tomás fue el primero en decir que todo aquello había sido una pérdida de tiempo. Lo dijo mientras el grupo descendía por el camino húmedo que salía del bosque, cuando la tarde comenzaba a cerrarse sobre las montañas y la neblina borraba lentamente los límites entre los árboles. Habían llegado esperando encontrar una experiencia extraordinaria y Shantal, en cambio, les había hablado de silencio, respiración, meditación, conversación y ayuno. Ninguna de las imágenes con las que habían alimentado el viaje se había materializado. No habría ayahuasca, hongos psilocibios, peyote ni cacao ceremonial. Tampoco habría una ceremonia exótica que pudieran contar después como una revelación. Para Tomás, que era ingeniero biomédico y se había acostumbrado a desconfiar de cualquier afirmación que no pudiera sostenerse mediante evidencia, aquello confirmaba una sospecha previa: demasiado misticismo alrededor de fenómenos que quizá podían explicarse de manera mucho más sencilla.
Los otros cinco que abandonaron la cabaña no compartían exactamente su postura, aunque todos sentían alguna forma de decepción. Miranda había llegado después de terminar una relación de muchos años y esperaba que algo suficientemente intenso pudiera marcar simbólicamente un nuevo comienzo. Rodrigo estaba ahí por curiosidad y quería comprobar si eran ciertas las historias que había escuchado sobre experiencias profundas en aquella zona. Fernanda sentía interés por la etnobotánica y por las tradiciones ancestrales relacionadas con ciertas plantas, aunque tenía claro que tradición cultural y evidencia médica no eran lo mismo. Julián llevaba meses viviendo dentro de una apatía difícil de explicar y había imaginado que un acontecimiento extraordinario quizá podría despertarlo. Sofía simplemente había aceptado acompañarlos porque le fascinaba viajar sin demasiados planes y porque, en el fondo, pensaba que algunas de las mejores historias empiezan precisamente cuando uno no sabe con exactitud qué está buscando.
Habían sido doce al comenzar aquella jornada. Seis permanecieron con Shantal y seis decidieron marcharse. Mientras avanzaban hacia Avándaro comenzaron a burlarse amistosamente de la situación y a fabricar explicaciones que hicieran menos absurda la excursión. Tomás insistía en que probablemente los otros seis pasarían horas interpretando cualquier emoción como revelación espiritual; Miranda decía que, por lo menos, ellos podrían aprovechar la noche para divertirse; Rodrigo proponía encontrar un lugar donde beber algo y convertir el fracaso en anécdota. Sin embargo, la hora ya era demasiado avanzada para regresar cómodamente a la Ciudad de México. Buscaron alojamiento y encontraron una casa rodeada de pinos, con una terraza amplia, chimenea y grandes ventanales desde los cuales podía observarse cómo las nubes comenzaban a reunirse sobre Valle de Bravo.
La idea inicial fue sencilla: cenar, abrir unas botellas y olvidarse del asunto. Compraron comida y alcohol, acomodaron las cosas sobre una mesa y se dispusieron a convertir la noche en algo mucho más convencional. Pero una tormenta comenzó poco después de que llegaron. Primero hubo relámpagos a lo lejos; luego la lluvia cayó con una intensidad que obligó a cerrar todas las ventanas. La energía eléctrica falló varias veces y la conexión a internet prácticamente desapareció. Encendieron la chimenea y algunas velas mientras esperaban que pasara la tormenta. Las botellas permanecieron cerradas durante más tiempo de lo previsto porque, extrañamente, ninguno parecía tener demasiadas ganas de beber. Tomás se rio al descubrir la ironía y comentó que habían escapado de la cabaña para evitar pasar horas sentados en silencio y ahora se encontraban exactamente en la misma situación, aunque sin Shantal dirigiendo nada.
Fue Sofía quien respondió que por lo menos ahí nadie les prometía que el fuego revelaría los secretos del universo, y aquella frase terminó relajando al grupo. Comenzaron a conversar sin una agenda precisa y, por primera vez durante el viaje, dejaron de hablar de la experiencia que esperaban tener para comenzar a hablar de ellos mismos. Miranda reconoció que no sabía si realmente extrañaba a su expareja o la identidad que había construido durante los años en que estuvieron juntos. Julián confesó que llevaba meses haciendo todo por inercia y que ya ni siquiera podía precisar qué cosas le interesaban realmente. Fernanda habló de su abuela, de las plantas que conocía y de la diferencia entre una tradición transmitida por generaciones y las simplificaciones modernas que convierten cualquier práctica ancestral en producto espiritual. Rodrigo terminó preguntando por Jacobo Grinberg y por aquellos experimentos que algunas personas citaban para hablar de posibles conexiones entre individuos separados físicamente.
Tomás reaccionó de inmediato. Dijo que el simple hecho de que algo hubiera sido investigado no significaba que hubiera quedado demostrado y que buena parte del problema contemporáneo consistía precisamente en confundir una hipótesis con un descubrimiento. Esperaba una discusión, pero Fernanda estuvo de acuerdo. Esa respuesta lo sorprendió más que cualquier objeción. Cuando preguntó entonces por qué le interesaban esos trabajos si no estaban probados, ella explicó que una cosa era afirmar que un fenómeno existía y otra distinta reconocer que algunas preguntas seguían abiertas. No todo aquello que ignoramos tiene que ser verdadero, pero tampoco todo lo desconocido merece ser descartado sin observación. Tomás guardó silencio. Había defendido tantas veces el escepticismo frente a la credulidad que nunca se había detenido demasiado a pensar en el punto exacto donde la prudencia podía convertirse en una negativa anticipada.
La conversación perdió intensidad conforme avanzó la noche. La tormenta seguía golpeando la casa y el sonido constante de la lluvia fue haciendo cada vez menos necesarias las palabras. Nadie decidió meditar, nadie propuso ejercicios de respiración ni hubo un guía que estableciera una dinámica. Simplemente se quedaron alrededor del fuego mientras el cansancio del día, el aislamiento y la falta de pantallas generaban una quietud extraña. Miranda fue la primera en comenzar a llorar. No estaba recordando conscientemente su ruptura ni podía identificar un pensamiento particular que hubiera provocado aquella reacción. Sólo sintió una tristeza profunda, de esas que parecen surgir completas antes de que la mente consiga ponerles nombre. Julián, casi al mismo tiempo, comenzó a pensar en su padre y sintió un miedo súbito ante la posibilidad de perderlo, aunque su padre estaba vivo y no existía ninguna razón inmediata para imaginar aquella ausencia.
A varios kilómetros de ahí, en la cabaña, Mateo recordaba también a su padre, sólo que el suyo había muerto y el dolor que llevaba meses intentando evitar comenzaba finalmente a encontrar una salida. Ninguno de quienes estaban en Avándaro podía saberlo. Sofía, por su parte, tomó el teléfono que había dejado sobre la mesa y decidió apagarlo por completo aunque llevaba bastante tiempo sin señal. Dijo que aquella noche no quería que nadie pudiera encontrarla, una frase que todos interpretaron como una manera de hablar, sin saber que casi a la misma hora Rebeca, en el bosque, comenzaba a comprender que el mundo podía continuar durante unas horas sin exigirle disponibilidad permanente.
Rodrigo cerró los ojos y permaneció así durante varios minutos. Después describió una figura compuesta por fragmentos que parecían reflejarse unos dentro de otros y reorganizarse continuamente. No dijo que estuviera viendo algo sobrenatural; sabía perfectamente que se trataba de una imagen mental. Sin embargo, la figura le resultaba sorprendentemente nítida. Fernanda escuchó la descripción y dijo que parecía un caleidoscopio. Rodrigo abrió los ojos y repitió la palabra, como si acabara de reconocer algo que estaba intentando nombrar desde hacía rato. Ninguno de los presentes podía saber que, en otro lugar del bosque, Griselda estaba recordando el caleidoscopio de su infancia para explicar exactamente la misma idea: que varias personas podían observar una realidad semejante y construir, a partir de los mismos fragmentos, imágenes completamente diferentes.
Tomás dejó de hacer bromas. Sacó una libreta de su mochila y comenzó a anotar horas, palabras y pequeñas descripciones. No lo hizo porque de pronto hubiera aceptado ninguna explicación extraordinaria, sino precisamente porque seguía sin creer. Registrar era su manera de conservar distancia frente a aquello que estaba ocurriendo. Se dijo que todas esas coincidencias podían explicarse por sugestión, expectativas compartidas, cansancio, presión grupal, asociaciones inconscientes o simples probabilidades. Todos habían viajado juntos, habían hablado de los mismos temas y conocían a las mismas personas. Era perfectamente razonable que sus pensamientos terminaran recorriendo caminos similares. Cada explicación le parecía suficiente hasta que Miranda, sin mirar a nadie, dijo que tenía la sensación de que quienes se habían quedado con Shantal estaban viviendo algo parecido.
Tomás le preguntó por qué pensaba eso y Miranda reconoció que no tenía una explicación. Sólo sentía una cercanía extraña con ellos, como si la distancia física no correspondiera completamente con la experiencia emocional de aquella noche. Fernanda añadió entonces que quizá era porque después de pasar todo el día juntos habían terminado sintiéndose como hermanos. Tomás miró la hora y anotó la palabra: 23:27, hermanos. No ocurrió nada más durante varios minutos. No había luces, voces ni fenómenos imposibles. Precisamente por eso la situación le resultaba incómoda. Todo tenía una apariencia ordinaria, pero al mismo tiempo la combinación de pequeños acontecimientos empezaba a producir una sensación que no conseguía reducir con facilidad a una sola explicación.
En algún momento apareció en su mente la imagen de Psilobio y Eva. No fue una visión; simplemente pensó en ellos con una intensidad inesperada. Se dijo inmediatamente que aquello era normal porque apenas unas horas antes se habían separado en la cabaña. Su cerebro no estaba descubriendo nada; estaba recuperando rostros recientes. La explicación lo tranquilizó hasta que Sofía, que permanecía frente al fuego, preguntó de pronto por qué estaba pensando exactamente en Eva. Tomás levantó la mirada. Nadie respondió. Cerró la libreta y decidió que lo más prudente era no intentar explicar nada mientras siguieran dentro de la experiencia.
Las botellas permanecieron prácticamente intactas aquella noche. Lo que había comenzado como un plan para emborracharse terminó transformándose, sin que ninguno lo hubiera buscado, en una larga vigilia. Habían abandonado la cabaña porque consideraban que quedarse a meditar era demasiado ordinario para justificar el viaje, y ahora estaban descubriendo que una experiencia intensa podía surgir sin sustancias, sin maestro y sin ceremonia. Nadie se atrevía a llamarla trascendental. Tampoco querían reducirla inmediatamente a algo místico. Simplemente había sucedido y, por primera vez, Tomás aceptó que podía describir algo sin tener que explicarlo en el mismo instante.
A la mañana siguiente la tormenta había dejado el cielo completamente limpio. Emprendieron el regreso temprano y, al llegar a una desviación de la carretera, se encontraron con el otro grupo. Los dos automóviles redujeron la velocidad. Griselda, Mateo, Rebeca, Lucio, Psilobio y Eva viajaban de regreso desde la cabaña. Durante unos segundos se observaron a través de las ventanas sin que nadie bajara. Tomás miró a Eva y después a Psilobio. Tuvo la necesidad inmediata de preguntarles qué había ocurrido exactamente a las 23:27, cuándo había comenzado a llorar Mateo, en qué momento habían hablado del caleidoscopio y si alguien había usado también la palabra hermanos. Sin embargo, no hizo ninguna pregunta. Los vehículos siguieron su camino y aquel silencio compartido terminó siendo más inquietante que cualquier confirmación.
Días después, Shantal envió un mensaje al grupo completo. No contenía una interpretación de lo sucedido ni una invitación a repetir la experiencia. Sólo había una dirección y una frase: “Si quieren respuestas, tendremos que aprender primero a construir preguntas que puedan demostrarnos que estamos equivocados”. La dirección correspondía a una universidad. Detrás de uno de sus edificios existía un antiguo laboratorio de neurociencias que llevaba años sin utilizarse plenamente y que comenzaría a ser recuperado para un proyecto relacionado con percepción, conciencia, cognición social y neurotecnología.
Tomás llegó el sábado convencido de que sería uno de los primeros. Cuando dobló el pasillo encontró a los otros once. Nadie había acordado una hora precisa. Griselda llevaba herramientas; Mateo había conseguido pintura; Rebeca había llevado algunas computadoras que su empresa estaba por retirar; Lucio cargaba cables y extensiones; Fernanda había reunido libros; Psilobio y Eva estaban limpiando una ventana cubierta de polvo. Shantal apareció después con las llaves y abrió la puerta. El laboratorio olía a humedad y abandono. Sobre una mesa permanecía un viejo electroencefalógrafo. Tomás preguntó si ahí finalmente descubrirían qué había ocurrido aquella noche y Shantal respondió que no; ahí aprenderían a investigarlo.
Aquella respuesta terminó de desmontar algo dentro de él. Durante años había pensado que el escepticismo significaba no creer con facilidad, y tenía razón. Lo que nunca había considerado era que también exigía no negar con facilidad. Los fanáticos aceptaban respuestas antes de encontrar evidencia, pero él comenzaba a descubrir que existía una versión inversa del mismo error: rechazar preguntas antes de permitir que la evidencia apareciera. Tomó una escoba, entró al laboratorio y comenzó a limpiar. Quizá la experiencia extraordinaria que había ido a buscar al bosque nunca consistió en encontrar una certeza, sino en aprender a permanecer dentro de una duda sin convertirla inmediatamente en fe ni en negación.
La historia de los seis que abandonaron la cabaña permite entrar en uno de los problemas más fascinantes de la neurociencia y de la psicología contemporáneas: la distancia entre aquello que una persona experimenta y la explicación que construye posteriormente para comprenderlo. Podemos vivir un acontecimiento con enorme intensidad y, sin embargo, equivocarnos acerca de sus causas. También podemos carecer de una explicación satisfactoria sin que ello vuelva falsa la experiencia. La tristeza de Miranda fue real como experiencia subjetiva aunque no pudiéramos demostrar que estuviera relacionada con lo que ocurría a kilómetros de distancia. La imagen mental de Rodrigo existió independientemente de que su coincidencia con la metáfora de Griselda fuera producto de sincronía, memoria compartida o simple azar.
La sugestión ayuda a comprender una parte importante de estos fenómenos. Las expectativas, el contexto, la atención y las experiencias previas pueden influir profundamente en la percepción. Lo sabemos no sólo por la vida cotidiana, sino por décadas de investigación en placebo, hipnosis, dolor, memoria y construcción perceptiva. El cerebro humano no recibe el mundo de manera completamente pasiva; anticipa, interpreta y completa constantemente aquello que percibe. Esto explica por qué dos personas pueden observar la misma escena y construir recuerdos diferentes, o por qué una expectativa puede modificar la intensidad con que se experimenta una sensación sin que la persona esté simulando lo que siente.
Los modelos de procesamiento predictivo han desarrollado precisamente esta idea: el cerebro utiliza información previa para formular hipótesis sobre lo que probablemente está ocurriendo y compara continuamente esas predicciones con los estímulos que recibe. Nuestra percepción surge, en buena medida, de ese diálogo permanente entre lo esperado y lo observado. Por ello, quienes llegaron a Avándaro no eran observadores neutrales. Habían pasado horas hablando de conciencia, espiritualidad, plantas de poder y experiencias extraordinarias. Habían conocido a Shantal, habían compartido expectativas y acababan de romper deliberadamente con un grupo que había decidido quedarse. Todo ese contexto seguía presente en sus cerebros aunque hubieran abandonado físicamente la cabaña.
Sin embargo, reducir todo a sugestión también podría ser una manera demasiado rápida de cerrar la discusión. La neurociencia social contemporánea ha mostrado que las personas no procesamos el mundo como organismos completamente independientes. Nuestra actividad cerebral cambia cuando cooperamos, conversamos, escuchamos música juntos, observamos las emociones de otros o anticipamos sus acciones. Mediante técnicas de registro simultáneo de varios cerebros, conocidas de manera general como hyperscanning, se han observado distintos patrones de sincronización interpersonal durante determinadas tareas sociales. Esos resultados no prueban telepatía ni comunicación mental a distancia, pero sí muestran que la relación entre cerebros humanos es mucho más dinámica de lo que sugería una visión estrictamente individualista de la cognición.
La sincronización entre personas puede surgir porque observan el mismo estímulo, siguen un ritmo común, realizan una tarea coordinada o ajustan continuamente su conducta a la de los otros. Parejas, padres e hijos, músicos y participantes en actividades cooperativas pueden mostrar distintos grados de acoplamiento durante interacciones compartidas. No existe nada sobrenatural en ello; somos una especie profundamente social y nuestros sistemas perceptivos, emocionales y motores evolucionaron para ajustarse permanentemente a otros seres humanos. El problema aparece cuando una observación de sincronía se interpreta inmediatamente como prueba de una conexión mental independiente de los canales sensoriales conocidos.
En ese territorio resulta inevitable recordar a Jacobo Grinberg-Zylberbaum. Su obra ocupa un lugar peculiar porque intentó tender puentes entre neurofisiología, percepción, tradiciones indígenas y preguntas sobre la conciencia que en su momento parecían demasiado heterodoxas. Dentro de sus experimentos más conocidos estudió lo que denominó potencial transferido, buscando posibles correlaciones electroencefalográficas entre personas previamente vinculadas y posteriormente separadas. Sus resultados han sido ampliamente discutidos y no constituyen una demostración científicamente establecida de telepatía ni de conexiones cuánticas entre cerebros. La ausencia de replicaciones suficientemente robustas y los desafíos metodológicos obligan a tratar esas conclusiones con mucha cautela.
Pero reconocer esas limitaciones no significa que debamos convertir a Grinberg en una figura irrelevante. Su interés reside precisamente en la audacia de las preguntas. La ciencia necesita investigadores capaces de explorar fronteras, siempre que estén igualmente dispuestos a aceptar que sus hipótesis puedan resultar equivocadas. En realidad, la grandeza del método científico no consiste en formular únicamente preguntas seguras, sino en construir mecanismos rigurosos para impedir que nuestros deseos determinen las respuestas.
Si quisiéramos estudiar seriamente lo sucedido entre los dos grupos, tendríamos que comenzar eliminando casi todo aquello que vuelve atractiva la historia. Sería necesario registrar experiencias en tiempo real, establecer criterios objetivos antes de observar los resultados, impedir que los participantes compartieran información posteriormente, utilizar grupos de control y repetir el experimento suficientes veces para distinguir coincidencias llamativas de patrones estadísticamente relevantes. También tendríamos que considerar sesgos de memoria, selección retrospectiva de coincidencias y la tendencia humana a recordar con mayor facilidad aquello que confirma una historia significativa.
Es muy posible que después de realizar todo ese trabajo descubriéramos que no ocurrió nada fuera de lo conocido. Quizá las coincidencias fueran consecuencia de experiencias compartidas, sugestión, reconstrucción narrativa o azar. Ese resultado no destruiría la historia; simplemente cambiaría nuestra explicación. También sería posible que quedaran fenómenos difíciles de interpretar y que exigieran nuevos experimentos. La actitud científica correcta sería exactamente la misma en ambos casos: investigar antes de creer y también antes de negar.
Esta discusión adquiere una dimensión especialmente interesante con el desarrollo de las neurotecnologías. Durante siglos, la posibilidad de una conexión directa entre mentes perteneció casi exclusivamente a la filosofía, la espiritualidad y la ficción. Hoy existen interfaces cerebro-computadora capaces de transformar determinados patrones de actividad neuronal en comandos para dispositivos externos, y diferentes grupos de investigación trabajan en sistemas para reconstruir movimientos, habla o intención motora a partir de señales cerebrales. Aquello que antes parecía una pregunta metafísica comienza a convertirse también en un problema de ingeniería.
La diferencia es fundamental. No estamos demostrando que dos mentes puedan comunicarse espontáneamente a distancia, pero sí estamos construyendo tecnologías capaces de extraer señales del sistema nervioso, interpretarlas mediante algoritmos y convertirlas en información transmisible. Conforme esas capacidades aumenten, la conversación ya no podrá permanecer restringida a qué podemos medir. Tendremos que preguntarnos qué tenemos derecho a medir, quién puede acceder a esas inferencias y qué partes de nuestra actividad mental deben permanecer jurídicamente protegidas.
De ahí surge la importancia de la privacidad mental, la libertad cognitiva, la identidad personal y la integridad psicológica. Una sociedad fascinada por medirlo todo podría terminar considerando que cualquier señal cerebral susceptible de ser procesada constituye simplemente otro dato disponible para explotación. Sin embargo, existe una diferencia cualitativa entre observar aquello que una persona publica y aproximarse a procesos que pueden revelar estados emocionales, atención, preferencias o intenciones antes de que hayan sido exteriorizadas conscientemente.
Por eso el antiguo laboratorio al que llegaron Tomás y sus amigos puede convertirse en algo más que un lugar para investigar una noche extraña. Representa la frontera hacia la cual se dirige nuestra sociedad. Primero aprendimos a registrar comportamiento; después aprendimos a predecirlo mediante datos. Ahora comenzamos a explorar la posibilidad de interpretar señales relacionadas directamente con la actividad neuronal. Cuanto mayor sea nuestra capacidad para observar la mente, más importante será desarrollar también el derecho a mantener algunas puertas cerradas.
Hay una diferencia enorme entre tener una mente abierta y estar dispuesto a creer cualquier cosa. La primera exige curiosidad; la segunda puede prescindir completamente del método. De la misma manera, existe una diferencia entre ser escéptico y decidir anticipadamente que aquello que todavía no comprendemos necesariamente es imposible. El verdadero problema comienza cuando cualquiera de esas posiciones deja de ser una herramienta intelectual y se convierte en una identidad que necesita defenderse.
Vivimos precisamente en una época que premia las certezas. Las redes sociales tienen poco espacio para la frase “todavía no sabemos”. Resulta mucho más rentable asegurar que existe una conspiración secreta o, en el extremo contrario, ridiculizar cualquier pregunta que se encuentre fuera de la explicación dominante. Los algoritmos favorecen mensajes categóricos porque producen reacción, y la reacción mantiene la atención. De esa manera, creyentes absolutos y escépticos absolutos terminan pareciéndose más de lo que imaginan. Ambos han decidido qué respuesta desean conservar antes de analizar cuidadosamente la evidencia.
La ciencia ocupa un lugar incómodo entre esos dos extremos. No puede aceptar una afirmación solamente porque resulte atractiva, significativa o compatible con una tradición. Pero tampoco debería prohibirse formular preguntas porque parezcan extrañas. Lo único que puede exigir es un método proporcional a la magnitud de la afirmación. Cuando alguien asegura haber descubierto un fenómeno extraordinario, la responsabilidad probatoria necesariamente aumenta. Una buena historia nunca sustituye una replicación, y una experiencia personal, por intensa que resulte, no equivale a evidencia generalizable.
Sin embargo, el escepticismo puede también convertirse en refugio. Resulta intelectualmente cómodo afirmar que algo no existe porque todavía no contamos con una explicación aceptada. La historia de la ciencia demuestra que numerosas teorías fueron descartadas, pero también que algunas preguntas consideradas absurdas terminaron abriendo campos enteros de conocimiento. Lo importante no es romantizar a quien desafía el consenso, porque la enorme mayoría de las hipótesis extraordinarias terminan siendo incorrectas, sino preservar la posibilidad de investigar sin necesidad de convertir cada nueva pregunta en una batalla entre creyentes y enemigos.
En ese sentido, podríamos comenzar a pensar la duda como una dimensión esencial de la libertad cognitiva. Normalmente hablamos de libertad de pensamiento para proteger el derecho de las personas a formar y expresar sus propias ideas, pero quizá deberíamos prestar también atención a la posibilidad de revisarlas. Ser libre mentalmente significa poder creer, pero también dejar de creer; aceptar una explicación y abandonarla cuando la evidencia cambie; reconocer que una convicción propia puede ser incorrecta sin sentir que con ello se destruye nuestra identidad.
Esta cuestión resulta especialmente importante en el entorno digital. Las plataformas conocen cada vez mejor nuestros patrones de atención y aprenden cuáles contenidos producen miedo, entusiasmo, indignación o adhesión. Los sistemas de recomendación pueden crear ecosistemas informativos donde cada persona recibe una versión del mundo especialmente compatible con aquello que ya piensa. Una inteligencia artificial puede elaborar argumentos persuasivos adaptados al contexto del usuario. La manipulación deja entonces de ser necesariamente una orden explícita y puede convertirse en una arquitectura de estímulos diseñada para hacer más probable determinado comportamiento.
Si a esa capacidad añadimos en el futuro datos neuronales o inferencias sobre atención y estados cognitivos, la discusión sobre neuroderechos adquiere una dimensión política enorme. La privacidad mental no debería proteger únicamente el contenido literal de un pensamiento, sino también determinados procesos a partir de los cuales formamos decisiones. La libertad cognitiva puede terminar involucrando la posibilidad de resistir sistemas diseñados específicamente para explotar vulnerabilidades perceptivas o emocionales. La integridad mental exige que la persona no sea reducida a un territorio experimental disponible para cualquier tecnología que consiga captar suficiente información.
Por eso el derecho a dudar resulta mucho más importante de lo que parece. Una democracia necesita ciudadanos capaces de cuestionar al poder, pero también de cuestionarse a sí mismos. Una sociedad donde cada convicción se vuelve identidad termina perdiendo la posibilidad de deliberar. Ya no discutimos evidencias; defendemos pertenencias. Y cuando eso ocurre, cambiar de opinión comienza a sentirse como una traición.
La ciencia ofrece una cultura diferente. Una teoría valiosa no es aquella que jamás puede ser cuestionada, sino precisamente aquella que establece las condiciones bajo las cuales podría demostrarse que está equivocada. Esa disposición a la revisión no constituye debilidad, sino fortaleza. La pseudociencia necesita proteger sus conclusiones de la crítica; la ciencia necesita exponerlas.
Lo mismo podríamos exigir de nuestras propias creencias. Podemos reconocer que una experiencia espiritual fue significativa sin convertirla automáticamente en prueba de una realidad sobrenatural. Podemos estudiar meditación sin presentar a quien medita como alguien superior. Podemos investigar científicamente sustancias como la psilocibina dentro de protocolos adecuados sin romantizar su consumo ni confundir investigación clínica con prácticas recreativas. Podemos leer a Jacobo Grinberg con curiosidad sin concluir que demostró conexiones telepáticas. Podemos explorar la conciencia sin utilizar los vacíos de conocimiento como permiso para inventar respuestas.
Y también podemos defender la ciencia sin convertir el conocimiento vigente en una frontera definitiva de lo posible. Meses después, el laboratorio universitario había cambiado. Los doce habían colaborado en su recuperación y aquel espacio abandonado comenzaba a parecer nuevamente un lugar de investigación. Habían pintado paredes, limpiado equipos, organizado computadoras y recuperado instrumentos que durante años habían permanecido guardados. En una de las paredes Tomás instaló un gran pizarrón blanco. Se quedó observándolo durante algunos minutos y finalmente escribió una pregunta: “¿Podemos demostrar que aquella noche no ocurrió nada?”.
Eva se acercó, leyó la frase y debajo añadió otra: “¿Y si no podemos?”. Psilobio tomó después el marcador y escribió una tercera: “¿Qué tendría que ocurrir para que cualquiera de nosotros estuviera dispuesto a cambiar de opinión?”. Nadie respondió inmediatamente. Tal vez ése era precisamente el cambio más importante. Meses atrás habían llegado al bosque obsesionados con encontrar respuestas. Ahora se encontraban frente a un pizarrón tratando de construir preguntas mejores. Algunos habían permanecido en la cabaña con Shantal; otros habían escapado porque consideraban que no ocurriría nada extraordinario. Unos encontraron silencio mediante la meditación y los otros terminaron encontrándolo accidentalmente alrededor de una chimenea durante una tormenta en Avándaro. Quizá todos habían vivido el mismo fenómeno desde perspectivas diferentes. Tal vez sólo habían reconstruido después una historia coherente a partir de coincidencias. También era posible que quedara algo que todavía no sabían explicar.
Por primera vez, ninguna de esas posibilidades parecía exigir una respuesta inmediata. Tomás observó las tres preguntas y comprendió finalmente que el escepticismo no consiste en cerrar la puerta frente a lo desconocido. Consiste en mantenerla abierta sin inventar aquello que todavía no podemos ver. El fanático cree antes de preguntar; el negacionista responde antes de observar. Entre ambos existe un espacio mucho más difícil de habitar, pero también mucho más fecundo: el lugar donde podemos maravillarnos y, al mismo tiempo, exigir evidencia.
Encendió el viejo electroencefalógrafo y esperó a que la primera línea apareciera sobre la pantalla. Al fondo, Eva y Psilobio seguían discutiendo sobre cuál debería ser el primer experimento. Shantal no intervino. Griselda miraba el pizarrón. Los demás comenzaban a preparar el espacio.
Tal vez todavía ignoraban qué había ocurrido aquella noche. Pero ya sabían algo más importante. No tenían que elegir entre creer y negar. Podían investigar. Y quizá esa sea una de las expresiones más profundas de nuestra libertad mental: conservar suficiente curiosidad para preguntar, suficiente rigor para exigir pruebas y suficiente humildad para aceptar que, frente a determinados misterios, la respuesta científicamente más honesta sigue siendo una de las más difíciles de pronunciar: todavía no lo sabemos. Hasta la próxima.

