Cronistas de culturas originarias

Views: 1640

El texto que el 12 de noviembre de 1991 se donó a lectores en el país —con motivo de Día del libro—, siguiendo una tradición que viene de la década de los ochenta del siglo pasado, con motivo del nacimiento, en 1648, (de ninguna manera 1651, como siempre se pensó) de Sor Juana Inés de la Cruz: tarea que viene realizando desde entonces la Asociación Nacional de Libreros AC, labor encomiable para bien de nuestra patria y sus lectores. En este caso, recurro al editado en 1991, cuyo título es Crónica de prodigios / La huella del hombre, compilación de buena cantidad de artículos que hablan de la imaginación y vida de nuestras culturas indígenas; material que el investigador y escritor Felipe Garrido cumple como recopilador de páginas y páginas del portento de realidades del mundo indígena.

Relatados, en gran parte, por cuatro cronistas que destacan en éstos de aquellos años a la llegada de los españoles, para adueñarse de las tierras y tesoros del caribe y México. La investigación de Felipe Garrido dice en su prólogo: La naturaleza del Nuevo Mundo deslumbró a los recién llegados. Más los asombró, la presencia, allende la mar océano, de seres humanos que eran y no eran como ellos. Iguales en lo esencial, diferían por mil modos en las lenguas y las costumbres y las artes y los atuendos y las maneras; esto es, en la cultura. Había edificios que ni siquiera quienes conocían las tierras más remotas, como Constantinopla o Catay, habían visto jamás. Vasijas maravillosas hechas de frutos vegetales y trabajos de orfebrería y de plumería de impensada pericia, de hermosura más allá de todo intento de descripción. Telas de algodón que superaban a las de seda y ciudades más extensas y pobladas que cualquiera de Europa. Usos, perfumes y platillos de exquisito refinamiento. Templos sobrecogedores, plazas, laberintos, calzadas, puentes y murallas. Consejas fabulosas sobre poblaciones de plata y serpientes aladas y animales de virtudes y atributos nunca antes conocidos. Había en el centro de aquel país suave y agreste a la vez, un lago resplandeciente y en el centro del lago, joya de cal y canto, una ciudad prodigiosa que parecía cosa de sueños o de encantamiento.

Los mexicanos deberíamos de tener el hábito de ir por la vida acompañados de una cultura y conciencia histórica, con el hábito del cronista que persigue el pasado y el presente sabiendo que los sucesos están ahí para aprender de las cosas que pasan. Que se quedan y comprueban que lo que sucede no es cosa de muertos que no hablan al presente o al futuro. Este texto de Felipe Garrido es resultado de cuatro cronistas que vinieron del imperio español en esos años que van desde 1492 —en fecha del 12 de octubre—, en que Cristóbal Colón y sus navegantes ponen pies en tierra de lo que hoy llamamos Santo Domingo.

Cito la importancia de ello, pues el padre Ángel María Garibay es heredero de estos cronistas del siglo XV, dice Felipe Garrido: En aquella naturaleza colmada de prodigios el más alto de todos era la huella del hombre. Este libro recoge una breve muestra del asombro que esa presencia provocó en los primeros testigos europeos del antiguo esplendor de América. Lo componen textos recogidos de la obra de cuatro personajes extraordinarios: Bartolomé de las Casas, Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés y Bernardino de Sahagún. Lo que se escribe es palabra sagrada: quién puede pensar que el conquistador Hernán Cortés ha de dejar textos que hoy son motivo serio de lo que era en esos inicios del 1500 para dejar huella no sólo de barbarie que viene de un conquistador que a sangre y fuego domeñó al imperio azteca.

La crónica y los cronistas al ser la memoria de sus pueblos y de sí mismos son personajes que el tiempo no destruye, al contrario, al paso del tiempo se engrandecen en la medida de que hayan escrito lo que fue y no lo que creían que era. Los cuatro cronistas de Indias son indispensables como podemos constatar en este pequeño libro publicado en 70 mil ejemplares para distribuir en todo el país en aquel año de 1991. Ángel María Garibay (náhuatl, otomí, matlatzinca), Demetrio Sodi (maya), Miguel León-Portilla (náhuatl), cronistas de la cultura indígena, sólo los podemos comprender a la luz de nuestros tlacuilos indígenas y en particular de los cuatro nombres que Garrido nos da para saber que otros ojos: los de los conquistadores se maravillaban al ver lo que habían encontrado, en el deseo de dar la vuelta al mundo para llegar a las Indias en lo que hoy es el continente asiático.

No saben que este mundo redondo —no plano ni horizontal— tiene el esplendor de lo que llaman: “Nuevo Mundo”. Escribe Felipe Garrido Las Casas (1474-1566) pasó a La Española (Santo Domingo) en 1502, donde fue estanciero antes que sacerdote. Llegó a Cuba como capellán de Pánfilo Narváez, se ganó la confianza de Diego Velázquez y tuvo repartimiento de indios en Canaoneo, donde comenzó a combatir los abusos de los encomenderos. Viajó a España varias veces (en 1517 profesó allá como dominico) para denunciar el maltrato a los indios; el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros lo nombró Procurador Universal y Protector de las Indias. / Díaz del Castillo (1493? -1585?) arribó al Nuevo Mundo en 1514 como soldado de Pedrarias Dávila, gobernador de Tierra Firme (Nicaragua y Costa Rica). Fue a Cuba y después participó en las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba (1517), Juan de Grijalva (1518) y Hernán Cortés (1519). Tomó parte en la campaña contra Tenochtitlan y en la expedición a las Hibueras. Fue regidor en la Villa del Espíritu Santo de Coatzacoalcos, y corregidor en la capital de Guatemala, donde falleció. De qué se hace un cronista o un historiador, eso es lo que se pregunta ante la vida agitada que los dos personajes de la crónica española que se realiza en el campo y no desde un escritorio.

El estudio de ellos sería buen motivo para comprender que nuestra cultura mestiza no es un motivo banal sino que, al contrario, debería ser motivo de estudio, en sus personajes, en sus hechos de vida y, en todo aquello que nos describen con el interés de quien siendo cultos y amantes de las diversas culturas de su tiempo, tienen el instante iluminado para reflejar lo que hace a esa tierra que buscan conquistar un lugar de prodigios y milagros.

¿Cómo un guerrero tuvo tiempo para describir el nuevo mundo al que llegaron para domeñarlo? Hernán Cortés (1485-1547) pasó, dice Felipe Garrido, … en 1504 a la Española donde obtuvo una encomienda a la escribanía del ayuntamiento de Azua. En 1511 acompañó a Diego Velázquez a la conquista de Cuba donde obtuvo en encomienda los indios de Manicaroa; se estableció en Santiago de Baracoa, de donde era alcalde en 1518. Zarpó de Santiago el 18 de noviembre de ese año, hizo escalas en Trinidad y la Habana para abastecerse de víveres, pertrechos y hombres, y abandonó la isla el 18 de febrero de 1519 para iniciar la mayor de sus aventuras. Los misterios de la vida, ¿cómo un conquistador termina en nuestra historia como un escritor?, lugar al que las culturas en el mundo le tienen como sitio de prestigio, de respeto y admiración. Escribo en este sentido al recordar a Homero para los griegos, de Dante Alighieri para los italianos, de William Shakespeare para los ingleses, Miguel de Cervantes para los españoles y Wolfang Goethe para los alemanes. En este caso, pensar en los cuatros cronistas de Indias venidos de España a principios del 1500 nos debe hacer reflexionar que los misterios de la humanidad son muchos, y de ellos no es fácil comprender el porqué Bernal Díaz del Castillo y Hernán Cortés —militares de vocación—, terminan siendo distinguidos escritores de la crónica que nos habla de las iluminadas culturas y tierras que sus ojos vieron. Sobre Fray Bernardino de Sahagún (1500?-1590) llegó a la Nueva España en 1529 con el fraile Antonio de Ciudad Rodrigo y otros 19 franciscanos. Estuvo en Tlalmanalco, Xochimilco, Tlatelolco, el valle de Puebla, Tula, Michoacán, Tepepulco y México, donde falleció. Movido por su celo evangelizador, desde 1547 empezó a recopilar datos acerca de las creencias, artes y costumbres de los antiguos mexicanos, entrevistando a informantes de Tepepulco (1558-1560), Tlaltelolco (1564-1565) y la ciudad de México (1566-1571). Necesario estudio para comprender la pasión del padre Ángel María Garibay en su extenso estudio que abarca a las culturas del centro del país, dejando un legado de gran importancia para comprender la riqueza que los cuatro cronistas nos dieron al escribir la crónica o las memorias de lo que vieron, vivieron y sufriendo o gozando, les dio la posibilidad de ver lo que nunca habían soñado en su vida. Comprender el presente es investigar el pasado: el oro de la palabra castellana que llegó en armas, encontró culturas admirables.