La soledad en el laberinto
Libro reivindicativo. Libro que sorprende. Pues el título lleva a pensar en la narradora reconocida Elena Garro: La culpa es de los Tlaxcaltecas basta para pensar en la que fue esposa de Octavio Paz. También autora de La semana de colores; testimonios sobre Mariana; y Los recuerdos del porvenir. Piensa uno en Elena Garro y en Octavio Paz, pero no es así, aunque lo sea. Pues el libro epistolar se refiere a Helena Paz Garro. Una investigación y recopilación de Elsa Margarita Shwarz Gasque y María del Carmen Vázquez Martínez, cuyo título del libro es Helena / La soledad en el laberinto / Epistolario de Helena Laura Paz Garro y Ernest Jünger. Admiración pues tal correspondencia de Helena Paz se refiere a uno de los filósofos más reconocidos del siglo XX. La pregunta es: ¿Cómo conoció la hija de Octavio Paz y Elena Garro a quien pertenece a los gurús más emblemáticos de nuestra vida cultural del siglo pasado?…
El libro y el texto de Elsa M. Shwarz Gasque, de gran importancia, pues hace una biografía de Helena Paz Garro con detalles dolorosos. Pues la hija de Octavio Paz y Elena Garro tuvo a dos genios por papás, pero totalmente incapaces de atender la inteligencia emocional de su hija: sobre todo protegiéndola de los males que sufrió una y otra vez. Resulta doloroso saber todo lo que le sucedió a esta escritora y poeta, pues a nadie se le desea una infancia llena de las peores cosas que le pueden suceder a una niña: incluida la violación y la enfermedad relacionada con esos hechos, y tan sólo a 3 ó 4 años de edad. Lo que destaca este libro, para no alejarnos del tema, es que la relación con el filósofo, que viene a ocupar el lugar del padre tierno y amable en la vida de la escritora es vital. Milagrosas son las cartas en la vida de los seres humanos y para Helena Paz Garro el saberse apreciada con verdadero cariño por el filósofo tan grande le permitió saberse querida en serio por alguien del alto nivel intelectual y de creación donde ella se creó. Son milagros de lo humano. Las dos estrellas refulgentes, sobre todo en el caso del más narcisista: Octavio Paz, y en el caso de Elena Garro de la que sin duda debemos todavía muchos reconocimientos que consoliden su presencia como narradora trascendental mexicana.
La vida de estos tres personajes parece que se desenvuelve en el primer actor, Paz, la segunda actriz, Elena Garro, y al final, como extra, Helena Paz Garro. Cuando debió de ser por el bien de su hija un mismo escenario donde los tres hubieran tenido igualdad y justicia en todos los sentidos venida del amor mutuo, del amor que tanto pidió Helena hija a sus padres incapaces de comprender las necesidades de ella, su hija. Libro de epistolar, pero también de memorias, gracias a la pasión con la que Elsa M Schwars Gasque tomó en sus manos la investigación de esa correspondencia entre la escritora y el filósofo mayor en edad, en madurez emocional y en cariño por Helena. Dice la autora del libro: Una tarde me despedí de ella y cuando me incliné a besarla al marcharme, me dijo: ¿Por qué eres buena conmigo?, le respondí: Porque eres tú, Helena. Me sonrió y me comentó: ¿Vuelves pronto? Sí, fue mi respuesta. No sabía que sería la última vez que nos íbamos a ver. Las últimas horas de vida de Helena fueron un constante lamento con un dolor lacerante, su final no fue diferente a la vida tormentosa que le tocó vivir; murió en agonía, y su último consuelo fue ver a su lado a su primo hermano Jesús Garro Velásquez quien le acompañó en las buenas y en las malas a lo largo de su vida. Un libro de ternura y de pasión amorosa por el personaje, que no es Ernest Jünger, como podríamos pensar, sino la escritora que tuvo como loza el apellido de sus padres. ¿Cuántos hijos de artistas, intelectuales o científicos sufren de este síndrome, me pregunto?
Hay que ir a la primera carta, Helena escribe al genio filosófico: Querido Ernest Jünger: es difícil que me dirija a usted porque tengo miedo de aburrirle. No obstante, la presencia de sus diarios en nuestra estantería, estos volúmenes tan desgastados que están literalmente en pedazos por haber sido leídos una y otra vez, me convencieron de hacerlo. Sus libros nos han acompañado en todos nuestros viajes: todavía recuerdo a mamá leyendo su diario en Tokio. Creo que usted es el mejor escritor europeo del siglo XX. El único que ha comprendido el horror de nuestro tiempo y ha creado una moral diferente a la de estos escritores conscientes del siglo XIX, como los existencialistas, surrealistas y otros. Sólo usted ha guardado hasta ahora los nobles valores del hombre, como un caballero de la Edad Media, con el cerebro de un hombre interplanetario del siglo XXI. El recurrir a los bosques… Tan a menudo quise perderme en el bosque mágico, y aunque usted le ha dado a ello un significado diferente, nuevo y superior, yo escuché apasionadamente su llamado. Y por ser joven creo que su voz debería ser la única a seguir y ser escuchada por la juventud moderna.
Una larga carta donde Helena comprueba su cultura al citar autores de primera importancia. Esto agrada siempre a quien recibe una carta o, a quien se le solicita una entrevista. Las palabras de Helena comprueban sabiduría y fervor por el filósofo. Me preguntaba qué puede interesar a un pensador para querer contestar las cartas que le llegan, sin ayuda de sus colaboradores diría. Y Ernest Jünger le contestó a nuestra autora. Aunque después el padre en lugar de alegrarse de que su hija, la única que tuvo, esté recibiendo correspondencia del filósofo, le presume que él tiene mucha correspondencia con el filósofo alemán. Claramente se ve que los dos padres no entendían nada de la humildad que hay que tener ante los hijos amados.
La segunda carta, desde París, tiene fecha de 7 de diciembre de 1961, ahí le dice: Querido Ernest Jünger: Creer en milagros fue la práctica filosófica esencial de mi madre y nosotras solíamos discutir siempre porque yo sostenía, desde muy joven, que los milagros no existían. Pero poco a poco, la vida me convenció. Y su carta es una prueba más de esto. Estuve tan feliz al recibirla. La hemos puesto en un pequeño nicho cortado en la pared de nuestro cuarto. Cada vez que me siento descorazonada debido a la avalancha de la vulgaridad cotidiana, miro su fotografía y me siento reconfortada –esto sucede varias veces al día–. Pero ya lo hemos visto deambulando en las praderas de la tapestry de la dama del Unicornio o con su espada en el pecho, en las tumbas de los caballeros de la Edad Media. Una joven de 21 años que expresa la pasión que el autor le ocasiona, no sólo a ella sino también a su madre Elena Garro. Sí, Helena Paz tuvo en su madre al paso de los años el afecto que su padre Octavio Paz no supo darle con el fluir del tiempo en tres vidas que son un drama completo de carácter griego por el final, sobre todo de las dos Elenas. La investigadora nos informa que lo que encontró en el archivo alemán fueron dos carpetas: La primera carpeta con fechas de 1961-1982, contiene 32 cartas de un total de 138 hojas y dos fotografías. La segunda carpeta con fechas de 1983 a 1996, y contiene 24 cartas con un total de 60 hojas y una fotografía.
Oro molido, que logra sin duda darle el papel que merece Helena Paz Garro en la cultura mexicana. Más allá de sus padres, pues quien la apadrina es un genio del pensamiento humano, que le dice con afecto en no muchas palabras, al darle el cariño que con ternura esperó siempre de los demás la tan desprotegida niña, nacida de dos mexicanos que no la merecieron. Cuenta Elsa M. Schwars Gasque: El 30 de marzo de 2014, falleció Helena Laura Paz Garro. La visité unos quince días antes de su muerte. Una tarde, la encontré enfrascada leyendo en francés sus libros de la niñez. Tuvo la oportunidad de escuchar en CD con una plática de Ernest Jünger. Oír la voz del autor alemán la dejó absorta y cerró los ojos ese día; hablamos de lo que Jünger fue en su vida. Helena me dijo: “Él fue todo; mi mago, mi brujo blanco, mi guía, mi gran amigo”. Helena, eso es lo que hacen los magos, darnos identidad y valor de lo que somos. En Ernest Jünger, el Maestro socrático, Helena Paz Garro, encontró su destino y su identidad aún en la pobreza.

