Para Santana
Qué sé yo de la carne,
yo no sé nada.
Sé, acaso, del instante en que dos cuerpos
iluminan al mundo
desdibujando toda fragmentación desenfrenada,
tirando murallas,
volando en corceles encendidos.
Sé de ese instante sin tiempo, sin nombre, sin ruido.
Sé de tus ojos, de la avidez de tus ojos antiguos
de las cortinas negras en que te has escondido
como un demonio
y como un niño.
Yo no puedo enseñaros nada de la carne,
porque la carne es una triste metonimia,
raquítica y convaleciente: muerta.
Yo puedo, en cambio,
salir de mi carne para entrar en tus ojos,
abrirte mi río
y que pases tú,
libre,
solo,
vivo.

