Crianzas verdaderas

Views: 25

Criar a un hijo es una responsabilidad que no admite simulaciones; no basta con traerlo al mundo y asumir que la vida, la escuela o la familia ampliada harán el resto. Las crianzas verdaderas exigen presencia real, congruencia cotidiana y un compromiso que atraviesa cada decisión. 

Quien presume ser padre o madre ejemplar mientras vive desconectado de la vida de su hijo, opera desde la comodidad del control remoto, creyendo que la paternidad puede tercerizarse y no, no puede, nunca ha podido.

La primera obligación, quizás la más complicada, es estar presente. No en abstracto, no en discursos, no en fotografías familiares cuidadosamente editadas para redes sociales. Presente de verdad: en los días buenos y en los días que duelen, en los momentos de crisis, en las tareas escolares y en los silencios que revelan que algo no está bien. 

La crianza no se sostiene con la manutención básica; se sostiene con tiempo de calidad, con mirada atenta, con la capacidad de acompañar a un hijo mientras construye su historia de vida.

Muchos adultos creen que cumplir con lo básico,  comida, ropa, techo, les otorga el título de padres responsables. Pero la responsabilidad no sólo se mide con las facturas pagadas,  se mide con presencia emocional, con supervisión constante y con la capacidad de garantizar seguridad en todas las formas posibles. Por ejemplo, si está en nuestras manos llevarlos a la escuela, hay que hacerlo. Si está en nuestras manos evitarles riesgos innecesarios, hay que hacerlo. La crianza es acción, no discurso.

Pero mucho me temo que esos padres ejemplares, priorizan todo menos a sus retoños, incluso hacen todo lo que esté en sus manos para no estar con ellos; sin duda, la muestra más clara de incoherencia.

Por otra parte, el estado de ánimo de un hijo no es un detalle menor; es un indicador de su mundo interior, de sus miedos, de sus tensiones, de sus vacíos. Ignorarlo es abandonar,  supervisar sus trabajos escolares no es un acto de control, sino de acompañamiento; estar en sus crisis no es un favor, es un deber; cuidar su presentación personal no es vanidad, es enseñarles dignidad. 

Una gran asignatura pendiente es construir confianza para que recurran a los padres en primera instancia, y no a abuelos, tíos o amigos, es una tarea que solo se logra con presencia real y no con discursos vacíos.

El éxito o fracaso de los hijos es, inevitablemente, éxito o fracaso de los padres. No porque los hijos deban cumplir expectativas ajenas, sino porque la calidad de la crianza deja huellas profundas. Un hijo acompañado aprende a sostenerse, un hijo ignorado aprende a sobrevivir sin confiar. Y esa diferencia marca vidas enteras.

La verdad es incómoda: solo hay un camino para lograr una crianza adecuada, y ese camino no pasa por simular, pretender o presumir. Pasa por asumir que criar exige renunciar a la comodidad, enfrentar la responsabilidad y dejar de ser omisos en lo sustancial. Quien no está dispuesto a eso, no está criando: está abandonando por comodidad.

La crianza congruente no es un ideal romántico; es una obligación ética. Y quien la evade, aunque presuma lo contrario, está fallando donde más importa.

¿El resultado?, una enorme cantidad de niños y jóvenes que se las tienen que arreglar solitos para salir adelante, con las implicaciones que todos podemos testimoniar.

¿Algún día lo entenderemos?

horroreseducativos@hotmail.com